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EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

Status: En proceso
Genre:Fanfic
Popularitas:770
Nilai: 5
nombre de autor: Darling.LADK

Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
​Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.


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23_Una Muerte Disfrazada

El reflejo de la ciudad dormida se extendía por la ventana panorámica del refugio de Kayano. Karma, con el brazo vendado, observaba a Nagisa afinar una de sus navajas, el brillo plateado danzando en la tenue luz. La expresión de Nagisa era una máscara de concentración, sus ojos azules fijos en la hoja, pero su mente ya estaba a kilómetros de distancia, desmantelando los sistemas de seguridad, los contactos, los puntos débiles de Arata.

Kayano los había acompañado hasta el refugio, pero su papel en la operación Arata terminaba allí. Había intentado objetar, la adrenalina aún bombeando en sus venas, pero Karma fue categórico.

—No, Kayano —dijo Karma, su voz firme. Su mirada se encontró con la de ella—. Esto es diferente. Arata cruzó una línea personal. Y no quiero que te arriesgues más allá de lo necesario. Tú no matas.

Kayano había fruncido el ceño, pero conocía esa inflexibilidad en Karma. Y la verdad era que, aunque disfrutaba de la acción, el tipo de venganza que Karma y Nagisa buscaban no era su estilo. Asentir, resignada, no sin antes proporcionarles toda la información de inteligencia que poseía sobre Arata, desde sus hábitos de desayuno hasta sus contactos más oscuros.

Ahora, Karma y Nagisa estaban solos, en el umbral de una venganza calculada y brutal.

El despacho de Arata, un santuario de lujo y poder en el corazón de la ciudad, era el escenario perfecto para la arrogancia de su dueño. Arata se encontraba allí, ajeno a la tormenta que se cernía sobre él. Se reclinaba en su silla de cuero, disfrutando de un costoso coñac, la tranquilidad de la madrugada solo rota por el susurro de las fuentes de agua de su jardín interior.

En su mente, Karma Akabane estaba lamiéndose las heridas, y Nagisa Shiota, el insignificante "educador", estaba aterrorizado. Había enviado un mensaje claro. Y había funcionado.

Qué equivocado estaba.

Nagisa se movía por la ciudad como un fantasma, el buzo negro y la capucha su uniforme. El brazo herido de Karma no le impedía moverse con sigilo, pero lo dejaba fuera de una confrontación física directa. Esta vez, la batuta de la ejecución recaía completamente en Nagisa. Y él la abrazaba con una ferocidad helada.

Los sistemas de seguridad de Arata eran complejos, pero Nagisa tenía un mapa detallado gracias a la inteligencia de Kayano y su propia capacidad innata para encontrar las "costuras" en cualquier defensa. Se deslizó por los perímetros, desactivando sensores con una precisión quirúrgica, neutralizando cámaras sin dejar rastro de su presencia. La noche era su aliada, las sombras su manto.

Karma, por su parte, no estaba inactivo. Desde una ubicación segura, utilizaba sus habilidades en manipulación y tecnología para coordinar. Lanzó ataques cibernéticos menores, desviando la atención de los equipos de seguridad de Arata, creando pequeños focos de alarma que distraían a los guardias mientras Nagisa avanzaba. Era una sinfonía de destrucción orquestada, con Karma como el director y Nagisa como el solista letal.

Finalmente, Nagisa llegó a las entrañas del edificio de Arata. Se movió por los conductos de ventilación, su cuerpo ágil como el de una pantera, hasta posicionarse directamente sobre el despacho. Desde su posición elevada, pudo ver a Arata, ajeno a su inminente destino, sumido en su autocomplacencia.

Karma, a través del comunicador de Nagisa, susurró.

—Está solo. La trampa está tendida.

Nagisa asintió. La venganza no era solo por la herida de Karma, sino por la afrenta, por la osadía de un hombre como Arata de creer que podía jugar con sus vidas. La sangre de Karma había sido derramada, y Nagisa, el cazador que acechaba en las sombras, iba a cobrar la deuda.

Con un movimiento silencioso, Nagisa abrió la rejilla del conducto. El suave roce del metal fue el único sonido en la habitación antes de que Nagisa descendiera, aterrizando suavemente detrás del escritorio de Arata.

El aire en la habitación se volvió frío. Arata, sintiendo un cambio imperceptible, giró su silla lentamente. Sus ojos, antes llenos de satisfacción, se abrieron de terror al ver la figura sombría que lo observaba. La capucha cubría el cabello, la máscara ocultaba el rostro, pero los ojos azules que brillaban a través del visor eran inconfundibles. Eran los ojos del "educador" que había subestimado.

—Nagisa Shiota —murmuró Arata, su voz temblorosa, el coñac casi derramándose de su mano.

Nagisa no dijo una palabra. Simplemente,, levantó el cuchillo, el metal brillando con un reflejo mortífero. Iba a cobrar venganza por lo que Arata le había hecho a Karma. Y Arata pagaría con todo.

