NovelToon NovelToon
Mechas Carmesí

Mechas Carmesí

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mujer poderosa
Popularitas:524
Nilai: 5
nombre de autor: AlexAugustus

Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.

NovelToon tiene autorización de AlexAugustus para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: El Guardián Silencioso

Mateo Ruiz ajustó la correa de su rifle de plasma bendito mientras caminaba por el pasillo principal del Convento de la Sagrada Misericordia. Eran las 6:17 a.m. y el edificio aún conservaba el frío de la noche. Sus botas resonaban suavemente contra el suelo de piedra pulida, un sonido familiar que lo anclaba a la realidad en medio de un mundo que parecía desmoronarse cada día más.

Como cazador afiliado a la Orden de San Miguel, su rol no era solo combatir demonios en las calles. Era también custodio. Protector. Especialmente aquí, entre estos muros donde las hermanas dedicaban su vida a la oración, la transcripción de archivos y la ayuda desinteresada al prójimo. Mateo tomó una respiración profunda, sintiendo el peso del rosario que llevaba bajo la chaqueta táctica. No era un peso religioso vacío; era un recordatorio constante de por qué seguía luchando.

«Por ellas», pensó. «Por las que no pueden empuñar un arma, pero sostienen el alma de esta ciudad.»

Entró en la capilla secundaria, donde varias novicias ya estaban terminando sus oraciones matutinas. Sus hábitos blancos se movían con gracia mientras se levantaban de los bancos. Entre ellas estaba sor Clara, de apenas diecinueve años, una joven tímida que siempre tartamudeaba cuando hablaba con los cazadores. Mateo le sonrió con calidez.

—Buenos días, hermanas. ¿Todo en orden esta mañana?

Clara asintió rápidamente.

—Sí, hermano Mateo. Solo… anoche sentí algo extraño en la oración. Como si el aire estuviera más pesado.

Mateo frunció el ceño. No era la primera vez que escuchaba eso. Las fisuras que Verónica había mencionado en privado —aunque ella nunca las describía con detalle— parecían afectar incluso a las más sensibles.

—No te preocupes. Hoy haré una ronda extra por el perímetro. Cualquier cosa que notes, avísame inmediatamente.

Las novicias se dispersaron hacia sus tareas diarias. Mateo las observó marchar, sintiendo esa familiar punzada en el pecho. Le recordaban tanto a su hermana pequeña, Ana. Ana tenía la misma edad que Clara cuando…

Sacudió la cabeza. No era momento para recuerdos dolorosos, pero era imposible evitarlos. Ana había sido igual: siempre ayudando. Siempre con una sonrisa para los enfermos del barrio donde crecieron. Hasta que un demonio Clase II irrumpió en su refugio comunitario hace seis años. Mateo llegó demasiado tarde. Desde entonces, cada novicia, cada hermana mayor, era una extensión de ella. Y Verónica… Verónica era la que más le recordaba a Ana.

Se dirigió hacia la biblioteca. Allí estaba ella.

Verónica se encontraba sentada en su escritorio habitual, transcribiendo antiguos textos sobre demonología en el sistema holográfico. Su postura era perfecta, la espalda recta como siempre. El velo cubría su cabello, pero Mateo pudo distinguir las dos mechas carmesíes que escapaban rebeldes. Ese detalle siempre le había llamado la atención. No era solo estético; parecía una marca, un recordatorio de que incluso en la piedad más pura había algo intenso latiendo debajo.

—Sor Verónica —saludó él con respeto, deteniéndose a una distancia prudente.

Ella levantó la mirada. Sus ojos azules profundos lo observaron con esa serenidad que parecía absorber toda la tensión del ambiente.

—Hermano Mateo. Llegas temprano hoy. ¿Hubo problemas anoche?

—Nada grave. Solo una patrulla rutinaria cerca del Barrio Bajo 17. Pero los sensores detectaron otra fisura menor. Quería revisar los archivos contigo antes de reportarlo al Padre Superior.

Verónica asintió y le hizo un gesto para que se acercara. Mientras revisaban juntos los registros digitales, Mateo no pudo evitar observarla. No era admiración romántica —nunca lo había sido—. Era protección instintiva. Verónica tenía solo veinte años, pero cargaba una madurez que iba más allá de su edad. Trabajaba sin quejarse, ayudaba en el comedor comunitario hasta altas horas, curaba con esa magia sutil que pocos notaban. Exactamente como Ana: siempre dando, siempre presente para los demás.

—Aquí —dijo Verónica, señalando una entrada antigua—. Los textos hablan de “debilitamiento progresivo del velo” antes de grandes incursiones. Podría estar relacionado con lo que sentimos.

Mateo tomó nota mental. Su trabajo no terminaba en las calles. También consistía en conectar información, proteger el conocimiento y, sobre todo, proteger a quienes lo custodiaban.

—Gracias. Haré que los hermanos revisen el perímetro este. No quiero que ninguna fisura se abra cerca del convento.

Verónica lo miró un instante más de lo habitual.

—Eres muy dedicado, Mateo. No solo combates. Cuidas.

Él bajó la mirada, ligeramente avergonzado.

—Es lo que debo hacer. Mi hermana… Ana era como tú. Siempre ayudando. Siempre pensando en los demás antes que en sí misma. Cuando la perdí, juré que protegería a quienes siguen su camino.

Verónica no respondió con palabras. Solo colocó una mano sobre su brazo por un segundo —un gesto raro en ella— y luego volvió a sus archivos. Ese contacto fue suficiente. Mateo sintió que su determinación se reforzaba.

