Anastasia solo quería un café tranquilo y quizás encontrar la oferta del 2x1 en su supermercado. En cambio, terminó siendo el centro de atención de siete hombres que parecen sacados de una fantasía... o de un manicomio con buena genética.
Un millonario excéntrico, un artista bohemio dramático, un científico genio con alergia social, un chef que solo cocina para ella, un guardaespaldas estoico que le tiene miedo a los gatos... ¿y la lista sigue? Anastasia intentará mantener la cordura (y su espacio personal) mientras su "harem" compite por su afecto de las maneras más hilarantes y desastrosas imaginables.
¿Podrá encontrar el amor verdadero o solo una gran factura de terapia?
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Capítulo 5: Datos y Destino: La Proposición Científica de Silas
Después de la épica saga del "Retrato Robado" (o mejor dicho, "Recolocado"), Anastasia pensó que podría haber un breve período de tregua. Se equivocó. Si el arte de Caleb era una tormenta pasional, la ciencia de Silas Cortex era una lluvia constante de datos, gráficos y algoritmos, todos dirigidos hacia ella, la "variable principal" en su más ambicioso experimento: el afecto humano.
Silas no era de gestos grandilocuentes como Max, ni de pasiones teatrales como Caleb, ni de seducciones culinarias como Nico, ni de protecciones estoicas como Rocky. Su método de cortejo era la lógica, el análisis y la optimización. Él creía firmemente que el amor, o al menos la compatibilidad, podía ser cuantificado, medido y, en última instancia, programado.
Todo comenzó con una serie de "sugerencias" aparentemente inofensivas. Ana, un día, encontró en su buzón un paquete. Dentro, no había flores ni bombones, sino un conjunto de bolígrafos ergonómicos de última generación y un folleto titulado: "Optimización de la eficiencia en la escritura manual: Un estudio empírico". Incluía un gráfico de sujeta de bolígrafos de Ana, que, de alguna manera, Silas había logrado observar.
Luego vino el "sistema de organización de la nevera". Ana descubrió su refrigerador meticulosamente reorganizado por colores y categorías, con etiquetas que indicaban la fecha de caducidad "óptima" de cada producto y pequeñas bombillas LED que parpadeaban si un artículo estaba "por debajo del umbral de frescura aceptable". Por supuesto, se lo había "instalado" Silas mientras ella estaba trabajando, "para mejorar la conservación de sus alimentos y reducir el desperdicio", según una nota adjunta.
Ana suspiró. La intención era buena, quizás. Pero era... demasiado. Su vida se estaba convirtiendo en un laboratorio de observación.
La primera gran "intervención científica" de Silas se manifestó cuando Ana mencionó casualmente su dificultad para conciliar el sueño algunas noches. A la mañana siguiente, al despertar, encontró su mesita de noche invadida por una colección de artilugios. Había un generador de ruido blanco con 15 configuraciones de "sonido relajante" (incluyendo "lluvia en un tejado de zinc" y "susurros de una biblioteca silenciosa"), un difusor de aromaterapia con una mezcla de lavanda y valeriana ("probado en estudios doble ciego para inducir la fase REM"), y un monitor de sueño con sensores que se pegaban a la frente y enviaban datos directamente a la nube.
"Es para optimizar tu ciclo circadiano y mejorar la calidad de tu descanso", explicó Silas esa noche, apareciendo en su puerta con una tablet. "Según los datos preliminares de tu sueño anoche (los sensores captaron tu fase de latencia), tu pico de actividad cerebral se produce entre las 02:00 y las 03:00. Eso es subóptimo."
Ana lo miró, incrédula. "¿Monitorizaste mi sueño? ¿Y cómo obtuviste los datos?"
Silas se ajustó las gafas. "Las regulaciones de privacidad de datos son complejas, Ana. Pero la ciencia no espera."
Por supuesto, los otros hombres no tardaron en enterarse.
