Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."
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Capítulo 8
El silencio que siguió a sus palabras fue denso, cargado de una electricidad que no sabía si era el simple preludio de una tormenta, pues no sabía cómo interpretar eso. Ragnar mantenía sus dedos rozando mi mejilla, una caricia que contrastaba violentamente con la frialdad del contrato que nuestros padres nos querían hacer firmar, algo que para ellos era un matrimonio por conveniencia de apellidos y dinero. Retiré la cara con un movimiento brusco, necesitando poner distancia física para que mi cerebro pudiera procesar la magnitud de su propuesta.
—¿"Solo a nosotros"? —Repetí, con una risa amarga que se perdió en el viento frío de la plaza. — Hablas como si estuviéramos planeando unas vacaciones, Ragnar. Hablamos de un matrimonio. De vivir bajo el mismo techo, de fingir frente al mundo, de unir nuestras vidas legalmente. ¿Realmente crees que podemos simplemente cerrar la puerta y ser libres?
Él metió las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero, recuperando esa postura de indiferencia calculada que tanto me irritaba. Sus ojos azules me observaron con una chispa de cinismo.
—Ayla, eres una científica. Deberías entender mejor que nadie que todo sistema funciona bajo sus propias leyes. La ley de este matrimonio es la conveniencia. Fuera de esa puerta, seremos los herederos perfectos, los salvadores de la fusión Eisen-Graf. Pero dentro... dentro no tiene por qué haber cadenas.
Caminó un par de pasos a mi alrededor, como un lobo que rodea a su presa antes de explicarle que no tiene intención de devorarla, al menos no ese día.
—Escucha bien. —Continuó, bajando el tono de voz—. No espero que seas la esposa abnegada que me espera con la cena lista, tampoco fidelidad emocional, menos física si eso es lo que te preocupa. Mi vida personal ha sido... pública, por decir lo menos. Y no tengo intención de que eso cambie drásticamente.
Sentí una punzada de indignación que no supe clasificar. Me crucé de brazos, apretando la bata blanca contra mi pecho.
—¿A qué te refieres con eso? —Pregunté, aunque la respuesta era obvia.
—Me refiero a que, si mañana decido salir con alguien o si tú decides hacer lo mismo, no debería ser motivo de conflicto entre nosotros. Mi vida a puertas cerradas, las mujeres con las que decida pasar mi tiempo... nada de eso tiene que incomodarte. De la misma forma que yo no cuestionaré tus horarios en el hospital o con quién decidas tomarte un café. El contrato dice que debemos estar casados, no dice que debamos ser dueños de la voluntad del otro.
—Entonces, ¿me estás diciendo que nuestro matrimonio será una fachada vacía mientras tú sigues desfilando con tus conquistas por la ciudad? —Mi voz sonó más aguda de lo que pretendía. No era celos, me repetí a mí misma; era el ultraje de que mi nombre quedara ligado a un hombre que no tenía el más mínimo respeto por la institución que estábamos a punto de profanar.
Ragnar se encogió de hombros, con una sinceridad brutal que me dejó sin aliento.
—Prefiero una fachada honesta que una mentira romántica. No te voy a prometer una exclusividad que ambos sabemos que nace de una imposición. Si lo que te preocupa es tu reputación, te aseguro que soy lo suficientemente discreto cuando el apellido de mi familia está en juego. Pero no me pidas que renuncie a mi libertad solo porque nuestros padres firmaron un papel. No pretendo ser tu dueño, Ayla. No pretendas ser mi carcelera.
Me quedé mirándolo, atónita, su cinismo era una bofetada; para él, yo era una socia estratégica, una aliada en una guerra corporativa, pero emocionalmente era un cero a la izquierda. La idea de que continuara con su vida libertina mientras yo portaba su apellido me revolvía el estómago, no por amor, sino por orgullo. Yo era Ayla Eisen; no había estudiado dos carreras y trabajado turnos de veinte horas para convertirme en la "esposa de conveniencia" que mira hacia otro lado mientras su marido se divierte con modelos en hoteles de lujo.
