Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 7: La biblioteca
Pasaron varias semanas desde la amenaza de Sera.
Semanas en las que Kael se movió como una sombra aún más discreta, si eso era posible. Sus idas y venidas por el palacio eran un susurro, un roce de tela contra piedra, una cabeza gacha que nadie recordaba haber visto. La mujer de pelo gris dejó de dirigirle la palabra directamente; se limitaba a dejar listas de tareas clavadas en su puerta con un cuchillo oxidado. Perfecto. Menos interacción, menos riesgo.
Pero las noches seguían siendo suyas.
Desde aquella conversación escuchada en los jardines, una idea no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Lyra aguanta hasta el final, las demás se desmayan después de un par de horas. Esa era la clave. La favorita no era solo dulce y hermosa; era fuerte. Resistente. Capaz de soportar lo que otras no podían.
Kael se miró en el espejo roto. El cuerpo que habitaba era delicado, sí, pero no tenía por qué seguir siendo débil.
Así que empezó a entrenar.
No era un entrenamiento de guerrero, no tenía espadas ni campo de batalla. Era algo más íntimo, más secreto. Cada noche, cuando la última vela se apagaba en su habitación, Kael se ponía en movimiento. Flexiones contra la pared. Sentadillas lentas, profundas, hasta que los muslos le ardían. Posturas de equilibrio sobre una pierna, sosteniendo la respiración. Estiramientos que alargaban los músculos y enderezaban la espalda. Nada que dejara marcas visibles, nada que delatara su propósito. Pero noche tras noche, su cuerpo respondía.
Los brazos ya no temblaban al sostener el cubo de agua. Las piernas aguantaban horas arrodillado sin quejarse. Y cuando estaba solo, cuando nadie podía verlo, se mantenía erguido frente al espejo, hombros atrás, barbilla arriba, sintiendo cómo su columna se acostumbraba a esa posición.
No seré una guerrera del norte, pensaba mientras el sudor resbalaba por su espalda. Pero no me desmayaré después de un par de horas. Eso, al menos, puedo controlarlo.
El control de las feromonas también seguía perfeccionándose. Lo que antes requería concentración intensa ahora fluía con naturalidad. Lavanda para calmar, almizcle para atraer, y la capacidad de dosificarlos con la precisión de un orfebre. Un hilo apenas perceptible, un susurro en el fondo de la lavanda. Suficiente para despertar el instinto, pero no para alertar la razón. Su arma estaba lista.
Ahora solo falta el objetivo, pensaba cada noche antes de dormir.
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Mira le había confirmado los hábitos del Emperador: todas las tardes, después de las audiencias, Ethan se retiraba a la biblioteca del palacio. Pasaba allí una o dos horas, solo, leyendo mapas y crónicas. Nadie podía molestarlo. Las concubinas tenían prohibido entrar.
Pero los sirvientes podían.
Kael averiguó qué días se encendían las velas y se reponía la leña de la chimenea. Consiguió que la mujer de pelo gris lo asignara a esa tarea. Y una tarde, en lugar de ir a la hora habitual, se presentó dos horas antes.
—Terminaré pronto y no molestaré a nadie —dijo con su voz sumisa cuando el encargado de las llaves le preguntó.
El hombre se encogió de hombros. Los sirvientes eran invisibles, daba igual cuándo hicieran su trabajo.
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Esa mañana, antes de salir, Kael abrió el viejo baúl de madera desportillada donde guardaba sus escasas pertenencias.
En el fondo, doblada con cuidado, estaba la túnica que Mira le había conseguido semanas atrás. Gris oscura, sencilla, sin bordados ni adornos. Pero limpia. Entera. La tela, aunque desgastada por el uso, era de una calidad mucho mejor que los harapos que había llevado hasta entonces.
Mira la había rescatado de los almacenes de ropa usada, donde iban a parar las prendas que las concubinas desechaban. Iban a quemarla, pero ella la vio, recordó el estado de la túnica de Kael, y la tomó para él.
—No es nueva —le había dicho al entregársela—. Pero está mucho mejor que la tuya. Y para lo que te toca hacer, nadie va a fijarse en si es nueva o vieja.
Kael había guardado la túnica esperando el momento adecuado. No quería usarla para las tareas diarias, para fregar suelos o vaciar braseros. La estaba reservando para cuando realmente importara.
Hoy era ese día.
Se la puso y se miró frente al espejo roto durante un largo rato.
El cambio era sutil, pero existía.
