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Desafiando Al Sistema

Desafiando Al Sistema

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 — El Sur Respira Distinto

El sur no era más peligroso porque tuviera más portales.

Era más peligroso porque la gente había aprendido a convivir con ellos.

Cael lo pensó mientras la camioneta avanzaba por avenidas partidas, con veredas levantadas por raíces que nadie había podado y murales desteñidos que contaban historias que el tiempo había vuelto ilegibles. El cielo estaba bajo y pesado, con esa densidad que no era lluvia sino presión acumulada, como si el aire mismo empujara hacia abajo sobre los edificios y la gente que los habitaba.

Lara manejaba sin música. No era costumbre suya el silencio, pero había encargos que lo pedían solos, sin que nadie tuviera que decirlo.

Ivo miraba la calle desde el asiento del acompañante con la atención relajada de quien sabe que lo peligroso no siempre anuncia su llegada, y que gastar energía en anticiparlo todo es exactamente lo que te deja sin ella cuando importa.

Maira revisaba el mapa proyectado en su muñeca por tercera vez, con el ceño levemente fruncido de quien encuentra que los datos no terminan de cuadrar de la manera que esperaba.

—No es un portal grande —dijo finalmente—. Es una inestabilidad focalizada. Un desgarro pequeño, pero activo. Lleva al menos cuarenta y ocho horas en ese estado.

—¿Personas? —preguntó Cael.

—Dos reportes. Un guardia nocturno que dejó de responder al comunicador. Una vecina del primer piso que su hijo reportó como "rara" esta mañana.

Nadie añadió nada.

Dos reportes podían convertirse en cinco en cuestión de minutos si el foco crecía. El sur lo sabía. Los vecinos que miraban desde las veredas cuando llegaban a estos encargos también lo sabían, y era exactamente ese saber lo que hacía que no corrieran ni gritaran sino que simplemente observaran, con esa resignación específica de la gente que ha aprendido que el mundo tiene capas que la mayoría prefiere ignorar.

La camioneta se detuvo frente a un conjunto de bloques viejos. Fachadas descascaradas en capas de pintura que ningún presupuesto había renovado en años. Rejas dobladas que nadie había enderezado. Ropa colgada entre ventanas como señales de vida cotidiana que seguía su curso sin importar lo que ocurriera en los pisos de abajo.

Un grupo de vecinos observaba desde la vereda con los brazos cruzados y los ojos quietos.

Eso inquietaba más que el pánico. El pánico al menos era señal de que la gente todavía creía que correr servía de algo.

—Perfil bajo —dijo Lara, bajando de la camioneta—. La Asociación viene. No sabemos cuándo.

—Llegan cuando el ruido ya bajó y pueden documentar en lugar de intervenir —murmuró Ivo.

No era amargura. Era observación, el tipo que viene de haber visto ese patrón suficientes veces como para ya no sorprenderse.

Entraron por la escalera lateral.

El pasillo olía a detergente barato y humedad estancada, esa combinación específica de los edificios que se limpian pero no se secan. El eco devolvía los pasos con demasiada claridad, como si el espacio estuviera prestando atención.

En el segundo piso, el aire cambió.

No fue frío. Fue desajustado, la sensación de que el espacio entre las moléculas era ligeramente incorrecto, como escuchar una nota casi afinada que el oído no puede decidir si aceptar o rechazar.

—Aquí —susurró Maira—. La firma está desplazándose. Se mueve.

Cael se acercó con cuidado.

No había nada visible, pero el foco del techo vibraba fuera de ritmo, la luz ondulando con una frecuencia que no correspondía a ninguna falla eléctrica. La realidad en ese punto respiraba mal, como un pulmón que no termina de expandirse del todo.

Y entonces Cael sintió el tirón interno.

Ese reconocimiento que no era pensamiento sino respuesta del cuerpo, como cuando el ojo encuentra sin buscarlo algo que tiene la misma frecuencia que él. La desalineación. Lo que el evaluador había llamado origen externo, y que ahora se activaba ante el desorden ajeno como si los dos compartieran un idioma que ninguno había aprendido voluntariamente.

—No lo toques —advirtió Lara, que había visto cómo se había detenido.

Un grito cortó el silencio del piso de arriba.

Breve. Seco. El tipo que no viene del miedo sino de la sorpresa, de encontrar algo que no esperabas en un lugar donde creías estar solo.

Ivo subió sin esperar orden. Cael lo siguió dos pasos detrás.

En el tercer piso, el guardia nocturno estaba sentado contra la pared del pasillo con la linterna rodando en círculos lentos por el suelo, todavía encendida. Mediana edad, uniforme de trabajo, la expresión de alguien que ha visto algo que no tiene categoría donde guardarlo.

