"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 12
Renzo no esperó a llegar a la cama. En cuanto la puerta de la suite principal se cerró con un chasquido electrónico, lanzó a Mía contra la madera oscura, bloqueándola con su cuerpo. Sus ojos ya no eran negros, eran dos pozos de hambre animal. La escena en la cena con Julian había terminado de romper los diques de su autocontrol.
-¿Te gusta que te miren, verdad? -rugió Renzo, su voz rasposa, cargada de una vibración que Mía sentía en sus propios huesos-. Te gusta ver cómo los hombres se atragantan con su saliva cuando te ven tocarte los labios.
-Me gusta ver cómo pierdes la cabeza, Cavalli -jadeó ella, con la cara encendida y la respiración rota.
Renzo no respondió con palabras. Sus manos, grandes y expertas, agarraron el satén perla de los hombros de Mía y, con un movimiento violento y seco, tiró hacia abajo. El tejido fino no pudo resistir; los tirantes saltaron y el vestido cayó hasta su cintura, dejando sus pechos pequeños y firmes expuestos al aire acondicionado helado de la suite.
Mía soltó un grito de sorpresa que fue ahogado de inmediato por la boca de Renzo. No era un beso; era una invasión. Sus lenguas luchaban en una batalla de dominio mientras Renzo la elevaba, haciendo que la espalda de Mía se deslizara contra la puerta.
Él la llevó hacia el centro de la habitación, donde un sistema de espejos rodeaba la estancia. Activó un control en la pared y las luces se atenuaron a un tono ámbar profundo, mientras una música de cuerdas oscura y rítmica empezaba a sonar, vibrando en las paredes.
-Mírate -ordenó él, obligándola a ponerse de pie frente a uno de los espejos de cuerpo entero. Él se situó detrás, con las manos apoyadas en los hombros desnudos de ella-. Mírate y dime quién te posee.
Renzo bajó sus manos, recorriendo la piel de Mía con una lentitud tortuosa. Sus dedos trazaron el contorno de sus pechos, apretando los pezones que ya estaban erguidos por el frío y la excitación. Mía echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Renzo, incapaz de apartar los ojos de su propio reflejo.
-Eres... un enfermo -susurró ella, aunque sus caderas empezaron a moverse por instinto contra la entrepierna de él.
Renzo soltó un gruñido bajo y se deshizo de sus propios pantalones. La dureza de su miembro, caliente y palpitante, se presionó contra la parte baja de la espalda de Mía. Él agarró su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello, y empezó a morderle la piel, dejando marcas rojas que Julian nunca vería, pero que ella sentiría durante días.
-Soy el hombre que te compró -dijo él, su voz vibrando contra su oído-. Y voy a recordarte cada centímetro de tu cuerpo que me pertenece.
Él la obligó a arrodillarse frente al espejo. Con una mano en su nuca, la guió mientras su otra mano bajaba hacia la intimidad de Mía, que ya estaba empapada, buscando alivio. La perversidad del momento era absoluta: ella se veía a sí misma siendo dominada por el multimillonario que juraba odiar, pero sus gemidos llenaban la habitación de forma incontrolable.
Renzo se volvió un loco deseoso. No había delicadeza, solo una urgencia primitiva. La giró bruscamente, la tumbó en la alfombra de piel y se abrió camino entre sus piernas con una ferocidad que la hizo arquear la espalda.
Al sentir el roce de su cuerpo contra su intimidad por primera vez, un miedo primario atravesó a Mía. Un grito ahogado salió de su garganta, y sus ojos se abrieron de golpe, llenos de pánico.
-¡No! ¡Espera! -suplicó ella, intentando empujarlo con sus manos temblorosas-. Por favor... no...
Renzo se detuvo de golpe. Su mirada feroz se ablandó por una fracción de segundo al ver el miedo genuino en los ojos de Mía. En ese momento, la pureza de su terror lo golpeó con la fuerza de un rayo. Él, el depredador, se dio cuenta de que ella era virgen. Era algo que no había anticipado, una inocencia que había asumido que ya le había sido arrebatada por el mundo brutal del que la había sacado.
Un rugido de frustración y posesividad escapó de su pecho. Esta era su conquista más pura, su joya más preciada. Él quería ser el único. Y quería que ella lo supiera.
-Dime mi nombre, Mía -le exigió él, su voz más controlada pero llena de una urgencia palpable-. ¡Dime de quién eres!
-¡De Renzo! -gritó ella, clavándole las uñas en los hombros, olvidando por un momento a su hermano, el taller y su odio-. ¡Soy tuya, maldito seas!
Renzo la poseyó con una estocada que rasgó el último velo de inocencia. El dolor fue agudo y repentino, y Mía soltó un alarido, sus ojos llenándose de lágrimas. Pero Renzo no la soltó. La mantuvo atrapada, besando su boca con una furia posesiva, lamiendo las lágrimas que escapaban de sus ojos, haciendo de ese dolor un acto de reclamación.
Él la poseyó con una fuerza rítmica , sus cuerpos chocando en una danza de sudor y pecado. Cada vez que ella intentaba cerrar los ojos para escapar de la intensidad, él la obligaba a mirar el espejo, a ver cómo él la marcaba, cómo sus cuerpos se fundían en medio de la selva amazónica.
Fue un encuentro crudo, donde el poder de Renzo se impuso y la resistencia de Mía se transformó en una pasión que la asustaba más que cualquier arma. Al final, agotados y sudorosos, Renzo la estrechó contra su pecho con una posesividad que rozaba lo enfermizo. No la soltó; la mantuvo prisionera entre sus brazos, respirando su aroma, sabiendo que, aunque ella lo insultara por la mañana, esa noche su cuerpo le había pertenecido por completo, y él había sido el único en reclamarlo.