El cabello, limpio y cepillado, caía lacio hasta los omóplatos, con esos reflejos azulados que aparecían cuando la luz le daba en el ángulo correcto. Las uñas, por fin, habían crecido sanas. La piel del rostro, aunque aún pálida, había perdido ese tono cetrino de la mala alimentación. Y la túnica, aunque humilde, le daba un aire… digno.
No soy un mendigo, pensó. No soy un despojo. Soy un omega de séptimo rango que cumple con sus tareas.
Y hoy, un omega así puede presentarse donde sea.
Salió de la habitación.
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La biblioteca era inmensa.
Techos altos, estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, una gran mesa en el centro con pergaminos desplegados y una chimenea de piedra apagada. Olía a papel viejo, a tinta, a polvo y a algo más profundo, algo que Kael reconoció como el rastro de feromonas de Ethan. Madera de agar. Poder. Imposición.
El olor se quedaba en las habitaciones mucho después de que él se fuera.
Kael dejó su bandeja de velas junto a la chimenea y se puso a trabajar. Primero encendió el fuego, con movimientos pausados pero eficientes. Luego fue lámpara por lámpara, reponiendo las velas gastadas, asegurándose de que todo quedara perfecto.
Cuando terminó, aún tenía tiempo, más de una hora antes de que el Emperador llegara.
Se limpió las manos en la túnica y recorrió la sala con la mirada, había estudiado este momento durante días. Sabía exactamente lo que necesitaba.
Las estanterías del fondo. Las de geografía.
Se acercó con paso tranquilo, deslizando los dedos por los lomos de los libros. Fingió buscar, aunque ya sabía cuál iba a elegir. Un volumen grueso, encuadernado en cuero oscuro, con mapas plegados y explicaciones sobre las minas del norte. Lo había visto una tarde, cuando limpiaba cerca de la biblioteca, y desde entonces supo que sería el indicado.
Lo tomó, lo abrió por una página cualquiera, y se sentó en el suelo, apoyado contra la estantería.
Y esperó.
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El tiempo pasó lento. Kael mantenía la postura, los ojos fijos en el libro, pero su mente estaba en alerta. Escuchaba cada ruido, cada paso en el pasillo, cada cambio en el aire.
Cuando por fin la puerta se abrió, su corazón dio un vuelco.
No levantó la vista. Siguió con la mirada en el libro, como si estuviera absorto en la lectura, como si no hubiera oído nada.
Los pasos de Ethan resonaron en el suelo de piedra. Firmes. Pausados. Seguros. Se detuvieron un momento, probablemente al ver la chimenea encendida y las velas nuevas, y luego continuaron hacia la mesa central.
Kael esperó.
Pasaron unos segundos. Luego una voz, profunda y grave, rompió el silencio:
—¿Quién eres tú y qué haces aquí?
Kael levantó la cabeza con un sobresalto perfectamente calculado. Sus ojos se abrieron como platos, su cuerpo dio un pequeño salto, y cerró el libro de golpe, casi dejándolo caer.
—¡Majestad! —exclamó, y su voz salió temblorosa, asustada—. Yo… yo no sabía… discúlpeme, por favor…
Se puso en pie de inmediato, inclinándose en una profunda reverencia, la cabeza casi tocando las rodillas. La postura perfecta del omega que ha sido sorprendido donde no debe estar.
Ethan no dijo nada. Kael sintió su mirada pesando sobre él.
—Me enviaron a cambiar las velas y encender la chimenea —dijo, sin levantar la cabeza—. Ya terminé, pero… vi los libros y… —tragó saliva—. No debí quedarme. Lo siento, Majestad.
—Levántate.
Kael obedeció, pero mantuvo la vista baja, los hombros ligeramente encogidos, el libro aún apretado contra su pecho como si fuera un escudo.
Ethan lo observó en silencio. Sus ojos recorrieron la figura del omega: la túnica gris, humilde pero limpia; el cabello oscuro y lacio; las manos sujetando el libro con ese temblor apenas perceptible.
—¿Cómo te llamas?
—Kael, Majestad. —Hizo una pausa, y añadió con voz aún más sumisa—: Concubino de séptimo rango. Fui… fui un regalo de las Tierras del Sur. Hace unos años.
Ethan frunció el ceño un instante. Las Tierras del Sur. Recordaba vagamente aquel tratado, aquellos regalos enviados para sellar la paz. Joyas, telas, animales exóticos… y personas. Entre ellas, le habían dicho, un omega hombre, pero él nunca lo había recibido, nunca lo había visto. No era de su interés.
