En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 8: LAS PRIMERAS GOTAS
Alessandra pasó los días siguientes en un estado que no sabía cómo nombrar.
No era calma. La calma era algo que había conocido bien durante años: esa superficie plana, ese espejo sin ondas, esa ausencia que había confundido con paz. Esto era diferente. Esto era como estar de pie en la orilla de un lago que de repente había comenzado a moverse, con ondas que venían de algún lugar profundo, que tocaban la orilla y luego se retiraban, dejándola preguntándose qué vendría después.
Las sombras ya no se escondían.
Se movían a su alrededor con una libertad que al principio la inquietó, luego la intrigó, luego la consoló. Eran parte de ella. Como los brazos, como las piernas, como el corazón que ahora latía de una manera que no recordaba.
El corazón.
Era lo que más notaba. No es que antes no latiera, claro. Había latido siempre, cumpliendo su función biológica con la eficiencia de todo en su cuerpo. Pero ahora Alessandra lo sentía. Cada latido tenía un peso, una textura, un eco que se expandía por su pecho y llegaba hasta sus manos, hasta sus dedos, hasta ese lugar vacío que empezaba a llenarse.
Se tocaba las muñecas a veces, sintiendo el pulso, sorprendida de que algo tan automático pudiera sentirse tan nuevo.
El segundo día después de lo que ya llamaba en su mente “la noche del roble”, bajó al jardín antes del amanecer. Las sombras iban delante de ella como guías, moviéndose entre los arbustos, tocando las flores que aún no abrían. El aire olía a tierra mojada y a algo dulce, algo que antes no habría notado.
Se sentó en un banco de piedra junto al lago. El agua estaba quieta, reflejando el cielo que empezaba a aclararse. Y en el reflejo, por un momento, vio algo que no era su rostro.
Se incorporó, con el corazón latiendo más rápido.
—¿Estás bien?
La voz llegó desde atrás. No se sobresaltó. Ya no. Aeron caminaba hacia ella con pasos lentos, las manos en los bolsillos, el cabello oscuro aún desordenado por el sueño. Llevaba la misma ropa de siempre, como si no tuviera prisa por aparentar algo que no era.
—Estoy bien —respondió, y esta vez no fue mentira.
Aeron se sentó a su lado en el banco. No demasiado cerca. Dejó un espacio que Alessandra notó, que apreció, que no supo si quería cerrar.
—No duermes —dijo él.
—Tú tampoco.
—No necesito dormir mucho. Tú sí.
—No puedo. Desde que… —Hizo una pausa, buscando las palabras—. Desde que el sello se debilitó, todo es más intenso. Los sonidos, las luces, las sombras. Y mi corazón. No deja de latir.
Aeron no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era suave.
—Tu corazón estuvo dormido mucho tiempo. Ahora está despertando. Duele.
—No es dolor. Es… —Buscó la palabra—. Es presencia.
—Sí. Eso es sentir.
Alessandra lo miró. En la luz gris del amanecer, sus ojos dorados parecían más suaves. Menos intensos. Más humanos.
—¿Tú sientes así siempre? ¿Tan intenso?
Aeron se quedó en silencio por un momento. Cuando respondió, su voz era diferente. Más honesta.
—No. Aprendí a controlarlo. A lo largo de los años. Pero cuando te vi, todo eso se rompió. Como si doscientos años de control hubieran sido solo una espera.
—¿Y no te duele?
—Sí. Pero también es lo único que me ha hecho sentir vivo en mucho tiempo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Alessandra las sostuvo un momento, sintiendo su peso, su verdad.
—No sé si voy a poder ser lo que necesitas —dijo finalmente.
—No necesito que seas nada. Solo necesito que seas.
El tercer día, Clarissa la llevó a caminar por el bosque.
—Necesitas moverte —dijo, con esa autoridad que solo las hermanas menores pueden tener con las mayores—. Llevas tres días encerrada en la habitación de la abuela.
—No es una habitación. Es una biblioteca.
—Es un cuarto lleno de papeles viejos. Y tú eres una adicta a los papeles viejos. Te conozco.
Alessandra no pudo discutir. Era verdad. Había pasado horas leyendo el diario de su abuela, saltando de un año a otro, buscando respuestas que no sabía cómo formular. Había encontrado fragmentos, piezas sueltas, ecos de una vida que no conocía.
“La primogénita de la primogénita romperá la maldición”, escribió la abuela Elena en una página amarillenta. “Pero antes deberá sobrevivir. Y para eso, yo ya no estaré.”
Había cerrado el libro con las manos temblando.
Ahora caminaban por un sendero que bordeaba el lago, con los árboles cerrando sobre ellas como un techo vivo. Las sombras de Alessandra se adelantaban, explorando, reconociendo.
—¿Cómo estás? —preguntó Clarissa después de un rato.
—No lo sé.
—Eso está bien.
—¿Está bien no saber?
—Es el principio de saber. Cuando crees que sabes todo, no aprendes nada. Cuando sabes que no sabes, empiezas a buscar.
