Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.
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Capítulo 8 — El Sur Respira Distinto
El sur no era más peligroso por los portales.
Era más peligroso porque la gente había aprendido a convivir con ellos.
Cael lo pensó mientras la camioneta avanzaba por avenidas partidas, con veredas levantadas y murales desteñidos que ya no contaban historias claras. El cielo estaba bajo, pesado, como si el aire mismo empujara hacia abajo.
Lara manejaba sin música.
Ivo miraba la calle con la atención relajada de quien sabe que lo peor no siempre avisa.
Maira revisaba el mapa proyectado en su muñeca por tercera vez.
—No es un portal grande —dijo finalmente—. Es una inestabilidad focalizada. Un desgarro pequeño… pero activo.
—¿Personas? —preguntó Cael.
—Dos reportes. Un guardia nocturno. Una vecina que dejó de responder.
Nadie añadió nada.
Dos reportes podían convertirse en cinco en cuestión de minutos si el foco crecía.
La camioneta se detuvo frente a un conjunto de bloques viejos. Fachadas descascaradas. Rejas dobladas. Ropa colgada entre ventanas. Un grupo de vecinos observaba desde la vereda, sin gritar. Sin correr.
Eso inquietaba más que el pánico.
—Perfil bajo —dijo Lara—. La Asociación viene. No sabemos cuándo.
—Llegan cuando el ruido ya bajó —murmuró Ivo.
Entraron por la escalera lateral.
El pasillo olía a detergente barato y humedad estancada. El eco era demasiado limpio, como si el edificio estuviera escuchando.
En el segundo piso, el aire cambió.
No frío.
Desajustado.
—Aquí —susurró Maira—. La firma está desplazándose.
Cael se acercó con cuidado.
No veía nada concreto, pero el foco del techo parecía vibrar fuera de ritmo. La luz se ondulaba apenas, como si la realidad respirara mal.
Sintió el tirón interno.
Ese reconocimiento.
Algo dentro de él reaccionaba al desorden.
—No lo toques —advirtió Lara.
Un grito cortó la escalera desde arriba.
Breve.
Seco.
De sorpresa.
Ivo subió sin dudar.
Cael lo siguió.
En el tercer piso, el guardia nocturno estaba sentado contra la pared, la linterna rodando por el suelo.
—No vi… —balbuceó—. Algo me rozó…
La pared detrás de él no estaba sólida.
La pintura parecía ablandarse, inflarse hacia afuera como si respirara.
Una sombra se desprendió del muro.
No tenía forma definida.
Solo intención.
—Retrocedan —ordenó Lara.
La sombra avanzó con torpeza insistente.
No era grande.
Pero no era frágil.
Cael dio un paso al frente.
Activó el Filo de Energía con control.
La hoja se iluminó en azul tenue, suficiente para delinear contornos en el pasillo estrecho.
Cortó.
El filo atravesó la figura como humo.
La sombra se recompuso con un sonido húmedo, desagradable.
—No es estable —dijo Maira desde atrás—. Está anclada al foco.
La sombra golpeó.
El impacto no fue físico del todo. Fue frío. Un frío que atravesó tela y piel.
Cael sintió el mundo ralentizarse un segundo.
La Tenacidad del Caído respondió.
No eliminó el shock.
Lo sostuvo.
—Sigo —murmuró entre dientes.
No atacó el centro esta vez.
Buscó el límite.
El “borde” donde el aire ondulaba detrás de la figura.
El segundo tajo raspó ese punto invisible.
El pasillo vibró.
La sombra perdió cohesión.
Ivo entró desde el costado, forzándola a desplazarse.
Cael giró la muñeca y el tercer corte fue más profundo, no sobre la forma… sino sobre la grieta que la sostenía.
La figura colapsó en un suspiro largo.
El aire volvió a asentarse.
No completamente.
Pero suficiente.
—Rápido —dijo Maira—. El foco se está cerrando solo. Puede reabrirse.
El rellano dejó de ondular.
El foco del techo dejó de titilar.
El guardia respiraba mejor.
Pero el silencio que quedó no era alivio.
Era cautela.
—¿Estás bien? —preguntó Lara.
Cael asintió.
El hombro le ardía. No lo mencionó.
—Falta la vecina —recordó Maira.
El departamento del primer piso estaba entreabierto.
La televisión iluminaba la sala con luz azul intermitente.
La mujer estaba sentada en el sillón.
Rígida.
Ojos abiertos.
Respirando.
Pero no presente.
—No la toquen —dijo Maira, acercándose con cuidado—. Está desfasada.
Cael se quedó en la puerta.
La mujer tenía una taza caída en el suelo. El café seco formando un círculo oscuro.
Un momento cotidiano interrumpido.
Eso era lo que más pesaba.
—No es posesión —explicó Maira—. Es exposición directa al foco.
—¿Se recupera? —preguntó Ivo.
—Con tratamiento. Sí.
Una pausa.
—Si la intervención es rápida.
Afuera, sirenas.
Finalmente.
La Asociación entró con pasos firmes y movimientos coordinados.
La funcionaria cruzó miradas con Cael.
No había sonrisa.
—Gracias por contener.
—Llegaron —respondió él.
—Rápido es relativo —dijo ella.
Agentes acordonaron el área. Vecinos murmuraban desde la vereda. Miradas largas. Agradecimientos que no sabían cómo expresarse.
Lara se acercó a Cael mientras sacaban a la vecina en camilla.
—Te vi cambiar el ángulo.
—Aprendí —respondió él.
—Te vi cansado.
Eso no era crítica.
Era preocupación.
Cael miró el edificio.
Pensó en lo fácil que era ver un video y creer que la luz azul resolvía todo.
No resolvía el miedo.
No resolvía las consecuencias.
Solo daba tiempo.
Cuando volvieron a la camioneta, el cielo seguía oscuro hacia el sur.
Más que antes.
El trayecto de regreso fue silencioso.
No por falta de palabras.
Porque lo que habían visto no necesitaba explicación inmediata.
Algunas cosas se sostienen mejor cuando no se nombran demasiado pronto.
Y Cael lo sabía.
Algo en el sur no estaba solo inestable.
Estaba creciendo.