Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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ARCADAS
(NOTA: ESTE CAPÍTULO CONTIENE UNA ESCENA QUE PUEDEN SER DURA PARA CIERTO TIPO DE ESPECTADORES)
Carolina abrió los ojos de golpe.
Tardó varios segundos en entender dónde estaba. La cabeza le daba vueltas y sentía una resaca fuerte, de esas que le nublaban la vista y le dejaban la boca pastosa.
Una luz muy tenue de la ciudad entraba por las cortinas entreabiertas de una habitación que definitivamente no era la suya y por la ventana se veía que era ya de noche.
Estaba acostada en una cama grande, con sábanas suaves y caras. Vestía una bata cómoda que no era de ella.
Del otro lado de la cama, de espaldas a ella, había un chico de cabello negro, completamente vestido con excepción de la camisa y el calzado. Dormía profundamente.
El pánico la golpeó como una ola fría.
Se incorporó rápido, mareada, y se cubrió como pudo con la sábana, apretándola contra su pecho. Su corazón latía desbocado. Con pasos torpes y temblorosos se acercó a la puerta, intentando no hacer ruido.
“¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?” repetía en su mente una y otra vez, con su voz interior convertida en un grito silencioso de terror.
“Recuerdo que el chico amable me invitó a salir… fuimos a los tacos… y de repente estoy en bata en una habitación de hotel.”
Su mente corría a mil por hora. “Esto está mal, mal, mal.
“¿Me puso algo en la bebida? Claro, esa amabilidad era solo una fachada… no puede ser.” comenzaron a darle temblores en las manos
“¿Qué me hizo? Era un… era un…”
Comenzó a temblar con más fuerza y un regusto ácido le subió por la garganta.
Le dieron arcadas
Comenzó a vomitar.
Se quedó unos segundos que se sintieron demasiado largos en el piso, el miedo le erizaba la piel.
En cuanto se recuperó quiso huir, y estaba a punto de girar la manija de la puerta cuando ésta se abrió desde afuera.
Entró Sofía, con cara de preocupación y cargando una botella de agua y un frasco de pastillas.
Carolina la abrazó.
—Sofi, Sofi, Sofi— Su voz mostraba mucho dolor.
—Caro… tranquila —susurró Sofía al verla pálida y envuelta en la sábana—. Soy yo. Respira.
Carolina retrocedió un paso, todavía con los ojos llenos de pánico y lágrimas cayendo sobre sus mejillas.
Su voz salió bajita y temblorosa, casi como un cuento de hadas que se había vuelto pesadilla:
—Sofi… ¿qué… qué hice? ¿Dónde estoy? Ese chico… Alejandro… ¿me hizo algo? Yo… yo no recuerdo nada después de que me invitó a cenar…
Sofía cerró la puerta con cuidado detrás de ella y dejó la botella de agua sobre la cómoda. Se acercó despacio, con expresión suave pero seria.
—Ay, amiga… siéntate un momento. Yo estuve todo el tiempo contigo. No pasó lo que estás pensando. Te juro que no.
Carolina seguía temblando, apretando la sábana contra su cuerpo con fuerza, el cabello revuelto cayéndole por la cara y los hombros.
—¿Entonces qué pasó? —preguntó con esa voz quebradiza.
Sofía suspiró, sentándose en el borde de la cama y mirando hacia el chico que seguía dormido.
—Te lo voy a contar todo… pero primero bebe un poco de agua y respira, las cosas se salieron un poco de control anoche.
Sofía se acercó un poco más y habló con voz calmada y suave, tratando de calmar el pánico que aún se reflejaba en la mirada de Carolina:
—¿Ya viste quién está en la cama? Míralo bien… Es mi hermano Jules, que trabaja en este hotel.
Carolina parpadeó confundida y volteó lentamente hacia la cama. El chico de cabello negro, dormido de espaldas y sin camisa, se removió un poco pero siguió profundamente dormido.
Ahora que lo miraba con más atención, sí… era Jules. El hermano mellizo de Sofía y como Carolina estaba desubicada no lo reconoció de inmediato.
