El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.
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Capitulo #7 – La Sombra En Los Muros
Arthur aún no podía apartar la imagen de Coraline de su mente. Cada gesto de la niña lo atravesaba como un recuerdo vivo de lo que había perdido: La forma en que apretaba los labios al pensar, la chispa traviesa en los ojos, la risa que se colaba como un eco imposible de ignorar.
Esperaba con ansias la llegada de Ninoska para poder aclarar sus dudas… su corazón se encogía cada vez que pensaba en los años perdidos, ¿Cómo había podido ocultarle algo tan importante? Sus puños se tensaban con impotencia y los ojos sentían ese ardor incontrolable que da paso a las lágrimas, se negaba a dejarlas salir… no dejaría que ella llegara y viera su debilidad…
Estaba decidido a recuperar el tiempo perdido con la pequeña. Pelearía por ella. Estaba seguro de que era su hija. Sin querer había llegado a encontrar algo más valioso que una vida perdida, una razón por la cual vivir. Nada tenía sentido en ese momento. Estaba claro que Ninoska tenía sus planos de vida y estos no le incluían.
¿Por qué no se lo había dicho? De seguro había pasado por situaciones muy lejos de ser agradables.
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El despacho de Said estaba en penumbras, apenas iluminado por la llama nerviosa de unas lámparas de aceite. Afuera, el viento golpeaba contra los muros como si quisiera anunciar la tormenta de arena que se avecinaba. Jhon recorría la estancia con pesados pasos, los brazos cruzados, el ceño fruncido. Dicha permanecía detrás del escritorio, apoyado hacia delante, los nudillos blancos contra la madera. Señalaba con el dedo una ruta en el pergamino, los músculos tensos.
— Si colocamos a nuestros hombres en la salida del mercado y en el pasillo de cuero, lo atraparemos cuando intentemos acercarnos a la escuela. Dissano no podrá dar un paso sin que lo rodeemos. —Sugería Jhon sin apartar la mirada.
— No es suficiente. Dissano no es un criminal cualquiera; se mueve como sombra en tormenta. Si aparece, será porque quiere que lo veamos. Recuerda que nos engañó a todos y estuvo a punto de casarse con Ninoska… Por suerte la noticia del embarazo de Coraline desmorono todo… — Explicaba Said con paciencia y preocupación —Conoce demasiado bien el Reino y sabe cómo moverse…
Jhon cerró el puño con frustración.
—Entonces que lo vea, dijo. Que vea que no estamos solos, que, si se atreve a tocar a Ninoska oa Coraline, lo entraremos en la arena.
—No, hermano. Si lo llegamos demasiado rápido, se llevará consigo lo que más valoramos… — Said alzó la mirada, fría y calculadora — Necesita creer que aún tiene el control. Solo así caerá en la trampa.
Un silencio áspero se instaló en la sala. Ambos hermanos no estaban seguros de cómo proteger a su hermana y sobrina. Fue roto por la puerta que se abrió sin aviso. Pamela entró, con el rostro desencajado.
— ¡Sabía que me ocultaban algo! Dissano… ¿Ha regresado? ¿Es real?
Said y Jhon se miraron, molestos, pero no respondieron. Pamela avanzó, a paso firme y con temblor en la voz.
— No intenten negarlo. Escuché a los guardias hablar. Y… hay algo que ustedes no saben…
— ¿Qué dices?
Pamela respir hondo, clavando los ojos en su cuñado.
— Cuando me comprometieron contigo, Said, recibí una carta desde Holaguare. Decía que Dissano nunca dejó en paz a Ninoska… que la llamaba “Flor del Desierto”. Pensé que eran habladurías, pero la misma Ninoska un tiempo después me lo confirmo… incluso después de humillarla públicamente al cancelar su matrimonio con ella, siguió buscándola y…
Los dos hermanos quedaron en silencio, las mandíbulas tensas. Jhon tocó la mesa con rabia.
— ¡Lo sabía! No ha regresado solo para causar temor y guerra. La quiere a ella… siempre la quiso.
Said entrecerró los ojos, con la mente trabajando a toda velocidad. Demasiadas cosas estaban pasando al mismo tiempo…
— Entonces el anzuelo ya no será solo Coraline. Dissano viene por mi hermana. Y esta vez… no tendrá escapatoria.
Pamela bajó la mirada, consciente de haber abierto una herida que ellos intentaban mantener cerrada. Y eso que aún no les había revelado la peor parte… Pero no estaba segura de sí revelar la intimidad de su cuñada traicionando su confianza, estaría bien.
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La noche seguía avanzando sobre Namhara como un manto sin estrellas. El silencio era peso, y en él parecía respirarse un presagio. Los guardias recorrían los pasillos del palacio con antorchas en mano, pero la luz apenas alcanzaba a iluminar los rincones, dejando sombras largas que se alargaban como garras. Said observaba desde el balcón del salón alto, los ojos fijos en la oscuridad más allá de las murallas.
"Está aquí. Aunque no lo veamos, Dissano camina entre nuestras sombras. Él no ataca solo con acero... ataca con miedo". Pensaba Said sin atreverse a hablar. Detrás de él, Jhon apareció con pasos firmes, la espada al costado. Se acercó en silencio, como si temiera alzar demasiado la voz.