—Las Tierras del Sur —repitió, como si la memoria le llegara a cuentagotas—. Sí. Hace tiempo de eso.
—Sí, Majestad.
Silencio.
Kael sintió la mirada de Ethan desplazarse, bajar hasta el libro que aún sostenía contra el pecho.
—¿Qué lees?
Kael dudó un instante, como si la pregunta lo hubiera pillado desprevenido. Luego bajó el libro y miró la portada.
—Geografía de las provincias del norte, Majestad. Y… y algo sobre minería.
Ethan arqueó una ceja. El gesto era pequeño, casi imperceptible.
—¿Te gusta la geografía?
—Me interesa, Majestad. Nada más.
Ethan dio un paso hacia él y extendió la mano. Kael le entregó el libro con un ligero temblor en los dedos. El Emperador lo hojeó un momento, pasando páginas, deteniéndose en algún mapa.
—Este libro es complejo —dijo sin levantar la vista—. Sin conocimientos básicos de geografía y geología, no entenderías ni una palabra.
Levantó la mirada. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Kael, grises, claros, por un instante fugaz.
Kael mantuvo la expresión de omega asustado, pero por dentro, su mente trabajaba a toda velocidad.
—Es algo de lo que entiendo bastante, Majestad —dijo en voz baja, pero sin titubear—. Siempre me ha gustado aprender y como soy de las Tierras del Sur, quería documentarme sobre las del norte. No las conozco.
Ethan lo miró un instante más. Luego volvió a hojear el libro, como si buscara algo.
—¿De dónde sacaste esto?
—De la estantería del fondo, Majestad. La de geografía. Pensé que… como usted no había llegado aún, podría… —se encogió de hombros, como disculpándose—. No volverá a pasar.
Ethan cerró el libro y se lo devolvió.
—Puedes leer lo que quieras. Mientras no molestes.
—Gracias, Majestad.
Kael sujetó el libro contra su pecho e hizo una nueva reverencia, más breve.
—Con su permiso, Majestad, debo retirarme.
Sin esperar respuesta, retrocedió dos pasos y se giró hacia la puerta. Sus movimientos eran rápidos, eficientes, los de alguien que no quiere abusar del tiempo del Emperador.
Cuando llegó a la salida, se detuvo un instante y volvió a inclinarse.
—Que tenga buena tarde, Majestad.
Y salió.
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Ethan se quedó solo en la biblioteca.
Por un momento no se movió. Solo miró la puerta por donde había desaparecido ese omega de túnica gris y ojos que apenas había podido ver.
Kael. De las Tierras del Sur. Concubino de séptimo rango.
Leyendo geografía y minería.
Se sentó en su sillón habitual, pero no cogió ningún pergamino. Su mente seguía en ese encuentro.
Las omegas suelen leer otras cosas, pensó. Poesía. Novelas románticas llenas de palabras cursis y acciones predecibles. Demasiado perfectas, demasiado estudiadas. Igual que su comportamiento. O libros de etiqueta, para aprender a inclinarse en el ángulo exacto.
Pero este… este lee sobre minas. Sobre geología. Y cuando habla, no parece estar representando un papel. No sabía que estaba ahí. Parecía asustado, sí. Pero cuando dijo "entiendo bastante"… no dudó. Como si fuera verdad.
Un omega que sabe de geología. Que se queda a leer en una biblioteca. Que se va sin pedir nada.
Raro. Diferente.
Por primera vez en mucho tiempo, algo había roto la monotonía de su tarde.
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En el pasillo, camino de su habitación, Kael caminaba con paso ligero, el libro aún en las manos. Su rostro mostraba la expresión neutra del sirviente invisible, pero por dentro…
Por dentro sonreía.
Lo ha visto. La túnica, el libro, la conversación. La sorpresa en su cara cuando supo que entendía.
No le he pedido nada. No me he ofrecido. Solo he sido un omega que lee cosas raras y se va.
La curiosidad está plantada. Ahora solo falta regarla.
Llegó a su habitación, cerró la puerta y se sentó en la estera con el libro abierto.
No era fingido., realmente le interesaba. En su vida anterior, Angelo había aprendido que el conocimiento era poder. Saber de qué hablaban los hombres ricos, entender sus negocios, sus preocupaciones, sus ambiciones… eso era lo que le abría puertas.
Ahora tenía que aprender de este mundo. Sus mapas, sus minas, sus guerras, sus recursos.
Para cuando él quiera hablar, yo tendré algo que decir.
Pasó una página y siguió leyendo.
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