Alessandra miró a su hermana. A veces olvidaba que Clarissa era más sabia de lo que aparentaba. Que su dulzura no era debilidad. Que su calma no era ignorancia.
—¿Tú cuándo supiste? —preguntó—. ¿De nosotras? ¿De lo que somos?
Clarissa sonrió. Era una sonrisa que Alessandra conocía bien: la sonrisa de quien guarda un secreto que ya no duele.
—Siempre lo supe. No sé cómo explicarlo. Como si hubiera nacido sabiendo que había algo más. La abuela nos visitó una vez, cuando yo tenía cinco años. Mamá no quería, pero ella vino igual. Me tomó de las manos y dijo: ‘Tú lo sabes, ¿verdad?’. Y yo asentí. No entendía qué era lo que sabía. Pero lo sabía.
—¿Y Fiorella?
—Fiorella tardó más. Su magia es diferente. Más lenta. Como si no quisiera despertar del todo. Pero desde que estamos aquí, algo ha cambiado. Ayer la vi hacer flotar una taza sin tocarla.
Alessandra se detuvo. Recordó a Fiorella en la cocina, con las manos en los bolsillos, y la taza de café que de repente se movió sola. Había pensado que era su imaginación.
—¿Está despertando?
—Creo que sí. Todas estamos despertando.
El sol se filtró entre los árboles, dibujando manchas doradas en el sendero. Alessandra sintió el calor en la piel, y esta vez no fue solo físico.
—¿Y tú? —preguntó Clarissa—. ¿Cómo te sientes?
—Confundida. Como si hubiera pasado toda la vida viendo en blanco y negro y de repente alguien hubiera encendido los colores. Todo es demasiado. Las luces, los sonidos, las sombras. Y mi corazón. No deja de latir.
—Eso es bueno.
—Duele.
—Sí. Duele. Pero es real.
Caminaron en silencio un rato. Llegaron a un claro donde el sol caía sin filtro, iluminando un círculo de hierba verde y flores silvestres.
—¿Crees que voy a lograrlo? —preguntó Alessandra—. ¿Crees que voy a aprender a sentir antes de que sea tarde?
Clarissa la miró. En sus ojos avellana había una certeza que Alessandra envidiaba.
—Ya lo estás haciendo. Cada día sientes un poco más. Cada día te permites un poco más. El sello no se rompe de golpe. Se rompe en pedazos. Cada vez que eliges sentir en lugar de cerrarte, se rompe un poco.
—¿Y si no me da tiempo?
—Te va a dar. Porque no vas a parar. Porque por primera vez en tu vida, quieres.
El cuarto día, Alessandra encontró a Aeron en la biblioteca.
No era la biblioteca grande de la casa principal, sino una pequeña que habían convertido en estudio, con estantes que llegaban al techo y una mesa de madera cubierta de papeles. Él estaba sentado frente a la ventana, con un libro abierto entre las manos, pero no estaba leyendo. Miraba hacia afuera, hacia el lago que brillaba bajo el sol de la tarde.
—¿Molesto? —preguntó desde la puerta.
Aeron levantó la vista. Por un momento, algo pasó por su rostro. Algo que no era sorpresa, pero se le parecía.
—No. Pasa.
Se sentó en la silla frente a él. Las sombras se acomodaron a sus pies, quietas, como si también quisieran escuchar.
—Clarissa me dijo que esto era de nuestra abuela —dijo, señalando la habitación.
—Sí. Antes de irse, pasaba aquí mucho tiempo. Escribía, leía, preparaba sus cosas.
—¿La conociste?
—Sí. Hace muchos años. Vino a pedir ayuda. Estaba asustada. Sabía que algo venía, pero no sabía qué. Quería proteger a su hija, a sus nietas.
—¿Y tú qué hiciste?
Aeron cerró el libro. Lo dejó sobre la mesa con cuidado, como si fuera algo frágil.
—Le dije que no podía hacer nada. Que la profecía tenía que cumplirse. Que su nieta mayor rompería la maldición, pero que para eso tenía que estar viva. Que el sello la mantendría a salvo, pero que también la mantendría vacía.
—¿Y ella aceptó?
—No. Lloró. Gritó. Me dijo que era un monstruo por dejar que una niña pagara el precio. Luego se fue. No la volví a ver.
Alessandra sintió algo en el pecho. No era tristeza. No era rabia. Era algo que no sabía nombrar, pero que la hacía querer llorar.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Porque tienes derecho a saber. Porque tu abuela no era mala. Solo tenía miedo. Como tú. Como yo.
—¿Tú tienes miedo?
Aeron la miró. En sus ojos dorados había algo que no había visto antes. Vulnerabilidad.
—Todos los días. Desde que llegaste. Miedo de que no logres romper el sello. Miedo de que lo logres y me rechaces. Miedo de que doscientos años de espera hayan sido en vano.
—¿Y aun así te quedas?
—Aun así me quedo.
Alessandra sintió que algo se movía dentro de ella. Algo que no era el sello rompiéndose. Era algo más profundo. Algo que llevaba tanto tiempo dormido que casi había olvidado que existía.
