Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 8
Capítulo 8
Lo que no se dice
Emilio no durmió después de escuchar a Felipe Farías.
Los expedientes también se equivocan.
La frase lo siguió hasta la habitación del hotel, se sentó junto a su maleta y esperó a que él abriera el neceser donde guardaba los estabilizadores. Emilio tomó una pastilla de menta, no una dosis extra. Revisó la etiqueta del medicamento. Revisó, por costumbre, la fecha de caducidad.
Beta.
Su expediente decía Beta desde siempre. Sus pruebas decían Beta. Su vida entera estaba organizada alrededor de esa palabra práctica y gris que, por lo menos, no exigía feromonas, ciclos ni Alfas.
Al amanecer, bajó al lobby con el traje impecable y la cara tranquila.
Sebastián ya estaba ahí.
—Oíste —dijo, sin saludo.
No era pregunta.
Emilio se detuvo junto a la mesa de café.
—No estaba escondido. Estaba evitando interrumpir.
—Eso no responde.
—Sí oí.
Sebastián lo miró como si quisiera abrirle la cabeza y revisar personalmente qué había dejado Felipe dentro.
—Farías habla demasiado cuando está cansado.
—Farías es investigador. Hizo una observación.
—Tu expediente dice Beta.
La misma frase de la noche anterior. En boca de Sebastián sonaba menos a certeza médica y más a orden al universo.
Emilio sirvió café en un vaso de cartón.
—Entonces soy Beta.
Sebastián sostuvo su mirada.
—Si aparece algún síntoma raro, me lo dices.
—¿Eso también está en mi contrato?
—Va a estar.
Emilio casi sonrió.
No lo hizo.
El regreso a Ciudad Arcoíris transcurrió con una incomodidad nueva. No era silencio laboral; ese ya lo conocía. Era otra cosa. Sebastián revisaba documentos, pero cada cierto tiempo su mirada caía en el cuello de Emilio. No en la cara. En la parte posterior, justo donde el cabello corto dejaba ver una franja de piel sobre el cuello de la camisa.
Emilio lo notaba.
No decía nada.
Al bajar del avión, una ráfaga de viento le desordenó el cuello de la camisa. Antes de que pudiera acomodarlo, Sebastián extendió la mano.
—Está torcido.
Los dedos fríos rozaron la tela. Apenas tocaron piel.
Emilio se quedó quieto.
El gesto era pequeño. Innecesario. Un jefe podía decir "arréglate el cuello" desde medio metro de distancia. Sebastián, en cambio, ajustó el borde con una concentración absurda, como si una arruga en la camisa de su asistente fuera una amenaza directa a Grupo Cénit.
—Listo —dijo.
No apartó la mano de inmediato.
Emilio bajó la mirada a los nudillos de Sebastián, largos, limpios, demasiado cerca de su garganta.
—Gracias.
Sebastián retiró la mano como si la palabra lo hubiera quemado.
Andrés los esperaba junto a la camioneta con una tableta en la mano. Miró el cuello de Emilio, luego a Sebastián, luego a la tableta.
—La junta de las doce se movió a la una. Diego Montero llamó tres veces.
—Que llame cuatro —dijo Sebastián.
—Dijo que era urgente.
—Diego cree que todo es urgente si involucra comida, mujeres o chismes.
El celular de Sebastián sonó en ese momento.
Andrés no cambió la expresión.
—Cuarta llamada.
Sebastián contestó con el altavoz apagado, pero Diego Montero tenía una voz diseñada para atravesar paredes.
—¡Hermano! ¿Sigues vivo o Farías te disolvió en un tubo de ensayo?
Emilio miró por la ventana para no reír.
Sebastián caminó hacia la salida del hangar.
—Estoy ocupado.
—Siempre estás ocupado. Esa no es noticia. Mateo dice que si no vienes a cenar esta semana va a asumir que por fin encontraste una persona que te soporta.
—Mateo necesita un hobby.
—Tiene uno. Verse guapo y juzgarnos a todos.
Andrés abrió la puerta de la camioneta. Emilio dio un paso hacia afuera justo cuando una motocicleta de mensajería pasó demasiado cerca del carril de servicio.
No la vio a tiempo.
La mano de Sebastián se cerró en su cintura y lo jaló hacia atrás.
Fue rápido. Firme. Preciso.
El cuerpo de Emilio chocó contra el pecho de Sebastián durante un segundo completo.
El frío de escarcha le rozó la nuca.
No dolió.
Se le fue el aire por otra razón.
—Fíjate —dijo Sebastián, bajo.
Diego, todavía en el teléfono, soltó un silbido.
—¿Perdón? ¿A quién le estás hablando así? No me digas que traes a alguien contigo.
Sebastián soltó la cintura de Emilio.
Demasiado tarde.
Emilio ya había sentido la forma exacta de sus dedos a través del saco.
—Un empleado casi se deja atropellar.
—Mentira. Tú no suenas así por un empleado. Hermano, tú suenas... feliz. ¿Quién se murió?
Andrés cerró los ojos.
Emilio tosió una vez y subió a la camioneta.
Sebastián se quedó afuera, teléfono en mano, mirando a Diego como si pudiera asesinarlo a distancia.
—Voy a colgar.
—¡No, espera! Mateo está conmigo. Quiere saber si el empleado tiene nombre.
Una segunda voz, más suave y burlona, se oyó al fondo.
—Si Sebastián no lo dice, es porque sí importa.
Mateo Coronado, supuso Emilio. El otro amigo de la misma esfera imposible, el Alfa de rango alto del que Andrés había hablado alguna vez con la resignación de quien agenda huracanes.
Sebastián cortó la llamada.
Subió a la camioneta y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Tus amigos parecen divertidos —dijo Emilio.
—No son mis amigos.
Andrés, desde el asiento delantero, no levantó la vista.
—Sí lo son.
Sebastián le lanzó una mirada al espejo retrovisor.
—Lara.
—Hecho. No lo son.
Emilio giró la cara hacia la ventana.
Esta vez sí sonrió.
El celular de Sebastián vibró otra vez.
No contestó.
Vibró de nuevo.
Andrés revisó su propia pantalla y, por primera vez en el día, pareció elegir mal sus palabras con cuidado.
—Diego Montero acaba de enviar invitación para cenar el viernes. Incluyó al señor Reyes.
Emilio volteó.
—¿A mí?
—Es una provocación —dijo Sebastián.
—También preguntó si el señor Reyes prefiere mariscos o carne —añadió Andrés.
—Una provocación con menú —dijo Emilio.
Sebastián bloqueó la pantalla de su celular.
—No vas.
La frase salió demasiado rápido.
Emilio lo miró.
—¿Como orden laboral o como recomendación social?
Andrés bajó la tableta un centímetro. Quería escuchar la respuesta. Se notaba.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Como advertencia. Diego y Mateo son insoportables.
—Trabajo para usted. Estoy entrenado.
El silencio que siguió fue tan seco que Andrés tuvo que mirar por la ventana.
En el reflejo del vidrio, vio que Sebastián lo estaba mirando.
No como miraba informes.
No como miraba problemas.
Como si Emilio hubiera hecho algo sencillo y, por eso mismo, incomprensible.
La ciudad pasaba afuera: anuncios, tráfico, puestos de tamales, ejecutivos cruzando avenidas con café en mano. Todo igual que antes del viaje.
Pero en el asiento trasero, entre el espacio que Sebastián acababa de soltar y el calor que seguía en la cintura de Emilio, algo había cambiado de lugar.