En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 8
La mañana posterior al regreso de Alexander se sintió como un despertar en un campo minado. El aire de la habitación todavía conservaba esa humedad eléctrica de la tormenta, mezclada con el aroma de su desesperación y el whisky. Me incorporé en la cama, sintiendo el roce de las sábanas de seda contra mi piel desnuda, un recordatorio táctil de que la barrera que nos separaba se había vuelto peligrosamente delgada. Él no estaba a mi lado; nunca se quedaba hasta que el sol delatara su falta de control. Pero su presencia estaba en todas partes: en la bata que alguien había doblado cuidadosamente a los pies de la cama, en el silencio sepulcral de la mansión que ahora se sentía más como una espera que como un vacío.
Me levanté con cuidado, dejando que mis pies descalzos encontraran la textura familiar de la alfombra. Mi cuerpo se sentía diferente, más despierto, como si cada terminación nerviosa hubiera sido reconfigurada por sus manos la noche anterior. El recuerdo de su boca contra mi cuello, de su respiración agitada rompiendo su fachada de hielo, me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío matutino.
Al salir al pasillo, el sonido de su voz llegó hasta mí desde el despacho. No era la voz cansada del viajero, sino la del verdugo.
—No me importa cuánto cueste. Quiero a Julian fuera de ese consejo para el viernes. Si vuelve a acercarse a mi propiedad, quiero que las consecuencias sean legales y financieras. Y asegúrense de que Hudson entienda que su lealtad es para con esta casa, no para con sus prejuicios.
Me detuve, apoyando la mano en la madera fría de la barandilla. Alexander estaba limpiando el camino. La protección obsesiva de la que tanto hablaba ya no era solo una frase; era una maquinaria en movimiento. Escuché el golpe seco del teléfono contra el escritorio y luego el silencio, ese silencio que él cargaba como una capa.
Caminé hacia el comedor, pero antes de llegar, sentí que alguien se interponía en mi camino. El olor a lavanda y el almidón rígido de un uniforme me indicaron que era la señora Hudson.
—Señora Thorne —su voz sonó diferente, carente de la altivez que solía usar. Había un matiz de miedo, o quizás de una nueva y forzada sumisión—. El señor ha pedido que desayune con él en la terraza. El tiempo ha despejado.
—Gracias, Hudson —respondí, pasando por su lado con la cabeza en alto.
La terraza olía a tierra mojada, a rocío y al café recién molido. El aire fresco me golpeó la cara, un alivio después de la opresión del interior. Escuché el tintineo de una cuchara contra la porcelana y el crujido de un periódico. Alexander estaba allí.
—Te tomaste tu tiempo —dijo él, sin levantar la voz. Su tono era neutro, pero la vibración que siempre sentía cuando estaba cerca de él me decía que me estaba observando intensamente.
—La oscuridad no tiene prisa, Alexander —respondí, guiándome por el sonido hasta la silla frente a él.
Sentí su mano atrapar mi codo justo antes de que me sentara, guiándome con una firmeza que ya no se sentía como una imposición, sino como un anclaje. Sus dedos rozaron mi piel, y por un segundo, el tiempo se detuvo. Fue un contacto breve, pero cargado de la memoria de lo que había sucedido entre nosotros horas antes.
—He cancelado tus salidas de esta semana —dijo, soltando mi brazo mientras yo me acomodaba—. Julian no se dará por vencido fácilmente y no quiero que seas un blanco móvil.
—¿Y hasta cuándo piensas tenerme encerrada? —pregunté, sintiendo la irritación subir por mi garganta—. No soy uno de tus activos que puedas guardar en una caja fuerte hasta que el mercado se estabilice.
—En este momento, eres el activo más valioso que tengo —respondió, y el sonido de su silla al arrastrarse me indicó que se estaba inclinando hacia delante—. Y también el más vulnerable. Mi abuelo no solo me dejó una empresa, Elina. Me dejó una diana en la espalda, y al casarme contigo, la mitad de esa diana te pertenece a ti.
Su cercanía era abrumadora. Podía oler el jabón de afeitar, el tabaco persistente y ese calor humano que él intentaba negar. Estiró la mano y, por primera vez a plena luz del día, acarició mi mejilla con el dorso de sus dedos. Fue un gesto casi tierno, si no fuera por la intensidad posesiva que lo acompañaba.
—No dejaré que te toquen —susurró, y su voz rozó mi oído como una caricia prohibida—. Pero a cambio, necesito que seas obediente. Solo por un tiempo.
—La obediencia no es una de mis virtudes, Alexander. Ya deberías haberlo aprendido.
Él soltó una risa amarga y se apartó. El desayuno continuó en un silencio tenso pero extrañamente íntimo. Él me servía el café, cortaba la fruta para mí y ponía los cubiertos en mi mano con una precisión que hablaba de una observación meticulosa. Sabía exactamente dónde terminaba mi alcance y empezaba mi incertidumbre. Estaba aprendiendo a ser mis ojos, pero a un precio que yo no estaba segura de querer pagar: mi autonomía.
Después del desayuno, él se encerró de nuevo en su despacho. Pasé la tarde en el invernadero, tratando de procesar el cambio en nuestra dinámica. Ya no era la esposa que él no quería; era la esposa que él necesitaba controlar para no perder la cordura. La sensualidad que había estallado la noche anterior seguía allí, latente bajo la superficie de cada palabra cortante y cada gesto de protección.