—No sé si voy a poder quererte —dijo, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. No sé si voy a poder sentir lo que sientes tú. Pero quiero intentarlo.
Los ojos de Aeron brillaron. No era el brillo dorado de siempre. Era algo más suave. Más humano.
—Eso es suficiente. Por ahora, es suficiente.
Esa noche, Alessandra no pudo dormir.
Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. La luna estaba casi llena, redonda y blanca, reflejándose en el lago con una intensidad que la hipnotizaba. Las sombras se movían a su alrededor, inquietas, como si también sintieran algo.
Salió al jardín sin hacer ruido. El aire estaba frío, pero no lo suficiente para hacerla volver. Caminó hasta el roble junto al lago, el mismo donde todo había empezado. El tronco era ancho, las ramas se extendían como brazos, y en la base, las raíces formaban ese círculo que ahora reconocía como algo más que un accidente de la naturaleza.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la corteza. Las sombras se arremolinaron a su alrededor, pero no la inquietaban. La protegían.
—No sabía que vendrías —dijo una voz a su lado.
No se sobresaltó. Aeron se sentó a su lado, dejando el mismo espacio de siempre, la misma distancia que ella no sabía si quería cerrar.
—Tampoco yo —respondió—. Pero no podía dormir. Algo me trajo aquí.
—Es el árbol. Es viejo. Más viejo que yo. Estuvo aquí antes de que los lobos llegaran al valle. Antes de que las brujas pusieran sus sellos. Ha visto muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Nacimientos. Muertes. Amores. Traiciones. Todo lo que ha pasado en este valle, él lo ha visto.
Alessandra pasó la mano por la corteza. Era áspera, vieja, pero bajo sus dedos sintió algo que no esperaba. Calor. Una vibración suave, como un latido.
—Está vivo —dijo, sorprendida.
—Más vivo que muchos.
Se quedaron en silencio un rato. La luna subió en el cielo, y el lago se volvió una mancha plateada en la oscuridad. Las sombras de Alessandra se extendieron, mezclándose con las del árbol, con las de Aeron, como si todas fueran parte de lo mismo.
—¿Crees en el destino? —preguntó ella de repente.
Aeron tardó en responder.
—No lo sé. Durante doscientos años creí que sí. Que había alguien allá arriba que me había destinado a esperar. Pero ahora no estoy seguro.
—¿Por qué?
—Porque si es destino, entonces no es una elección. Y quiero que lo que pase entre nosotros sea una elección. Tuya. Mía. No de la luna. No de la profecía. Nuestra.
Alessandra sintió que el corazón se le aceleraba. No supo si era miedo. No supo si era esperanza. No supo si era algo que nunca había sentido antes.
—No sé elegir —susurró—. Toda mi vida hice lo que debía. Lo que esperaban de mí. Lo que era seguro. Nunca elegí por mí misma.
—Puedes empezar ahora.
Lo miró. En la penumbra, sus ojos dorados brillaban con una luz que no era solo reflejo de la luna.
—¿Qué elijo?
—Lo que quieras. No lo que el destino diga. No lo que tu abuela quiso. No lo que yo quiero. Lo que tú quieras.
Alessandra cerró los ojos. Las sombras se calmaron a su alrededor. El árbol latía bajo su espalda, un latido antiguo, profundo, que se mezclaba con el de su corazón.
Cuando los abrió, supo lo que quería.
—Quiero aprender —dijo—. Quiero saber quién soy. Quiero saber qué siento. Y quiero que estés ahí. No porque el destino lo diga. Porque te elijo. Porque quiero elegirte.
Aeron sonrió. Era la primera vez que Alessandra lo veía sonreír de verdad. No era la media sonrisa de la noche anterior, no era el gesto cortés de la cena. Era una sonrisa que iluminaba su rostro, que hacía brillar sus ojos, que lo hacía parecer más joven, más humano, más cerca.
—Y yo te elijo a ti —dijo—. No porque la luna te destinara para mí. Porque desde que te vi, no hay nadie más que quiera elegir.
Alessandra sintió algo en el pecho. Algo que no era el sello rompiéndose. Era algo más simple y más profundo.
Era la primera vez que alguien la elegía sin condiciones.
Se quedaron bajo el roble hasta que el cielo empezó a aclarar. No hablaron más. No era necesario. Las sombras descansaban a sus pies, y el lago reflejaba las primeras luces del alba, y por primera vez en veintiséis años, Alessandra Montenegro Valerius supo lo que era estar en el lugar correcto.
Cuando volvió a la casa, Clarissa la esperaba en la cocina con una taza de café.
—¿Dónde estabas? —preguntó, aunque su tono indicaba que ya lo sabía.
—En el roble.
—¿Con Aeron?
—Sí.
Clarissa sonrió. No era una sonrisa de burla. Era una sonrisa de hermana que ve lo que la otra no quiere ver.
—¿Y cómo te sientes?
Alessandra tomó la taza. El calor del café quemaba sus palmas, pero no la molestaba. Era real.
—Como si algo estuviera empezando.