"Lo reconozco en cada detalle. Esa calma que precede al golpe. Dissano siempre jugó con la mente antes que con la sangre". Pensaba Jhon mientras miraba a su hermano. Era un silencio pesado. Una verdad recorría las paredes, una realidad que ninguno de los hermanos se atrevía a mencionar.
— Han vuelto a encontrar su marca en la fuente seca… — informó Jhon en voz baja, sin querer decir lo que tenía que informar — El mismo nombre. La misma firma.
Said cerró los ojos un instante. Podía escucharlo, como un eco que venía del pasado.
“Flor del Desierto”.
El título que una vez había pronunciado con ternura, cuando Ninoska aún era joven y la vida no había revelado su verdadera crueldad. Dissano había estado a punto de convertirse en parte de la familia, el prometido honorable que todos respetaban… hasta que eligió la oscuridad y la sangre como camino, se había sentido traicionado, su venganza fue terrible y cruel… Pero aún no había terminado, después de casi cinco años reaparecía buscando lo que le fue negado.
Said sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
“Pudo haber sido mi cuñado… y ahora es el espectro que amenaza a mi sobrina, a mi hermana, a todo lo que juré proteger.” Pensaba Said sin querer emitir lo que su mente le gritaba.
Jhon apoyó una mano en el marco de piedra, los nudillos tensos.
— No lo hemos visto, pero él nos ve. No necesitamos sus pasos para saberlo. Dissano no busca rápido… quiere que lo esperemos matar, que recordemos quién fue para Ninoska.
Un golpe de viento atravesó el pasillo, apagando varias antorchas. La oscuridad se tragó medio corredor y, por un instante, ambos creyeron escuchar un murmullo.
“Flor del Desierto…” Se escucho decir a una voz que provenía desde la penumbra. Una voz que conocían muy bien.
Jhon desenvainó su espada, avanzando un paso. Pero no había nadie. Solo la negra y el eco de sus propios latidos.
“¿Es mi mente… o está jugando conmigo?” Pensaba Jhon, mientras unas gotas de sudor comenzaban a bajar por su frente.
Dijo apretó la mandíbula.
"No es un hombre... es una sombra. Una sombra que no olvida ni perdona..." Said pretendía mantenerse calmado y mostrar la ecuanimidad que siempre lo caracteriza.
Y así, aunque el pasillo se volvió a iluminar cuando encendieron las antorchas caídas, la sensación permaneció: Dissano no necesitaba estar presente para reinar en sus mentes. No era un criminal cualquiera. Era la cicatriz de un pasado que nunca había sanado, la herida que volvió a sangrar en la oscuridad.
Tensión. Silencio. Miedo…
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Al mismo tiempo, Ninoska cerró la puerta con suavidad, con el cuidando de no despertar a Coraline. La niña dormía tranquila, abrazada a su muñeca, ajena al torbellino que amenazaba con desatarse fuera de esas paredes.
Apoyó la frente un instante contra la madera, respirando hondo, como si aquel contacto pudiera darle fuerza. Pero no era más que un alivio momentáneo. Al apartarse, sintió que el aire del pasillo era más frío, más denso, como si la oscuridad se hubiera vuelto líquida y quisiera envolverla.
"Él está cerca... puedo sentirlo. Dissano no necesita mostrarse; basta con su sombra para recordarme lo que fue... lo que me hizo..." Pensaba la princesa mientras se forzaba a caminar.
Sus pasos resonaban sobre la piedra, cada eco multiplicaba la sensación de estar acompañado. Miró por encima del hombro, convencida de que alguien la seguía. No había nadie. Solo antorchas parpadeantes y un silencio pesado. Un susurro, o tal vez el recuerdo de uno, le atravesó los oídos:
“Flor del Desierto…”
Se detuvo de golpe. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, y por un instante volvió a ser la joven que, años atrás, estuvo a punto de aceptar la mano de un hombre que se mostraba honorable, que prometía un futuro estable.
Dissano.
Antes de que las mentiras y la sangre lo convirtieran en lo que ahora era: un monstruo que la perseguía como un espectro. Un ser despreciable que la había dañado de la peor manera, profanando lo más sagrado de su ser.
"Pude haber sido su esposa. ¡Por todos los cielos, estuve a un paso de serlo! Y ahora... ahora es la sombra que amenaza con arrancarme lo único que me pertenece de verdad: Mi hija..." Esos pensamientos no dejaban de dar vueltas en su mente.
Apretó el manto sobre sus hombros y continuó el camino, cada paso más pesado que el anterior. Porque no solo tenía que luchar contra esa oscuridad que regresaba desde el desierto.
Esa noche debía enfrentar otra tormenta: Arthur. El hombre al que había negado su derecho de ser padre. El hombre que aún podía mirarla con resentimiento, con ira, con dolor. Y algo en su mente se removía con solo pensarlo.
“¿Cómo mirarlo a los ojos? ¿Cómo decirle que mientras él creía haberme alejado y perdido, yo llevaba en mi vientre a nuestra hija?”
La garganta se le cerró. Su piel se erizó con cada sombra que se agitaba en los muros. Dissano acechaba en su mente, Arthur la esperaba tras aquella puerta, y Coraline dormía sin saber que los pecados del pasado estaban a punto de reclamarla.
La mano de Ninoska tembló al posarse sobre el picaporte de la habitación de Arthur. Y en el fondo de su ser supo que, pasara lo que pasara allí dentro, nada volvería a ser igual.
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
Espero mucho!