"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 8: El Hermano
Después de lo del portátil, Damián se volvió más frío que nunca.
No me miraba. No me hablaba. Cuando coincidíamos en los pasillos, desviaba la vista como si yo fuera invisible. El vínculo seguía ahí, latiendo constante, pero él había aprendido a bloquearlo. Ya no sentía nada de él. Solo un vacío helado.
—Esto es peor que antes —le dije a Elara mientras desayunábamos—. Al menos antes me gritaba. Ahora... ahora soy aire.
—Los hombres son idiotas —sentenció ella—. Ley universal.
Sonreí, pero la sonrisa no llegó a mis ojos.
—Deberías salir de aquí —dijo de repente Elara—. Al jardín. Necesitas aire fresco y él no está para prohibírtelo.
—¿Y los guardias?
—Los guardias te dejan pasar al jardín. Solo controlan que no salgas de la propiedad. Vamos, Lola. Un poco de sol no te vendrá mal.
Asentí. Tenía razón.
El jardín era hermoso, tuve que admitirlo.
Césped impecable, flores de colores, un pequeño estanque con peces. Me senté en un banco de piedra y cerré los ojos, dejando que el sol calentara mi rostro.
—¿Lola?
Abrí los ojos. Frente a mí, con una sonrisa fácil y los ojos verdes brillando, estaba León.
—Hola —dije, incorporándome—. No sabía que estabas aquí.
—Vengo a ver a mi hermano de vez en cuando. Aunque él no lo pone fácil.
Se sentó a mi lado sin pedir permiso. Su cercanía no me incomodaba; era diferente a Damián. Más cálido. Más humano.
—¿Cómo estás? —preguntó—. Con todo este lío...
—Sobreviviendo.
—Eso es lo que hace mi hermano. Sobrevivir. No vivir, solo sobrevivir.
Lo miré, sorprendida por sus palabras.
—¿Por qué dices eso?
León guardó silencio un momento. Sus ojos verdes se perdieron en el horizonte.
—Porque lo conozco. Porque soy su hermano y he visto cómo se ha ido cerrando con los años.
—¿A qué te refieres?
—Damián no siempre fue así. De niños... era diferente. Reía. Jugaba. Confiaba en la gente.
—¿Qué pasó?
León me miró directamente.
—Nuestra madre. Era omega. Y una noche, cuando Damián tenía siete años, se fue. Sin despedirse. Sin explicación. Solo desapareció.
El aire se congeló en mis pulmones.
—No lo sabía.
—Nadie lo sabe. Solo yo. Nuestro padre nunca lo superó, y Damián... Damián aprendió que las omegas se van. Que no puedes confiar en ellas. Que si quieres sobrevivir, tienes que mantenerlas lejos.
—Pero yo no soy su madre.
—Lo sé. Y él también lo sabe, en el fondo. Pero el miedo no entiende de razones. Por eso te trata así. Por eso se aleja. No es por ti, Lola. Es por él.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras.
De repente, algunas cosas empezaban a tener sentido.
—No debería contarte esto —dijo León—. Si Damián se entera, me mata.
—¿Por qué me lo cuentas entonces?
Me miró directamente a los ojos.
—Porque eres su compañera. Por mucho que él intente negarlo. Y porque creo que mereces entender por qué es como es.
Se levantó y me dedicó una última sonrisa.
Me giré. Elara estaba en la puerta del jardín, con una bandeja de té en las manos y los ojos fijos en León.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella, sin disimular su curiosidad.
—León. El hermano del ogro. ¿Y tú?
—Elara. La amiga de Lola.
Se miraron un segundo más de lo necesario.
—Bonito nombre —dijo León.
—Bonito el tuyo también —respondió Elara, y algo en su voz sonó diferente.
León sonrió, se despidió con un gesto y desapareció en el interior de la mansión.
Elara se sentó a mi lado, pero su mirada seguía la puerta por donde él había salido.
