Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 8 – LA LLAMADA
Después de la cena, el silencio se instaló en el auto mientras regresaban. Leví conducía esta vez. No confió en nadie más para llevarla de vuelta a casa. El ambiente aún cargado de todo lo que no se dijeron, de todo lo que sí dejaron ver sin hablar.
Camila bajó con elegancia, dándole las gracias con un susurro apenas audible. Pero él no se movió. Solo la observó desde el asiento del conductor mientras ella abría la puerta del edificio. Antes de entrar, giró a mirarlo. Y fue entonces cuando él habló.
—¿Puedo llamarte esta noche?
Ella dudó un segundo, pero luego asintió con una leve sonrisa. —Sí.
Minutos después, ya en su habitación, Camila se soltó el cabello y dejó el vestido sobre la cama. El celular vibró. Era él.
—¿Hola? —contestó con la voz suave.
—Camila —dijo él, con ese tono grave que la hacía estremecer—. No podía quedarme con todo lo que sentí esta noche y no decírtelo.
Ella se sentó sobre las sábanas, en camisón, recogiendo las piernas como si necesitara protegerse de lo que iba a escuchar.
—¿Y qué sentiste, Leví?
—Sentí que por primera vez en años... algo me importa tanto como para darlo todo. Que desde que volviste a mi vida, todo lo demás parece ruido. Que el tiempo no te borró. Al contrario. Te volvió más intensa.
Camila guardó silencio, tragando el nudo en la garganta. Entonces él continuó.
—¿Recuerdas aquella vez, en el colegio, que te presté mi chaqueta porque llovía y tú habías olvidado el bus?
Ella sonrió, sorprendida. —Claro.
Estábamos bajo la marquesina del teatro. Nadie más se quedó a esperarme.
—Yo sí. Y aunque ese día me alejé porque todo en mi vida se estaba desmoronando, nunca dejé de recordarte así: temblando, pero orgullosa. Esperando el bus sin pedir ayuda.
Camila cerró los ojos. —Nunca supe por qué desapareciste.
—Mi familia... se vino abajo. Descubrí verdades que me rompieron. Mi padre no era quien decía ser. Tuvimos que irnos en cuestión de días, y no podía explicarte algo que ni yo entendía. Solo supe que te estaba dejando atrás. Y eso... me dolió más que todo lo demás.
Ella respiró hondo. No sabía si llorar o agradecer.
—No sabía que me recordabas así —dijo con voz baja.
—No solo te recuerdo. Te sueño.
Hubo un largo silencio. Y luego, casi en susurro, él preguntó:
—¿Estás sola?
—Sí —respondió, sin pensar.
—¿Puedo quedarme un rato contigo... aunque sea por llamada?
Camila se recostó sobre la almohada, mirando al techo como si su voz flotara hasta él.
—Puedes quedarte toda la noche, si quieres.
Y así lo hicieron. No fue una conversación cargada de pasión, sino de confesiones, de recuerdos, de risas silenciosas. Ella le contó de su miedo al amor, él le habló de sus errores. Se rieron de sus torpezas adolescentes. Se preguntaron qué habría pasado si se hubieran besado en aquel teatro mojado por la lluvia.
Y sin darse cuenta, se durmieron con el teléfono aún conectado.
Dos personas separadas por años, ahora unidas por una llamada; una noche que no fue íntima de cuerpo, pero sí de alma.