Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 20
Se aparta un poco y me toma la cara. Sus manos están calientes, contrastando con mis mejillas gélidas. La sensualidad de la noche se tiñe de una urgencia protectora. Me besa con una pasión que sabe a despedida y a resistencia. Es un beso que dice que, aunque el mundo exterior se derrumbe, aquí seguimos siendo ley.
Sus manos bajan hacia el cierre de mi vestido con una rapidez hambrienta. Esta noche, el sexo no es solo placer; es un acto de reafirmación. Necesito sentir su peso sobre mí para saber que sigo existiendo. Necesito que sus dedos marquen mi piel para tener una prueba de que este mundo es el real, y el de la cena de gala es el fantasma.
Mientras nos fundimos en la penumbra, miro sus manos apretando las mías contra el colchón. Sus venas marcadas, el pulso rítmico bajo su piel... me aferro a él como si fuera lo único sólido en un universo de sombras.
—No dejes que me encuentren —le pido entre gemidos.
—Nunca —promete él.
Pero fuera, en el pasillo, el silencio del club se siente más frágil que nunca. La grieta en la máscara se ha convertido en una brecha, y el miedo al rechazo de quien soy realmente empieza a mezclarse con el terror puro a ser descubierta. La colisión ha comenzado.
El silencio de la oficina un lunes por la mañana suele ser mi refugio, pero hoy se siente como una emboscada. Cada vez que el ascensor se abre al final del pasillo, mi cuerpo se tensa. Me descubro escaneando los rostros de los mensajeros, de los clientes nuevos, buscando un rastro de reconocimiento que me destruya.
"Alguien está preguntando por la chica de la peluca roja". Las palabras de Elena se repiten en mi cabeza como un mantra maldito.
Estoy sentada frente a una montaña de expedientes sobre propiedad intelectual, pero mis dedos no dejan de juguetear con el borde de mi manga. Me pregunto si he dejado algún rastro. ¿Un perfume? ¿Una forma de caminar? ¿Acaso el sándalo de él se ha quedado impregnado en los poros de mi piel de una manera que solo los que me conocen de verdad pueden notar?
—Alicia, el Sr. Garrido está en la sala tres. Quiere revisar los términos de la fusión antes de la firma —dice mi secretaria por el intercomunicador.
Me levanto, aliso mi falda de tubo gris y respiro hondo. Cruzo el pasillo con la barbilla alta, la máscara de abogada impecable soldada a mi rostro. Pero al entrar en la sala, el aire se me escapa.
El Sr. Garrido está de espaldas, mirando por el ventanal. Lleva un traje de sastre azul oscuro y tiene las manos cruzadas tras la espalda. Por un segundo, una fracción de segundo aterradora, su postura me recuerda a la de Él en la habitación 402. Siento un vértigo violento. ¿Y si es él? ¿Y si el hombre que me sostiene en la oscuridad es el mismo que ahora se gira para discutir porcentajes de acciones?
Cuando Garrido se da la vuelta, la realidad me golpea. Es un hombre de sesenta años, de mirada cansada y gestos lentos. No es él. El alivio es tan intenso que me obliga a apoyarme en la mesa de juntas.
—¿Se encuentra bien, licenciada Vázquez? —pregunta con cortesía.
—Perfectamente, Sr. Garrido. La luz del ventanal me ha deslumbrado un momento. Empecemos.
Pasamos dos horas desglosando cláusulas. Mi mente funciona en piloto automático mientras mi corazón sigue latiendo en el club. Al salir de la reunión, paso por el despacho de mi padre. La puerta está entreabierta y lo oigo hablar por teléfono. Su tono es gélido, profesional.
—No me importa el costo. Si hay una fuga de información en la firma, quiero saber quién es el responsable. No toleraré escándalos, y menos ahora que Alicia está subiendo en el escalafón.
Me quedo helada en el pasillo. ¿Se refiere a una fuga de datos... o sabe algo más? La paranoia es un veneno que distorsiona todo lo que escucho. Me retiro a mi despacho y cierro la puerta con llave. Necesito que llegue el viernes, pero ahora el viernes me aterra.
El viernes por la noche, el ritual de la peluca roja se siente como una traición a mi propia seguridad. Mis manos tiemblan tanto que el labial rojo se sale ligeramente de la comisura. Lo limpio con furia. El simbolismo del rojo hoy no es de libertad, es de sangre expuesta.
Llego a Anónimos mirando por encima del hombro. El portero me asiente, pero hoy me pregunto cuánto cuesta su silencio. Entro en la 402 y la oscuridad me abraza, pero ya no me calma.
Él está allí. Siente mi agitación antes de que yo diga una palabra. Se acerca y me toma de las manos. Sus dedos largos rodean mis muñecas y, por un segundo, me fijo en su pulso. Es constante, fuerte. Es lo único real en este mundo de sombras.
—Estás huyendo de algo —dice, y su voz es una caricia áspera en la penumbra—. No es solo el cansancio de la semana. Es miedo.
—Siento que las paredes se cierran —confieso, pegando mi frente a su pecho desnudo—. Siento que afuera alguien camina sobre mis huellas. Tengo miedo de que un día entres por esa puerta y no sea yo quien esté aquí, sino el fantasma de quien todos esperan que sea.
Él me levanta el rostro con suavidad. Sus manos están calientes, protectoras.
—Si el mundo de afuera intenta entrar aquí, lo quemaremos juntos —murmura.
Me besa con una urgencia que me hace olvidar el pánico. Sus manos viajan por mi espalda, desabrochando el vestido con una destreza que me deja expuesta. La sensualidad de esta noche es desesperada. Cada roce de su piel contra la mía es un intento de sellar las grietas, de recordarme que, al menos aquí, sigo siendo dueña de mi deseo.
Nos movemos sobre la cama en un ritmo frenético. Sus manos sujetan las mías contra el cabecero de la cama, y esa restricción es el único alivio que encuentro: si él me sujeta, no puedo desaparecer. Me fijo en el detalle de su anillo, una banda de plata lisa que brilla débilmente. Me pregunto si ese anillo lo usa en su vida gris, si alguien más reconoce ese brillo.
El placer estalla en la habitación, pero cuando el silencio vuelve, la ansiedad regresa con él. Me quedo abrazada a él, escuchando el eco de unos pasos en el pasillo del club que no existen, pero que mi mente fabrica para torturarme.
—No te vayas todavía —me pide, apretándome contra él.
—Tengo que volver a la máscara —susurro, sintiendo que el rojo de mi peluca empieza a pesar como el plomo.
La grieta ya no es una línea fina; es un abismo que amenaza con tragarme. Y lo peor es que, cuanto más miedo tengo de ser descubierta, más necesito el refugio de sus brazos. Soy una adicta corriendo hacia el fuego mientras su casa se quema.