El resto de la mañana lo pasó en tareas prácticas. Revisó los sistemas de seguridad del convento: los escudos de supresión mágica en las paredes, los drones de vigilancia en el techo y las barricadas reforzadas en las entradas. Todo estaba en orden, pero Mateo no se conformaba con eso. Ordenó a dos novicios que ayudaban en mantenimiento que reforzaran las runas de protección en la capilla principal.

—Más densas —indicó—. No quiero sorpresas.

A mediodía, acompañó a un grupo de hermanas mayores al huerto interior. Sor Lucía, de sesenta y tres años, caminaba con dificultad después de una vieja herida en la pierna causada por un susurrante año atrás. Mateo le ofreció su brazo sin pensarlo.

—No es necesario, hijo —protestó ella con una sonrisa.

—Insisto, hermana. Mi madre siempre decía que cuidar a los mayores es cuidar nuestra propia sabiduría.

Mientras caminaban, sor Lucía le contó sobre los viejos tiempos, cuando los demonios eran raros y la ciudad aún no estaba dividida entre torres corporativas y barrios olvidados. Mateo escuchaba con atención genuina. Estas mujeres eran el corazón de la Orden. Sin ellas, los cazadores como él perderían el norte.

Después del almuerzo, Mateo salió a patrullar los alrededores del convento. El Distrito Medio estaba relativamente tranquilo, pero él sabía que la calma era engañosa. Pasó por el Comedor Comunitario de la Esperanza Eterna y vio las últimas familias independientes recogiendo sobras. Reconoció a Elena Vargas desde lejos. Asintió en señal de respeto. Ella y su grupo eran de los buenos.

De regreso al convento, encontró a Verónica en la enfermería atendiendo a un cazador herido de otra patrulla. Sus manos se movían con precisión, aplicando esa luz dorada con vetas carmesí que aceleraba la curación. Mateo se quedó en la puerta, vigilando. No interfería, solo observaba. Protegía.

«Si algo te pasa a ti, Verónica…», pensó. «No lo permitiré. No como con Ana.»

Por la tarde, coordinó una reunión con otros tres cazadores de la Orden. Compartieron informes: aumento de fisuras, más demonios Clase I filtrándose, y rumores de que hélix estaba experimentando con esencia demoníaca. Mateo insistió en priorizar la protección del convento.

—Las hermanas son prioritarias —dijo con firmeza—. No solo por su labor espiritual, sino porque son las que curan a nuestros heridos sin pedir nada. Si caen ellas, caemos todos.

Sus compañeros estuvieron de acuerdo. Uno de ellos comentó:

—Esa Verónica… hay algo especial en ella. ¿Crees que es solo una monja común?

Mateo negó con la cabeza.

—No lo es. Pero mientras ella quiera ser vista así, la protegeremos como tal.

Al atardecer, Mateo acompañó a Verónica cuando ella decidió salir brevemente al barrio para entregar medicinas. Caminaba dos pasos detrás de ella, rifle listo, ojos atentos a cada sombra. Verónica no protestó. Sabía que él necesitaba hacerlo.

Durante el trayecto, hablaron poco, pero lo suficiente.

—¿Nunca te cansas, hermano Mateo? —preguntó ella en un momento.

—Todos los días —admitió él—. Pero entonces recuerdo a mi hermana repartiendo comida en el refugio, incluso cuando apenas había para ella. Y sigo.

Verónica asintió.

—Tu hermana debe estar orgullosa de ti. Desde donde esté.

Esas palabras lo reconfortaron más de lo que esperaba.

De vuelta en el convento, Mateo realizó una última ronda nocturna. Revisó cada celda, cada pasillo, asegurándose de que las novicias estuvieran seguras. Sor Elena, una de las mayores, lo detuvo en el corredor.

—Eres un buen hombre, Mateo. Gracias por cuidar de nosotras como si fuéramos tu familia.

—Lo son —respondió él simplemente.

Finalmente, se sentó en la capilla principal, solo. La vela frente al altar parpadeaba. Mateo cerró los ojos y rezó, no solo por la ciudad, sino por Verónica y todas las hermanas. Pidió fuerza para protegerlas cuando llegara el verdadero peligro. Porque sentía, en lo profundo de sus huesos, que ese momento se acercaba.

Las fisuras crecían. Los demonios se volvían más audaces. hélix jugaba sus juegos corporativos. Los independientes luchaban con uñas y dientes. Pero aquí, en el convento, Mateo mantendría el faro encendido.

Por Ana.

Por Verónica.

Por todas ellas.

Se levantó, ajustó su arma y salió a hacer otra ronda. La noche era larga, pero su vigilancia no descansaba.

Mateo continuó su labor hasta bien entrada la madrugada. Ayudó a transcribir un informe urgente, consoló a una novicia que había tenido una pesadilla con susurros demoníacos y reforzó personalmente las bendiciones en la puerta principal. Cada acción era un acto de amor silencioso y protección.

Mientras el cielo comenzaba a clarear, se permitió un último pensamiento antes de descansar unas horas:

«Mientras yo respire, nadie tocará a las que dan todo sin pedir nada a cambio.»

Verónica, en su celda lejana, dormía con su habitual serenidad. Las mechas carmesíes descansaban contra la almohada. Mateo no lo sabía, pero su protección era más necesaria de lo que imaginaba.

La bestia sagrada dentro de Verónica aún dormía.

Pero cuando despertara, Mateo estaría allí para asegurarse de que el mundo estuviera listo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play