Nagisa no dijo una palabra. Simplemente levantó el cuchillo, el metal brillando con un reflejo mortífero. Iba a cobrar venganza por lo que Arata le había hecho a Karma. Y Arata pagaría con todo.

El terror se apoderó de Arata. Sus ojos, acostumbrados a dominar, ahora suplicaban.

—¡Espera! ¡Nagisa, por favor! ¡Puedo darte lo que quieras! ¡Dinero! ¡Influencia! —balbuceó, su voz estrangulada por el miedo.

Nagisa se acercó con movimientos lentos y deliberados, el cuchillo bajando para apuntar a la mesa. Con una precisión espeluznante, lo clavó en el centro de un documento, una escritura de propiedad.

—No quiero tu dinero, Arata —dijo Nagisa, su voz era un susurro gélido—. Quiero tu vida. Pero no de la forma en que tú te imaginas.

Con un movimiento rápido, Nagisa inmovilizó a Arata. El político, aunque corpulento, no era rival para la agilidad y la fuerza concentrada del asesino. En segundos, Arata estaba atado a su silla, sus muñecas y tobillos sujetos con bridas de plástico reforzado. Su despacho, su santuario de poder, se había convertido en su celda.

Nagisa no perdió el tiempo. Sacó de su buzo una serie de documentos pre-redactados y una pluma.

—Vas a firmar esto —dijo Nagisa, empujando un testamento frente a Arata. Sus ojos leyeron las cláusulas: todo el dinero, propiedades y activos de Arata serían donados a una serie de fundaciones educativas sin ánimo de lucro y escuelas en zonas desfavorecidas. Una bofetada directa a todo lo que Arata representaba.

Arata negó con la cabeza frenéticamente.

—¡Nunca! ¡No lo haré! ¡Mi imperio!

Nagisa solo levantó su mano libre, y con la otra, dio una palmada seca y precisa al lado de la cabeza de Arata. No era un golpe para aturdir, sino una demostración controlada del "aplauso aturdidor", una presión insoportable sobre el tímpano que provocó un dolor agudo y punzante, seguido de una desorientación mareante.

—O firmas, o mi siguiente "aplauso" te hará perder la conciencia, y entonces lo haré con tu pulgar —la voz de Nagisa era una promesa, no una amenaza.

Con el dolor aún resonando en sus oídos y la voluntad quebrada por el miedo, Arata firmó. Su firma era temblorosa, pero legible.

A continuación, Nagisa le presentó una carta. Una confesión detallada de todos los crímenes de Arata: corrupción, sobornos, extorsión, e incluso la orden del ataque a Karma. Cada palabra una mancha indeleble en su legado. Las manos de Arata temblaban aún más, su rostro pálido. Firmó, la desesperación grabada en cada trazo.

Karma, quien había estado escuchando todo a través del comunicador, sonrió en la oscuridad.

—Excelente trabajo, mi depredador —dijo Karma, su voz llena de admiración y un toque de perversidad.

Nagisa terminó de asegurar los documentos y los guardó cuidadosamente. Luego, se acercó a Arata, quien lo miraba con los ojos desorbitados.

—Esto es por cruzar la línea, Arata —dijo Nagisa, y con un último "aplauso aturdidor", incapacitó al político, dejándolo aturdido e incapaz de oponer resistencia.

Sin dudar, Nagisa desató a Arata de la silla, pero antes de que pudiera caer, lo enganchó a una de las pesadas cortinas de seda que adornaban la ventana panorámica. Con una fuerza sorprendente, izó el cuerpo de Arata, suspendiendo al político inconsciente. Luego, abrió la ventana que daba al vacío de la ciudad.

El viento de la madrugada entró en el despacho. Nagisa empujó el cuerpo de Arata hacia el balcón, y con un empujón final, lo hizo lanzarse al vacío, la cortina de seda arrastrándose tras él, dando la ilusión de una caída accidental o un desesperado acto de autoeliminación.

Desde las alturas, el cuerpo de Arata se precipitó, un punto oscuro que se disolvió en la inmensidad de la noche, estrellándose muy por debajo. En el despacho, Nagisa eliminó cualquier rastro de su presencia, recogiendo las bridas y limpiando sus huellas. Colocó los documentos firmados en un lugar visible.

—Misión cumplida —susurró Nagisa por el comunicador.

—Perfecto —respondió Karma, su voz resonando con una satisfacción palpable.

La noticia de la "trágica muerte" de Arata, un aparente suicidio tras la revelación de una "confesión" de sus crímenes y la donación de su fortuna, sacudiría los cimientos de la ciudad. Pero nadie sabría la verdad. Nadie sabría que fue la venganza de un "educador" subestimado y el amor protector de un demonio, desatados contra un hombre que se atrevió a herir a Karma.

 Arata había pagado un precio mucho más alto que la muerte: había perdido su legado, su reputación y todo lo que había acumulado, todo ello orquestado por un "monstruo" que él mismo había despertado.

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