Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 22: El Triángulo de las Bermudas
La lluvia golpeaba los ventanales del ático de Mateo y Adrián con una violencia rítmica, como si quisiera entrar y lavar los pecados que empezaban a acumularse en el salón. Javier se había marchado para vigilar los movimientos de Donato, pero había dejado una "bomba" en la sala: Lucía no tenía a dónde ir. Aegis Corp la estaba cazando por soplona, y el único lugar con seguridad de grado militar en la ciudad era el refugio de los hombres que una vez amó y traicionó.
La invasión del espacio sagrado
El ático, que siempre había sido el santuario de la pareja, se sentía de repente pequeño. Lucía estaba sentada en el sofá de cuero italiano, envuelta en una de las camisas de seda de Adrián. El contraste era perturbador.
Mateo estaba en la cocina, preparando café con movimientos mecánicos. Sus ojos no dejaban de observar a Lucía a través del cristal de la barra. Ella representaba una época en la que él aún no sabía que podía ser el dueño de su propio destino; ella era el recordatorio de su debilidad.
Adrián entró en la estancia, con el cabello mojado y la camisa entreabierta. La tensión sexual en la habitación era un cable de alta tensión a punto de romperse. Lucía levantó la vista y sus ojos recorrieron el torso de Adrián con una familiaridad que hizo que Mateo apretara la taza de café con fuerza.
—Es irónico, ¿no creen? —dijo Lucía, su voz arrastrada y melancólica—. En el colegio, yo era el puente entre ustedes dos. Ahora, soy la grieta.
El juego de las provocaciones
Adrián se sirvió un trago de whisky, ignorando el café de Mateo. Se sentó en el sillón frente a Lucía, cruzando las piernas con esa elegancia depredadora que había perfeccionado.
—No te equivoques, Lucía —dijo Adrián—. No estás aquí por nostalgia. Estás aquí porque eres nuestra única tarjeta de acceso a Aegis. En el momento en que Mateo descargue el servidor, estarás en un avión hacia Suiza.
Lucía soltó una risa seca y se puso de pie, caminando hacia Adrián. Se inclinó sobre él, dejando que el aroma de su perfume —el mismo que usaba a los diecisiete años— llenara el espacio.
—Sigues siendo tan arrogante, Adrián. Pero ambos sabemos que Mateo no me mira como a una herramienta. Me mira con culpa. —Se giró hacia Mateo—. ¿Verdad, Matt? Todavía te preguntas qué habría pasado si no hubieras elegido el caos.
Mateo dejó la taza sobre la barra con un golpe seco. Caminó hacia ellos, rodeando a Lucía hasta quedar frente a Adrián. La dinámica de poder en la habitación cambió. Era un triángulo de deseo, resentimiento y necesidad.
—Lo que siento por ti, Lucía, es lástima —dijo Mateo, aunque su voz traicionaba una pizca de la vieja agitación—. Lástima porque crees que puedes usar el pasado para desestabilizarnos. Adrián y yo hemos pasado por incendios que tú ni siquiera podrías imaginar.
El suspenso en la piel
La noche avanzó, pero nadie dormía. La casa de seguridad estaba en alerta máxima. Mateo se encerró en su estudio para rastrear los movimientos de Donato, pero la puerta se abrió silenciosamente. No era Adrián.
Lucía entró y se apoyó contra el escritorio. La luz de los monitores bañaba su rostro de un azul espectral.
—Él no te merece, lo sabes —susurró ella, acercándose a Mateo—. Adrián es un De la Vega. Tarde o temprano, el ADN ganará. Te destruirá como su padre destruyó a mi familia.
Mateo no se movió cuando ella puso una mano sobre su hombro. La piel de Lucía estaba fría.
—Él no es su padre.
—¿Estás seguro? —Lucía se inclinó, sus labios rozando la oreja de Mateo—. ¿O es que te gusta el peligro? ¿Te gusta saber que el hombre que duerme a tu lado es capaz de apretar el gatillo?
En ese momento, Adrián apareció en el umbral. Su mirada era puro fuego. No dijo nada, pero la atmósfera se volvió eléctrica. Lucía sonrió, sabiendo que había logrado su objetivo: sembrar la duda. Se retiró con elegancia, dejando a los dos hombres solos en la penumbra tecnológica.
La colisión de los amantes
Adrián cerró la puerta con llave y caminó hacia Mateo. Lo agarró por la nuca con una posesividad que bordeaba la violencia. El beso que siguió no fue de amor, fue de reafirmación. Fue una lucha por el control, una forma de borrar el rastro de Lucía de la habitación.
—Ella no se queda ni un minuto más de lo necesario —gruñó Adrián contra los labios de Mateo—. Me importa un bledo Aegis o Donato. Ella está intentando meterse en tu cabeza.
—Ya está en mi cabeza, Adri —respondió Mateo, jadeando—. No por ella, sino por lo que representa. Donato está libre. El "Archivo Cero" ha vuelto. Lucía es solo el síntoma. La enfermedad es que nunca dejamos de ser sus víctimas.
Se entregaron el uno al otro sobre el escritorio, rodeados de pantallas que mostraban códigos de seguridad y mapas de calor de la ciudad. Fue un acto desesperado, una forma de recordarse que, a pesar de las intrusiones del pasado, sus cuerpos hablaban un idioma que nadie más podía entender. La tensión de tres se resolvía en la unión de dos, pero el eco de la presencia de Lucía seguía flotando en el aire.
El giro inesperado
A las 4:00 a.m., una alerta roja estalló en la pantalla principal. No era un ataque externo. Era una comunicación interna.
Lucía, desde la habitación de invitados, había activado un protocolo de transmisión. Mateo corrió al teclado, sus dedos volando para interceptar la señal.
—¡Maldita sea! —gritó Mateo—. ¡No estaba pidiendo ayuda! ¡Estaba enviando nuestra ubicación!
—¿A quién? —preguntó Adrián, cargando su arma.
Mateo miró la pantalla con horror. El destinatario no era Aegis. No era Donato. El mensaje había sido enviado a una cuenta encriptada que Mateo reconoció de sus años de investigación más oscuros.
—A la Interpol —dijo Mateo—. Lucía no es una fugitiva de Aegis. Es una agente encubierta. Nos ha estado tendiendo una trampa desde el primer momento para entregarnos como los autores intelectuales del colapso de la constructora original.
En ese momento, el sonido de helicópteros empezó a retumbar sobre el ático. Lucía salió al pasillo, ya no con una camisa de seda, sino con un chaleco táctico que había ocultado en su maleta.
—Lo siento, chicos —dijo ella, apuntándoles con una pistola—. Pero alguien tiene que pagar por los mil capítulos de crímenes que dejaron atrás. Y yo voy a ser la que cobre la recompensa.