En un mundo donde los dragones eligen a sus jinetes y los reinos se sostienen sobre alianzas forzadas. El amor es un lujo que nadie puede permitirse en tiempos de guerra. Elian Kovács siempre supo que su destino no le pertenecía al nacer enfermizo. Principe Omega del reino nórdico, y pieza clave en la guerra que se aproxima, su vida queda sellada cuando es prometido en matrimonio al heredero del poderoso Dominium Sárkányvér, un alfa al que jamás ha visto… y al que está destinado a obedecer como su futura esposa. Pelear en contra del clan del desierto. Pero ambos antes de rendirse al deber cometen un error. Lo que debía ser un escape sin consecuencias… Se convierte en un secreto imposible de ocultar. Porque semanas después, Elian descubre que lleva dentro algo más que culpa. Lleva un hijo concebido fuera del pacto. Una verdad que, de salir a la luz, podría significar la caída de su clan o su exterminio. Porque en un mundo donde el deber lo es todo. El amor puede ser la guerra más letal.
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Un beso embriagador.
Dávid apenas alcanzó a respirar cuando sus labios tocaron los del omega.
Y todo dentro de él se salió de control.
Sintió calor.
Instinto.
Era suave.
Malditamente suave.
Aún duda como aquella noche.
No sabe con certeza si tiene el mismo sabor.
Pero si tiene la misma forma de temblar.
Está casi seguro que tiene misma sensación adictiva que había perseguido durante semanas enteras en sueños.
El beso debía ser breve.
Formal.
Elegante frente a los nobles.
Pero apenas Elian abrió ligeramente los labios al respirar… algo salvaje despertó dentro del alfa y profundizó más el beso.
— Si no es él es muy parecido— piensa el alfa deleitandose en su boca.
—“Esta loco ¿Es un beso o una exploración en una mina en mi boca?"— piensa el Omega asustado y avergonzado.
—Debo confirmarlo...un poco más — piensa Dàvid y lo sigue besando.
El pensamiento golpeó su cabeza como un trueno.
Sus manos se tensaron inmediatamente alrededor de la cintura del omega. Y lo besó más fuerte. Más profundo. Más posesivo. Como si quisiera arrancarle la verdad directamente de la boca. Cómo si con esa acción el Omega cantaría como un loro.
Ambos escucharon murmullos alrededor.
Pero al alfa no le importó.
Porque ahora estaba completamente seguro.
Ese omega.
Su omega.
Era el mismo a menos que tuviera un gemelo.
Elian soltó un pequeño gemido ahogado por la sorpresa.
Y ese sonido… terminó de destruir la poca cordura que le quedaba a Dávid.
Lo conocía.
Los dioses… conocía ese sonido.
El beso se volvió brusco.
Instintivo.
Tan intenso que los colmillos se asomaron en la boca del alfa y terminaron cortando ligeramente el labio inferior del omega.
El sabor metálico apareció inmediatamente.
Sangre.
Dávid sintió el cuerpo entero estremecerse.
Y lo peor… fue que al omega no pareció importarle.
Al contrario.
Elian soltó otro pequeño sonido tembloroso contra su boca.
Un gemido suave que casi hace que el alfa pierda completamente la cabeza frente a toda la nobleza.
Entonces finalmente reaccionó.
Se apartó apenas.
Respirando agitado.
Sus ojos dorados quedaron fijos en aquella pequeña hilera roja deslizándose por el labio del omega.
Sin pensar… levantó la mano.
Y limpió lentamente la sangre con el pulgar.
No se disculpó.
Ni siquiera se dio cuenta de que debía hacerlo.
Porque una parte territorial y salvaje dentro de él…
disfrutaba demasiado ver su marca ahí.
Elian parpadeó sorprendido.
Claramente esperando alguna disculpa.
Pero Dávid solo lo observó en silencio.
Demasiado intenso.
Demasiado cerca.
El omega terminó apartando ligeramente la mirada.
Ignorándolo.
Aunque las puntas de sus orejas estaban completamente rojas.
Entonces… un rugido estremeció toda la capilla.
Nieve.
El enorme dragón blanco abrió las alas sobre el campanario claramente molesto.
El sonido hizo temblar varios vitrales.
Algunos nobles palidecieron.
—Por los dioses… Aun no llegan a esa parte y ya está ansioso ese alfa.
—El dragón está furioso… Es celoso con su jinete.
Elian cerró los ojos un segundo avergonzado.
—Tranquilo…—murmuró apenas por lo bajo.
Dávid levantó lentamente la vista hacia la criatura.
Y por alguna razón… el dragón lo estaba mirando como si quisiera arrancarle la cabeza.
El alfa casi sonrió.
—“Sí… definitivamente debe ser él.” ¿Pero a dónde dejó su dragón que no lo vio esa noche? ¿Lo escondió en algún rincón del establo de dragones?— piensa.
El sacerdote carraspeó nerviosamente intentando continuar la ceremonia.
—Ejem… procedamos con el juramento final. No se me adelanten...
Dávid volvió a erguirse inmediatamente.
Imponente.
Orgulloso.
Como si no acabara de besar a su esposo frente a medio reino de una forma completamente impropia.
Colocó una mano sobre el antiguo libro ceremonial del reino.
Las runas doradas brillaron apenas bajo sus dedos.
Y declaró con voz firme:
—Yo, Dávid Farkas, prometo amar, proteger y cuidar a este omega… o que me parta un rayo.
Los nobles soltaron pequeñas risas aprobatorias.
Era una antigua frase tradicional húngara.
Entonces Elian dio un pequeño paso más cerca.
Y murmuró tan bajo que solamente Dávid pudo escucharlo:
—…O te trague mi dragón enterecito.