Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 21
El banquete de bodas fue una farsa de sonrisas congeladas y copas de cristal que chocaban con el sonido metálico de un pacto de sangre. Para cuando el todoterreno negro mate de Vincenzo cruzó de regreso los portones de la mansión Rial, la medianoche ya había cubierto la propiedad con un manto de oscuridad densa. El servicio se había retirado por orden expresa del nuevo jefe; solo los centinelas de "La Sombra" permanecían apostados entre los cipreses, como gárgolas armadas vigilando el inicio de una nueva era.
Vincenzo detuvo el motor y se giró hacia el asiento del copiloto. Isabella seguía envuelta en el vestido de novia marfil, pero el velo ya se había desprendido, dejando su cabello oscuro revuelto sobre los hombros. Él la observó en silencio, sus ojos grises brillando con la luz del tablero.
—Llegó el momento, mi Bella —susurró, su voz ronca arrastrando una urgencia que hizo que el estómago de ella se contrajera de pura anticipación—. Ya le sonreíste a tu padre y ya soportaste la mirada muerta de mi hermano. Ahora eres mía en mi terreno.
Vincenzo bajó del coche, rodeó la carrocería y abrió la puerta de Isabella. No esperó a que ella bajara por su cuenta; la tomó en vilo entre sus brazos colosales, ignorando el peso muerto del encaje y la seda, y la cargó escaleras arriba hacia el ala principal, directo a la que a partir de esa noche sería la habitación del matrimonio.
Mientras tanto, en el extremo opuesto de la propiedad, la oscuridad del ala este albergaba un tipo de fuego muy diferente.
Arturo estaba de pie frente al ventanal de su despacho a oscuras, con un vaso de whisky en la mano izquierda y un teléfono satelital, indetectable para las redes de Vincenzo, pegado a la oreja. El dolor de las costillas rotas ya no le importaba; la humillación pública que había sufrido en la catedral se había transformado en un combustible letal.
—Están en la mansión —masulló Arturo hacia el receptor, su voz temblando de puro odio—. Vincenzo se cree el nuevo rey porque mi padre le entregó los muelles, pero no sabe que ustedes ya tienen las rutas del norte bloqueadas. Les daré los códigos de acceso de la seguridad perimetral de la aduana mañana a primera hora. Quiero que lo desangren. Quiero que le quiten cada cargamento hasta que no le quede nada... y luego yo mismo iré por la chica.
Arturo cortó la comunicación y estrelló el vaso de cristal contra la pared, viendo cómo el líquido se deslizaba como lágrimas de oro en la penumbra. Vincenzo creía haber ganado la partida al quedarse con la reina, pero Arturo estaba dispuesto a venderle el alma al diablo —los clanes rivales del norte— con tal de ver el imperio de su hermano reducido a cenizas.
Ajeno a la traición que se cocinaba a pocos metros, Vincenzo pateó la pesada puerta de su habitación y la cerró detrás de sí, dejando a Isabella sobre la inmensa cama con dosel de madera oscura. La habitación estaba iluminada únicamente por la luna que entraba por el ventanal, tiñendo el vestido marfil de un tono fantasmal.
El gigante se despojó de la chaqueta del esmoquin y se desabrochó los primeros botones de la camisa, revelando los tatuajes que subían por su pecho robusto y la respiración agitada de un hombre que había esperado demasiado por este momento. Se subió a la cama, arrastrándose con la gracia peligrosa de un depredador, hasta quedar justo encima de ella. Su cuerpo grandote y macizo anuló cualquier rastro de luz.
—Estás temblando, niña dulce —dijo, atrapando sus manos trémulas contra el colchón con una sola de sus palmas callosas.
—Tengo miedo de lo que viene, Vincenzo... —admitió ella en un hilo de voz, aunque sus ojos no se apartaban de los del gigante. La sumisión que sentía hacia él ya no era una cadena, sino una entrega total y absoluta que le quemaba las entrañas.
—El miedo es bueno, Bella. Te mantiene despierta —sentenció Vincenzo, inclinándose hasta que sus labios rozaron los de ella—. Te prometí en el pasillo que no tendría piedad contigo en esta cama, y yo siempre cumplo mis promesas.
El beso que selló la noche de bodas fue un despliegue de posesión absoluta, una invasión salvaje que borró el último rastro de la inocencia de Isabella. Mientras afuera el viento de la medianoche presagiaba la guerra que Arturo acababa de desatar, dentro de las sábanas de seda el verdadero heredero de la mafia reclamaba su premio a base de fuego, marcas y una devoción oscura de la que ya ninguna ley podría salvarlos.