Un suspiro enorme y tembloroso escapó de los labios de Carolina. Toda la tensión acumulada se derrumbó de golpe.
Se desplomó de rodillas al piso, todavía envuelta en la sábana, con el cabello cayéndole desordenado sobre la cara y los hombros. Las lágrimas que había estado conteniendo rodaron por sus mejillas blancas.
—Jules ya había doblado un par de turnos extras y cayó dormido un poco después de que te acostamos a dormir —explicó Sofía con tranquilidad—. Y no puede dormir con camisa… ya sabes cómo es.
Carolina levantó la mirada, todavía con la respiración entrecortada y la voz quebrada, casi llorando:
—Sofi, te juro que pensé que… que él… que yo, pensé que era Alejandro.
—No, no, no —la interrumpió Sofía suavemente, arrodillándose frente a ella y tomándole las manos—. Alejandro fue súper amable y no se te acercó más de lo necesario.
Carolina sollozó bajito, su voz sonaba rota por el alivio y la vergüenza.
Sofía continuó, hablando despacio para que su amiga pudiera procesar todo:
—Después de que Alejandro te invitó a cenar tacos, Miguel, su socio, el rubio, se dio cuenta de que la situación era difícil para ti y propuso que nos invitaran a las dos a cenar para festejar el cierre del trato.
Sofía paró un poco para tomar aire y dejar que Carolina procesara la información.
—Fuimos a ese lugar de tacos que te gusta, pero empezamos a tomar tequila. Tú tomaste un poco de más y soltaste la boca.
Carolina suspiró profundo, como si estuviera decepcionada de ella misma, sabía que eso era completamente posible.
Sofía continuó narrando lo ocurrido:
—Hablaste de cómo la gente y los hombres te habían tratado mal toda tu vida, de lo superficiales que son, de lo difícil que es estar con sobrepeso… dijiste cosas fuertes… Estabas nerviosa y abrumada. Tomaste hasta que ya no podías mantenerte de pie.
Carolina cerró los ojos, empezando a recordar fragmentos borrosos.
—Cuando vimos que estabas muy borracha —siguió Sofía—, decidí llevarte al hotel más cercano, que justo es donde trabaja Jules. Él nos ayudó a subirte al cuarto. Yo solo te quité la blusa y la cambié por esta bata porque estabas sudando, llena de vómito y te sentías incómoda… es lo único que tenía a mano. —hizo una pausa y dijo apenada — Jules se quedó para cuidarte, ya sabes que te quiere como si fueras su hermana.
Carolina se quedó callada un momento, procesando. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora eran más de alivio que de miedo.
—Ya… voy recordando —murmuró con voz temblorosa—. Pobre Alejandro… debió quedar asustado después de lo que dije. Hablé demasiado… dije cosas horribles.
—Ay, amiga… —Sofía suspiró y la abrazó con cariño, frotándole la espalda—. No fue tan grave como crees. Estabas dolida y borracha, eso es todo. Alejandro no se veía asustado… más bien preocupado. Se quedó callado casi todo el rato, pero no se fue. Incluso ayudó a cargarte cuando ya no podías caminar.
Carolina se quedó sentada en el piso, todavía envuelta en la sábana, con la cabeza apoyada en el hombro de Sofía. Su cabello cubría parte de su rostro enrojecido.
—Qué vergüenza tan grande… —susurró con esa voz linda y suave, casi como si estuviera narrando un cuento triste—. Pensé lo peor de él y en realidad todos me estaban cuidando. Soy un desastre; siempre hago esto, siempre lo arruino todo.
Sofía sonrió con ternura y le acarició el cabello.
—No eres un desastre. Solo eres tú… con todo lo que cargas. Ahora respira. Jules va a seguir durmiendo un rato más. ¿Quieres que te traiga algo de comer o un té? Tienes que hidratarte.
Carolina asintió débilmente, todavía mareada por la resaca, pero con el corazón un poco más tranquilo.
Sin embargo, en el fondo de su mente, la imagen de la sonrisa amable de Alejandro y su invitación directa no dejaba de repetirse. Ahora, además de la vergüenza, había una nueva capa de culpa y curiosidad.