—No vi nada —balbuceó—. Solo sentí que algo me rozaba y después…

No terminó la frase.

Detrás de él, la pared no estaba sólida.

La pintura se inflaba hacia afuera en una protuberancia que pulsaba con la cadencia irregular de algo que respira sin tener pulmones. Una mancha de realidad que había decidido que el espacio entre el muro y el pasillo no era tan definitivo como debería ser.

Una sombra se desprendió del muro.

Sin forma definida, sin anatomía reconocible. Solo intención, el tipo de presencia que no necesita cuerpo para hacerse sentir.

—Retrocedan —dijo Lara, posicionándose para cubrir al guardia.

La sombra avanzó con una torpeza insistente que era más perturbadora que la agilidad, la de una cosa que no necesita ser elegante porque simplemente no se detiene.

Cael dio un paso al frente y activó el Filo con control deliberado. La hoja se iluminó en azul tenue, suficiente para delinear contornos en el pasillo estrecho sin convertir la situación en algo visible desde la calle. Cortó.

El filo atravesó la figura como si cortara humo.

La sombra se recompuso con un sonido húmedo y desagradable, el tipo que no debería existir en algo sin cuerpo físico, y eso por sí solo le dijo a Cael que necesitaba un ángulo diferente.

—No es estable —dijo Maira desde el extremo del pasillo—. Está anclada al foco en la pared. No puedes destruirla sin interrumpir la fuente.

La sombra golpeó.

No fue un impacto físico del todo. Fue frío, un frío que atravesó tela y piel y llegó a algo más profundo, como si hubiera buscado directamente el calor interno y lo hubiera tocado con dedos de hielo.

El mundo se ralentizó un segundo.

La Tenacidad del Caído respondió sin que él la llamara, firme y silenciosa como siempre, no eliminando el shock sino sosteniéndolo, dándole el margen para que el cuerpo no cediera antes de que la mente encontrara el siguiente movimiento.

—Sigo —murmuró entre dientes, más para él mismo que para nadie.

No atacó el centro esta vez. Buscó el límite, el borde donde el aire ondulaba detrás de la figura, el punto donde la sombra terminaba y el foco que la sostenía comenzaba. Era una diferencia de centímetros que solo podía sentir, no ver.

El segundo tajo raspó ese punto invisible.

El pasillo entero vibró como una cuerda.

Ivo entró desde el costado sin que nadie lo coordinara, empujando la figura con su propio cuerpo para forzarla a desplazarse, crear el ángulo que Cael necesitaba.

El tercer corte fue más profundo. No sobre la forma sino sobre la grieta detrás de ella, el lugar donde la realidad había cedido y que sostenía todo lo demás.

La figura colapsó en un suspiro largo, como aire escapando de algo que llevaba tiempo a presión.

El pasillo dejó de vibrar.

La pintura volvió a ser plana.

El foco del techo dejó de oscilar.

No completamente. Había residuos, la huella de algo que había estado ahí, pero suficiente para que el guardia pudiera respirar sin que el aire lo devolviera con interés.

—Rápido —dijo Maira—. El foco se está cerrando solo pero puede reabrirse si hay perturbación adicional. Tenemos una ventana.

—¿La vecina? —preguntó Cael.

—Primer piso.

La puerta del departamento estaba entreabierta, no forzada sino simplemente no cerrada, como si quien la había usado por última vez no hubiera tenido razones para asegurarla.

La televisión iluminaba la sala con luz azul intermitente, el tipo de parpadeo de una señal que no llega bien pero que nadie ha apagado porque apagarla requeriría notar que está encendida.

La mujer estaba sentada en el sillón con las manos en el regazo y los ojos abiertos mirando algo que no estaba en la habitación. Respiraba. El pecho subía y bajaba con regularidad. Pero no había nadie en casa detrás de esos ojos.

En el suelo, una taza caída. El café seco formando un círculo oscuro sobre las baldosas, el registro de un momento cotidiano que se había interrumpido sin aviso y sin drama, en medio de lo más ordinario.

Eso era lo que más pesaba. No los monstruos. No los portales. Eso: una taza de café y el momento exacto en que alguien dejó de estar presente en su propia vida.

—No la toquen —dijo Maira, acercándose con el dispositivo—. No es posesión. Es exposición directa y prolongada al foco. El campo de interferencia desalineó su percepción temporal.

—¿Se recupera? —preguntó Ivo, con una voz que no tenía nada de retórico.

—Con tratamiento especializado, sí. —Una pausa que duró exactamente lo necesario—. Si la intervención es rápida.

Afuera, sirenas.

Finalmente.