—Eres increíble —Solté, empezando a caminar hacia mi auto. Mis zapatos de tacón resonaban contra el pavimento con una armonía furiosa. — Hablas de libertad como si fueras un filósofo, pero solo estás buscando una excusa para seguir siendo el mismo patán de siempre, ahora con la bendición de un anillo.
Ragnar me siguió, interceptándome antes de que pudiera abrir la puerta. Me acorraló contra el metal frío, obligándome a mirarlo.
—No te equivoques, Lía. No te estoy pidiendo permiso. Te estoy explicando cómo voy a sobrevivir a esto. Y te sugiero que busques tu propia forma de hacerlo. Si quieres pasar tus noches en el laboratorio o con algún colega de medicina, no me verás montando una escena. Ese es el trato. El único trato real que importa.
—¡Por mi puedes quedarte con ese contrato que no pienso firmar, así sea una Eisen! ¡Yo quiero algo más? —No precisamente de él, sino que la idea de una vida basada en el vacío me aterraba.
Sus ojos se oscurecieron por un segundo y por un instante fugaz, la máscara de cinismo flaqueó. Su mirada bajó a mis labios y sentí de nuevo ese magnetismo peligroso que me advertía que, a pesar de sus palabras, nada en esta relación sería tan sencillo como un contrato.
—Si quieres algo más —Susurró, acercándose tanto que su aliento cálido rozó mi piel. —Tendrás que pedírmelo tú. Pero recuerda: una vez que cruzas la línea entre la conveniencia y lo real, ya no hay contrato que te proteja del fuego.
Se apartó de golpe, dejándome temblando de rabia y confusión. Abrió la puerta de mi auto por mí, en un gesto de cortesía que en ese momento se sintió como una burla.
—Vete a casa, Ayla. Mañana es el anuncio oficial. Ponte tu mejor cara de felicidad corporativa y recuerda: lo que yo haga en mi cama no es asunto tuyo, siempre y cuando el mundo crea que eres la única mujer en mi vida.
—Pues te vas a tener que sentar a esperar, porque no me pienso casar contigo...
—Eso lo veremos, te espero mañana para el anuncio; ya que por lo visto tu padre no te dijo que pasa si no apareces.
Sentí un frío recorrer todo mi cuerpo.
—¿A qué te refieres?
—¡Por qué mejor no vas y le preguntas!
Subí al auto sin mirarlo, cerrando la puerta con fuerza. Arranqué el motor, necesitando que el rugido ahogara el caos que reinaba en mi cabeza. Mientras salía del estacionamiento, lo vi por el espejo retrovisor, una figura solitaria bajo la luz lánguida de la farola.
El viaje de regreso a mi apartamento fue borroso. Las luces de la ciudad pasaban a mi lado como ráfagas de colores sin sentido. Las palabras de Ragnar se repetían en bucle: No me pidas que renuncie a mi libertad.
—No mil veces no... Así no... —Yo no me iba a casar con un hombre que ya estaba planeando sus futuras infidelidades antes incluso de ponerme el anillo.
Al llegar a mi hogar, el silencio me recibió con un horrible dolor de cabeza. Ale y Row no estaban, quizás están disfrutando de alguna fiesta, ajenos al hecho de que su amiga está a punto de convertirse en el trofeo de un lobo que no tenía intención de cambiar su pelaje. Caminé hasta el baño y me eché agua fría en la cara, tratando de borrar el rastro de la caricia de Ragnar.
Me miré en el espejo. Mis ojos, antes llenos de ambición médica, ahora reflejaban una fatiga existencial. "Un matrimonio de conveniencia", me dije en voz alta. "Una transacción". —Pero, a qué se refirió con que le preguntara a mi padre. No le di vueltas al asunto, total qué más da...Una amenaza más una amenaza menos
Eran casi las nueve de la noche cuando tocaron a mi puerta, era un mensajero que traía una serie de documentos.