—¿Ese es el hermano? —preguntó.
—Sí.
—Es muy diferente.
—Ya lo sé.
—Y muy guapo.
La miré.
—¿Perdona?
—Nada, nada. Es solo una observación.
Sonreí.
—Claro. Una observación.
Esa noche, recibí un mensaje.
Un número desconocido. Solo una línea:
"Sé que fuiste a tu apartamento. Sé que encontraste mi nota. La próxima vez, no te dejaré ir tan fácil. —K"
El teléfono tembló en mis manos.
—¿Lola? —preguntó Elara desde su cama (se había mudado a mi habitación después de lo del portátil)—. ¿Qué pasa?
Se lo enseñé.
Palideció.
—Llama a Damián.
—No puedo. Ni siquiera me mira.
—¡Lola, esto es una amenaza directa!
—Lo sé.
Pero no llamé.
En lugar de eso, me quedé mirando el teléfono, preguntándome cómo demonios había conseguido Kael mi número.
A la mañana siguiente, bajé al despacho.
Damián estaba allí, como siempre. Marcus, a su lado. El ambiente era gélido.
—Tengo que enseñarte algo —dije, colocando el teléfono sobre su escritorio.
Damián lo miró. Leyó el mensaje. Su mandíbula se tensó, pero no dijo nada.
—¿Cómo ha conseguido tu número? —preguntó al fin.
—No lo sé.
—¿Se lo diste a alguien?
—No.
—¿Tu amiga?
—Tampoco.
Damián se levantó. Dio la vuelta al escritorio y se acercó a mí. Su olor me envolvió, tormenta y bosque, y a pesar de todo, mi cuerpo respondió.
—Desde ahora —dijo, con voz de hielo—, cambiamos tu número. Y el de tu amiga. Y cualquier persona con la que te comuniques pasará por Marcus.
—¿Vas a controlar mis llamadas?
—Sí.
—Eso es...
—Necesario.
Lo miré a los ojos. Busqué algo, cualquier cosa, en el vínculo. Pero solo encontré vacío. Había aprendido a bloquearlo demasiado bien.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Vas a seguir ignorándome?
Damián no respondió.
—Porque si vamos a estar vinculados de por vida, podrías al menos mirarme cuando te hablo.
—No tengo por qué hacerlo.
—No, claro. Prefieres huir. Como siempre.
Damián me sostuvo la mirada un largo segundo. Luego, sin una palabra, se giró y volvió a su escritorio.
—Puedes irte —dijo sin mirarme.
El aire se me escapó de los pulmones.
Pero no dije nada más. Salí del despacho con la cabeza alta, aunque por dentro ardía de rabia.
Esa noche, Elara no estaba en la habitación.
Salió a "dar una vuelta por el jardín". Volvió dos horas después, con las mejillas sonrosadas y una sonrisa que no podía ocultar.
—¿Dónde estabas? —pregunté.
—En el jardín. Dando una vuelta.
—¿Con quién?
—Con nadie.
—Elara, te conozco. ¿Con quién?
Ella se sentó en la cama, mordiéndose el labio para no sonreír.
—Con León.
—¿El hermano de Damián?
—Sí. Es... es muy diferente a su hermano.
—¿En qué sentido?
—Es divertido. Y hablador. Y me hizo reír. Y...
—¿Y?
—Y me pidió mi número.
La miré con los ojos abiertos de par en par.
—¿Mi Elara, la que dice que los hombres son idiotas, acaba de darle su número a alguien?
—No es un Alfa —dijo rápidamente—. Es beta, como yo. Eso lo hace menos idiota.
—Ah. Claro. La lógica infalible de Elara.
Me lanzó una almohada.
—Cállate.
Pero ambas estábamos sonriendo.
Por primera vez en días, algo bueno pasaba.
Aunque fuera pequeño. Aunque fuera solo el principio de algo.