La Asociación entró con pasos coordinados y el lenguaje corporal de quienes llegan a documentar más que a resolver. Dos equipos de cuatro, equipados para contención y evaluación, exactamente lo que el foco ya no necesitaba.

La funcionaria del edificio gris cruzó miradas con Cael en el pasillo. Sin sonrisa, sin reconocimiento oficial.

—Gracias por contener.

—Llegaron —respondió él, sin inflexión.

Ella sostuvo su mirada un momento.

—Rápido es relativo, dependiendo de lo que se cuente como punto de partida.

No era defensa. Era la admisión mínima que alguien en su posición podía hacer sin que constara en ningún registro.

Los agentes acordonaron el área con eficiencia. Vecinos murmuraban en la vereda, algunos con la expresión de quien necesita agradecer algo pero no sabe cómo hacerlo en este contexto, donde el peligro no tiene forma que se pueda señalar ni héroe que se pueda nombrar sin que suene raro.

Lara se acercó a Cael mientras sacaban a la vecina en camilla, todavía con los ojos abiertos y mirando algo que nadie más podía ver.

—Te vi cambiar el ángulo en el tercer piso —dijo.

—Aprendí que golpear el centro no siempre sirve.

—Te vi cansado después del frío.

No era crítica. Era la observación directa de alguien que ha decidido prestar atención de verdad.

Cael miró la camilla avanzar hacia la ambulancia.

—El frío llega a algo que no es físico. Todavía no sé cómo manejarlo sin que cueste.

—¿Lo va a saber la Asociación?

Cael pensó en Aldren. En el técnico tomando notas. En la funcionaria que distinguía entre vigilancia y supervisión con la precisión de quien sabe que las palabras son herramientas.

—Tienen datos. No sé si tienen respuestas.

Lara asintió sin presionarlo más.

A veces eso era suficiente. Saber que alguien escuchó sin necesitar resolver.

El trayecto de regreso fue silencioso.

No por falta de palabras sino porque lo que habían visto en ese departamento, la taza caída y los ojos abiertos sin nadie detrás, era el tipo de cosa que necesita tiempo antes de que nombrarla no la empobrezca.

Ivo miraba la calle con los codos en las rodillas. Maira tenía el dispositivo guardado, que era su versión del silencio deliberado. Lara manejaba con las manos firmes en el volante y la vista en el camino.

Cael miró el cielo al sur por la ventanilla.

Seguía oscuro. Más que antes, si eso era posible, con esa densidad que no era clima sino acumulación de algo que llevaba tiempo instalándose en esa parte de la ciudad sin que nadie lo hubiera registrado correctamente porque las lecturas no coincidían con ningún parámetro conocido.

Como él.

Como la criatura del edificio abandonado que tenía su misma frecuencia.

Como el foco del segundo piso que su cuerpo había reconocido antes de que la mente lo procesara.

El evaluador había dicho: la pregunta es quién llega primero y con qué intenciones.

La Asociación llegaba tarde y documentaba.

Los coleccionistas que había mencionado Aldren llegaban en silencio y no pedían permiso.

Y algo en el sur llevaba tiempo creciendo sin que ninguno de los dos lo hubiera notado todavía.

Los paneles aparecieron discretos en su campo visual, como siempre cuando el cuerpo había exigido suficiente.

[Experiencia acumulada: 99%.]

[Nivel 2 inminente.]

[Nota del sistema: Patrón energético expandiéndose. Monitoreo activo.]

Monitoreo activo.

Eso era nuevo.

Cael miró la línea durante un momento largo. El sistema que lo había vinculado en la mazmorra, que le había dado la Tenacidad del Caído y el Filo de Energía, que aparecía con recomendaciones de descanso y porcentajes de progresión, ahora lo monitoreaba de manera activa.

Lo que significaba que también había notado lo que él había notado.

Que algo en el sur no era una anomalía suelta.

Era un patrón.

Y el patrón estaba creciendo hacia algo que todavía no tenía nombre.

Guardó el pensamiento donde guardaba las cosas que necesitaban tiempo antes de convertirse en decisiones.

La camioneta siguió avanzando hacia el norte.

Y el cielo al sur siguió oscureciéndose, despacio, con la paciencia de algo que sabe que no necesita apresurarse porque ya tiene todo el tiempo del mundo.

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David Gonzalez Cruz
al proncipio buen argumento drspues sease monotonoaburrido
Annyelizabeth: Gracias por darle una oportunidad a la historia ✨ igualmente agradezco mucho tu opinión 😊
total 1 replies
Annyelizabeth
“¡Gracias por leer, Dalia! Me alegra que te esté gustando. ¿Hay algún personaje que te llame más la atención?”
Annyelizabeth
“Gracias por leer y por los me gusta ❤️
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”
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