Al caer la tarde, el aire se volvió pesado de nuevo. Decidí que no me quedaría en mi habitación esperando su permiso para existir. Fui hacia su despacho. No llamé a la puerta; simplemente entré, guiada por el aroma a madera de roble y el sonido rítmico de las teclas de su ordenador.
El ruido cesó de inmediato.
—No te di permiso para entrar —dijo él, aunque no sonaba enfadado, sino más bien exhausto.
—No necesito permiso para entrar en una habitación de mi casa —respondí, caminando hacia donde recordaba que estaba su escritorio—. Me aburro, Alexander. Y el silencio de esta casa empieza a gritarme cosas que no quiero oír.
Escuché cómo se levantaba. Sus pasos fueron rápidos, decididos. Antes de que pudiera reaccionar, estaba frente a mí. Me tomó de los hombros, su agarre firme y caliente a través de la tela de mi vestido.
—¿Y qué te grita ese silencio? —preguntó, su voz cargada de una tensión que me hizo temblar.
—Me grita que me deseas —dije, con una audacia que me sorprendió a mí misma—. Me grita que te mueres de miedo por lo que sientes cuando me tocas. Me grita que preferirías que yo fuera una carga de verdad para poder odiarme con facilidad, pero que no puedes evitar buscar mi luz en tu propia oscuridad.
Alexander soltó un gruñido bajo y me atrajo hacia él con una violencia contenida. Sus labios buscaron mi cuello, marcando mi piel con una urgencia que me dejó sin aliento. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra su cuerpo, recordándome la fuerza de su deseo.
—Cállate —susurró contra mi piel—. Solo cállate y déjame recordarte a quién perteneces.
Me levantó y me sentó sobre su escritorio de madera, apartando papeles y carpetas con un movimiento brusco que resonó en la habitación. Mis piernas rodearon su cintura por instinto, buscando el calor de su cuerpo. El contacto de su traje contra mis muslos, el aroma de su piel inundando mis sentidos, la forma en que sus manos buscaban mi piel bajo el vestido... todo era una explosión sensorial que borraba la oscuridad.
En ese momento, la oficina de Alexander Thorne dejó de ser un lugar de negocios para convertirse en nuestro santuario de sombras. El contraste entre su control habitual y la ferocidad de su tacto era una droga de la que no podía desengancharme. Él me besaba como si estuviera tratando de devorarme, como si a través de ese contacto pudiera poseer no solo mi cuerpo, sino mi voluntad.
—Eres mía —gemía él entre besos, su voz rompiéndose—. No importa el contrato, no importa el abuelo. Eres mía, Elina.
—Y tú eres mío, Alexander —respondí, hundiéndome en el placer de su cercanía—. Aunque te duela admitirlo, eres mío.
La tarde se desvaneció en una penumbra dorada que yo solo podía imaginar por el calor decreciente en las ventanas. Nos quedamos allí, envueltos el uno en el otro, en un silencio que ya no gritaba, sino que suspiraba. Alexander me sostenía como si fuera lo más precioso y frágil que jamás hubiera poseído, su barbilla apoyada en mi hombro, su respiración volviendo lentamente a la normalidad.
—Tengo que terminar unos informes —dijo finalmente, aunque no me soltó—. Pero no te vayas. Quédate aquí.
—¿Me estás pidiendo compañía, Alexander Thorne?
—Te estoy ordenando que no me dejes solo con mis pensamientos —respondió, y sentí que depositaba un beso suave en mi sien.
Me quedé. Me senté en uno de los grandes sillones de cuero de su despacho mientras él volvía al trabajo. El sonido de su escritura y el pasar de las páginas se convirtieron en mi banda sonora. Era una paz extraña, una domesticidad nacida del caos y la pasión. Por primera vez, sentí que la mansión Thorne no era una cárcel, sino un hogar que estábamos construyendo entre las sombras.
Sin embargo, esa paz fue efímera. Alrededor de las ocho, sonó el interfono de la entrada. Alexander respondió, y su expresión, por lo que pude deducir de su tono, cambió al instante.
—¿Quién es? —pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad en el estómago.
—Vanessa —respondió él, su voz volviendo a ser de hielo—. Dice que tiene algo que debo ver. Algo sobre tu accidente, Elina.
El corazón me dio un vuelco. Mi accidente... el evento que me había dejado en este mundo de sombras. Alexander caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y volvió hacia mí. Me tomó de las manos, sus dedos apretando los míos con una fuerza inusual.
—No salgas de aquí —ordenó—. No importa lo que oigas. Vanessa solo busca sembrar la duda. No dejes que entre en tu cabeza.
Lo escuché salir y cerrar la puerta con llave desde fuera. El clic del cerrojo sonó como una sentencia. Estaba encerrada de nuevo, pero esta vez, el enemigo no estaba fuera de los muros, sino en los secretos que Vanessa estaba a punto de desenterrar. El silencio del despacho se volvió opresivo, cargado de una premonición que me erizaba el vello. Elina Colón, la esposa ciega, estaba a punto de descubrir que la oscuridad más profunda no era la de sus ojos, sino la que ocultaban las personas que decía amar.