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La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

Status: Terminada
Genre:Mitos y leyendas / Maldición / Brujas / Completas
Popularitas:553
Nilai: 5
nombre de autor: karolina oquendo

COMPLETA

Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.

NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 – El que los trajo

La idea no apareció de golpe, pero una vez que tomó forma, ya no los dejó en paz. No era un pensamiento claro, ni una conclusión lógica, sino algo más incómodo, algo que se repetía en pequeños detalles hasta que ya no podía ignorarse. Esa noche, en la casa de los Oquendo, el silencio no fue como los anteriores. No era negación, no era incomodidad, era otra cosa. Era la sensación de que estaban cerca de entender algo que no querían entender.

—Tenemos que hablar —dijo Lili finalmente, rompiendo el silencio con una voz más firme de lo que se sentía.

Andrés levantó la mirada, y Santiago, que ya los observaba, no se sorprendió. Ninguno fingía ya. No después de las marcas. No después de los sueños.

—Ese hombre —continuó Lili—. El que nos vendió la casa.

El ambiente cambió de inmediato. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo.

—¿Qué pasa con él? —preguntó Andrés, aunque en su tono ya había una ligera tensión.

Lili dudó un momento, buscando palabras que no parecieran exageradas.

—No sé… pero hay algo que no encaja.

Santiago frunció el ceño.

—Todo aquí no encaja.

La frase cayó con más peso del esperado, porque ninguno pudo negarla.

Hubo un silencio corto, pero esta vez no fue incómodo. Fue revelador.

—¿Por qué solo hay ancianos? —preguntó Santiago de repente.

Andrés lo miró.

—¿Cómo?

—El pueblo —insistió—. No hay gente joven. Ni adultos… casi.

Lili bajó la mirada lentamente.

—Solo hay una —dijo.

Ambos la miraron.

—La mujer de la tienda.

El silencio volvió, pero ahora tenía forma. Era una pieza más encajando en algo más grande.

Era cierto. Desde que llegaron, solo habían visto a esa mujer. Unos treinta y tantos, amable, normal, lo suficientemente natural como para que nada pareciera extraño al principio. Su presencia había equilibrado todo, había dado la ilusión de normalidad.

—Por eso no pensamos nada raro —murmuró Lili—. Porque estaba ella.

Santiago sintió un leve escalofrío.

—Como si fuera… parte de algo.

Andrés negó con la cabeza, pero sin convicción.

—O estamos exagerando.

Nadie respondió.

Porque ya no sonaba creíble.

Al día siguiente salieron temprano, pero no como los días anteriores. No era rutina, ni distracción. Era observación. Caminaban más lento, mirando más de lo necesario, notando cosas que antes habían pasado por alto. Las casas estaban ahí, iguales, cerradas, silenciosas. Las ventanas no mostraban movimiento. Y los ancianos… estaban en todas partes. Sentados, de pie, mirando. Sonriendo.

Siempre sonriendo.

Pero no hablaban entre ellos. No interactuaban realmente. No se comportaban como personas que viven juntas en un mismo lugar. Era como si cada uno existiera por separado, cumpliendo un papel que no terminaba de sentirse humano.

Santiago evitó sostenerles la mirada por mucho tiempo. Porque ahora sabía que si lo hacía, su mente podía empezar a completar cosas que no quería ver.

Llegaron a la tienda. La mujer estaba ahí, como siempre. Sonrió al verlos, de la misma manera que lo había hecho el primer día.

—Buenos días.

Todo normal.

Demasiado normal.

Lili la observó con más atención esta vez. Había algo en ella que no lograba definir. No era como los ancianos, eso estaba claro. Sus movimientos eran naturales, su voz tenía variaciones, su presencia era… viva. Pero aun así, no encajaba del todo. Era como una pieza correcta en un lugar incorrecto.

—¿Siempre ha sido así el pueblo? —preguntó Andrés, intentando mantener un tono casual.

La mujer no dudó.

—Sí.

Demasiado rápido.

—¿No hay más gente?

—La gente va y viene.

La misma frase. Exactamente igual a como la había dicho antes.

Santiago sintió un nudo en el estómago. No era lo que decía. Era cómo lo decía. Como si no fuera una respuesta pensada, sino una repetición.

Entonces la puerta se abrió.

Ninguno escuchó pasos.

Ninguno lo vio entrar.

Pero ahí estaba.

El hombre.

El que les vendió la casa.

—Qué bueno verlos —dijo, con esa sonrisa tranquila que no lograba ser completamente normal.

Santiago sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo en él. Algo que no encajaba, pero que no podía señalar directamente.

—¿Todo bien en sus casas? —preguntó.

Andrés respondió por inercia.

—Sí.

Mentira.

El hombre asintió lentamente, como si no necesitara confirmación.

—Me alegra.

Miró a cada uno por separado. No de forma rápida, sino con una atención que incomodaba.

—Este pueblo es perfecto para empezar de nuevo —añadió.

La frase sonó ensayada. Repetida. Como si la hubiera dicho muchas veces antes.

—No hay mucha gente… —murmuró Lili, casi sin pensarlo.

El hombre la miró directamente.

—Llegarán más.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado inmediata.

Santiago sintió que algo no encajaba en esa lógica. El pueblo estaba vacío. Eso era evidente. Entonces… ¿por qué seguir trayendo gente?

—¿Desde hace cuánto trabaja aquí? —preguntó Andrés.

El hombre tardó en responder esta vez.

Un segundo.

Dos.

—Desde hace tiempo.

No dio más detalles.

No hizo falta.

Porque la respuesta no significaba nada.

Santiago lo observó con más atención. Por un instante, una idea cruzó su mente.

¿Y si no es el mismo?

La descartó al segundo siguiente. No tenía sentido. Pero tampoco tenía sentido nada de lo que estaba pasando.

El hombre dio un pequeño paso hacia atrás.

—Si necesitan algo… ya saben dónde encontrarme.

Y entonces…

se fue.

O eso pareció.

Porque ninguno vio el momento exacto en el que cruzó la puerta.

Solo dejaron de verlo.

El silencio que quedó fue más pesado que antes.

Nadie habló de inmediato.

Nadie sabía exactamente qué decir.

Pero todos estaban pensando lo mismo.

—Ese tipo… —murmuró Andrés.

—No es normal —terminó Lili.

Santiago no dijo nada.

Pero en su mente, la idea ya estaba completamente formada.

Tal vez no era solo un vendedor.

Tal vez no estaba ahí para ayudar.

Tal vez…

era quien los había traído.

Y si eso era cierto…

entonces el pueblo no estaba vacío por casualidad.

Entonces los ancianos…

no estaban ahí por coincidencia.

Entonces la mujer de la tienda…

no era solo una excepción.

Y entonces, todo lo que habían creído al llegar…

había sido una ilusión cuidadosamente construida.

Y alguien…

se estaba asegurando de mantenerla así.

1
Rimuro Oquendo
nueva obra es de suspenso ☺️
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