En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 13
El rugido de los motores del jet era lo único que llenaba el pesado silencio de la cabina principal. El señor Morozov se había encerrado en su oficina privada al frente del avión, dejando a las tres mujeres en un triángulo de tensión insoportable.
Rosalie intentaba concentrarse en un libro, pero sentía la mirada de Anya clavada en su nuca como un cuchillo. Alex, agotada por la falta de sueño y el dolor de su hombro, se había quedado medio dormida en el asiento de al lado, con la cabeza apoyada en la ventana.
A los cuarenta minutos de vuelo, Rosalie se levantó para ir al baño. Apenas cerró la puerta de madera fina del pequeño cubículo, escuchó el "click" del seguro exterior. Anya no la había dejado entrar sola; se había colado tras ella con una agilidad sorprendente.
—Escúchame bien, muerta de hambre —susurró Anya, acorralando a Rosalie contra el lavabo de mármol. El olor a flores de Anya ahora era rancio, casi tóxico—. Crees que porque Alex te compró ropa cara y un boleto de avión ya eres alguien. Pero en Rusia, las gamas como tú terminan en la calle o desaparecidas en la nieve.
Rosalie soltó una risa seca, sin mostrar ni un gramo de miedo.
—Anya, ¿verdad? Tienes un olor muy dulce, pero tus palabras son muy amargas. Si Alex me quería allá, por algo será. Tal vez ya se cansó de tu "leche de almendras".
Anya, fuera de sí por el comentario, levantó la mano para abofetearla, pero Rosalie le sujetó la muñeca con una fuerza que Anya no esperaba.
—No lo intentes —advirtió Rosalie con voz de acero—. No soy la chica débil que tu suegro cree.
En ese momento, la puerta del baño se abrió de golpe. Alex estaba allí, pálida y con los ojos inyectados en sangre. No dijo nada, simplemente agarró a Anya por el hombro y la sacó del baño de un tirón.
—¡Alex, ella me agredió! —chilló Anya, fingiendo lágrimas—. ¡Mira cómo me tiene la muñeca!
—¡Basta, Anya! ¡Vete a tu asiento ahora mismo si no quieres que te baje en la próxima escala técnica! —rugió Alex.
Anya, al ver que su táctica de "víctima" no funcionaba con una Alex tan furiosa, se fue pisando fuerte hacia el fondo del avión.
Rosalie salió del baño, arreglándose la gabardina. Miró a Alex y notó algo extraño. La heredera estaba apoyada contra la pared, respirando con dificultad, y un pequeño rastro de sangre empezaba a manchar la parte trasera de su camisa impecable. El esfuerzo de jalar a Anya había reabierto la herida del hombro.
—Estás sangrando de nuevo —dijo Rosalie, acercándose con preocupación.
—No es nada... —intentó decir Alex, pero se tambaleó.
Rosalie la tomó de la mano y la llevó hacia los asientos del fondo, los que estaban más alejados de la vista de Anya. Con cuidado, le desabrochó los primeros botones de la camisa para revisar el vendaje.
—Tienes que dejar de hacer esfuerzos, idiota —susurró Rosalie mientras limpiaba la zona con unas gasas del botiquín del avión—. Si te desmayas, ¿quién me va a proteger de esa loca en Rusia?
Alex la miró, y por un segundo, el frío de sus ojos de hielo se derritió.
—Te traje conmigo porque no podía dejarte ahí, Rosalie. Aunque el mundo entero se me venga encima... prefiero pelear con mi padre y con Anya que vivir un día más sin sentir tu aroma.
Anya, desde su asiento, observaba por el reflejo de la ventana cómo Rosalie tocaba la piel desnuda del hombro de Alex. El odio en su mirada ya no era solo de una prometida despechada; era el de alguien que estaba dispuesta a quemar el avión entero con tal de no verlas juntas.
(“Disfruta tus caricias, Rosalie...”, pensó Anya mientras sacaba su teléfono para enviar un mensaje cifrado a alguien en Moscú. “Porque cuando bajemos de este avión, lo primero que verás será el infierno”).