Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 21: CERO ABSOLUTO
El fuego había comenzado a consumir el ala este del complejo industrial, producto de las "intervenciones tácticas" de Andriy. El humo negro se filtraba por los conductos de ventilación, pero en el ático de cristal blindado que servía como santuario de Akira, el aire era frío y letal, acondicionado artificialmente a niveles bajo cero.
Las inmensas puertas de acero de la oficina principal no fueron forzadas; volaron en pedazos gracias a una carga direccional de C4 cortesía del líder ucraniano. A través de la nube de escombros y polvo, Zakhar entró primero, flanqueado por Andriy. El ruso estaba cubierto de sangre enemiga, su respiración formaba pequeñas nubes blancas en el aire helado, y sus ojos heterocromáticos brillaban con la sed de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa.
En el centro del inmenso salón de mármol blanco, Akira esperaba.
El líder de la Yakuza no llevaba armas de fuego, sino una katana ceremonial ancestral, cuyo acero reflejaba las luces de emergencia rojas parpadeantes.
– Así que el perro de los Ivanov sabe encontrar el camino a casa – se burló Akira, manteniendo una postura perfecta.
– Voy a despellejarte tan lentamente que rogarás que te dispare, maldita escoria. – rugió Zakhar, arrojando su rifle sin munición al suelo y sacando sus dos pesados cuchillos de combate Karambit.
Pero antes de que Zakhar pudiera dar el salto mortal, el ascensor privado al fondo del ático emitió un suave pitido. Las puertas de cristal se abrieron, revelando a Damiano. Había ignorado los protocolos de seguridad. No podía quedarse en la mansión mirando pantallas; necesitaba ver los ojos del hombre que había intentado destruir su mundo. Caminaba con una elegancia que aterraba, custodiado de cerca por tres de los asesinos más letales de la guardia personal de Yelena.
– ¡Damiano, te ordené que te quedaras en el perímetro! – ladró Zakhar, la desesperación y el instinto protector tensando cada músculo de su espalda.
Damiano no se detuvo hasta quedar a pocos metros de su esposo, mirando fijamente al líder japonés. – Nadie me da órdenes, Zakhar. Ni siquiera tú. Yo tenía que estar aquí.
Akira soltó una carcajada seca y hueca que hizo eco en las paredes de cristal. Bajó ligeramente la guardia de su espada y miró al joven italiano con una mezcla de lástima y desprecio absoluto.
– Eres igual de terco que tu madre, Damiano Moretti. Esa mujer tenía la misma mirada arrogante el día que la mandé ejecutar.
El salón entero se sumió en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de las llamas lejanas. El cuerpo de Damiano se tensó imperceptiblemente. Durante años, la muerte de su madre había sido atribuida a un ajuste de cuentas fortuito por los yakuzas.
– ¿Qué dijiste? – la voz de Damiano era un susurro que cortaba como el hielo.
– ¿Tu padre nunca te lo dijo? – Akira sonrió, saboreando el impacto de sus palabras. – Lorenzo Moretti no es solo un cobarde, es un ciego. Tu madre no murió en un fuego cruzado con nosotros así por asi. Ella descubrió los registros contables. Se enteró de que tu familia estaba lavando nuestro dinero de las redes de trata, y peor aún, descubrió que Lorenzo planeaba ofrecerte a ti, su hijo menor, como moneda de cambio para sellar una alianza de sumisión con nosotros.
Los ojos de Damiano se abrieron levemente. El suelo bajo sus pies parecía desaparecer.
– Ella intentó extorsionarnos con los registros para comprar tu libertad, para sacarte de la mafia y enviarte lejos de la Costa Oeste – continuó Akira, levantando la katana. – No podíamos permitirlo. La ejecuté para silenciarla y mantener a los Moretti bajo mi bota. Ella murió sabiendo que no pudo salvarte.
Si Akira esperaba que la revelación desmoronara a Damiano, cometió el último y más grave error de su vida.
El dolor no quebró al italiano; lo forjó. Damiano no gritó ni derramó una sola lágrima. En cambio, todo el calor abandonó su cuerpo. El cero absoluto se instaló en su mirada. Sacó lentamente una pistola personalizada, negra con detalles en oro puro, de la funda interior de su chaqueta.
– Mi madre no fracasó – dijo Damiano, y su voz no tenía ni una gota de humanidad. – Ella murió para darme el tiempo de convertirme en lo que soy.
Con un grito de guerra, Akira se abalanzó hacia adelante, la katana buscando decapitar a Damiano. Pero Zakhar era el fuego inextinguible. El siberiano interceptó el ataque, bloqueando el filo milenario con sus cuchillos cruzados en un choque de chispas ardientes. La fuerza de Zakhar era abrumadora; empujó la espada hacia atrás, desestabilizando a Akira, y le asestó una patada demoledora en el pecho que lanzó al japonés al suelo.
—Nadie lo toca —gruñó Zakhar, retrocediendo un solo paso para dejar el escenario libre. Andriy, desde la retaguardia, abatió a los dos únicos guardias de Akira que intentaron intervenir, asegurándose de que el duelo quedara intacto.
Damiano avanzó sobre Akira, quien intentaba desesperadamente recuperar su espada. Con un movimiento implacable, Damiano pisó la hoja de la katana contra el mármol y apuntó su pistola dorada directamente al rostro del líder caído.
Eran el acero frío y calculador, y el fuego destructivo y protector. Unidos, eran la muerte encarnada.
– Dile a mi madre que el imperio de la Costa Oeste ahora me pertenece – susurró Damiano.
Apretó el gatillo tres veces. El sonido ensordecedor ahogó el ruido de las llamas. Cuando el casquillo final tocó el suelo, la Yakuza había dejado de existir en la costa oeste, y Damiano había vengado el sacrificio más grande de su vida.