Max le envió un colchón de agua de lujo, con sistema de masaje incorporado y control de temperatura. "El confort no necesita datos, querida. Solo un buen presupuesto."
Caleb le trajo un lienzo en blanco. "El mejor sueño es el que se sueña despierto, Ana. Aquí, pinta tus pesadillas. Conviértelas en arte."
Nico le preparó una infusión relajante de manzanilla y miel. "La naturaleza sabe más que cualquier sensor, mi amor."
Rocky, por su parte, se ofreció a "vigilar" su ventana por la noche, para asegurarse de que no hubiera intrusos que pudieran interrumpir su sueño. Ana le explicó que eso sería aún más perturbador, pero agradeció la intención.
La gran propuesta de Silas llegó una semana después. Ana había aceptado a regañadientes una invitación a cenar con Silas en un "ambiente controlado" (su apartamento, que él había transformado en algo que parecía una cafetería de Silicon Valley). La mesa estaba dispuesta con una precisión geométrica, y cada cubierto parecía haber sido medido con un láser.
"Ana", comenzó Silas, después de servir una cena que, aunque nutricionalmente completa, carecía de cualquier emoción o sabor perceptible. "He estado recopilando y analizando datos sobre nuestra interacción durante las últimas semanas. He observado patrones, correlaciones y tendencias."
Ana tragó un trozo de brócoli cocido al vapor. "Suena... apasionante, Silas."
Silas ignoró su sarcasmo. "He llegado a una conclusión. Basándome en una matriz de compatibilidad de 38 parámetros (incluyendo preferencias de lectura, reacción a estímulos estresantes, patrones de humor y capacidad de procesamiento de información compleja), he determinado que nuestra probabilidad de éxito en una relación romántica a largo plazo es del 87.2%."
Ana casi se atraganta con el brócoli. "¿87.2%?"
"Sí. Es un porcentaje elevado. Considerablemente superior a la media poblacional, que oscila entre el 40% y el 60% para relaciones estables. He aplicado modelos predictivos y algoritmos de machine learning. Los resultados son consistentes." Silas le mostró una gráfica holográfica que flotaba sobre la mesa, con líneas de colores y proyecciones.
"Silas", dijo Ana, intentando mantener la calma. "¿Estás... proponiéndome matrimonio con una hoja de cálculo?"
"No una hoja de cálculo", corrigió Silas. "Es una representación visual de un algoritmo complejo. Y sí, la proposición no es de matrimonio, sino de iniciar una relación bajo los parámetros de optimización que maximicen la felicidad mutua."
Ana no sabía si reír o llorar. "Silas, el amor no es un algoritmo. No es una ecuación."
"Eso es un error común", replicó Silas, ajustándose las gafas. "Las emociones son simplemente reacciones químicas y neuronales. Si podemos entender los patrones, podemos predecir y, con un control adecuado de las variables, influir en el resultado."
En ese momento, se escuchó un golpe en la puerta. Antes de que Ana pudiera levantarse, Max, Caleb, Nico y Rocky irrumpieron en el apartamento. No se sabía cómo lo sabían, pero parecían tener un sexto sentido para las "proposiciones".
"¡Silas!", exclamó Max, su voz resonando en el apartamento. "¿Qué estás haciendo? ¿Le estás ofreciendo a Ana una relación basada en la 'eficiencia'?" Max puso los ojos en blanco. "El amor es desordenado, mi querido científico. Es caos. Es pasión. No tablas y gráficos."
Caleb, con una mirada de horror, se agarró el pecho. "¡Una relación optimizada! ¡Qué horror! ¡Dónde está la angustia, el tormento, la belleza de la imperfección! ¡Ana, no dejes que la ciencia mate tu alma!"
Nico, por su parte, miró la cena de Silas con una expresión de profundo disgusto. "Silas, ¿qué le has dado de cenar a Ana? Esto parece... alimento para conejos. El amor se alimenta de buenos sabores, de la riqueza de la vida, no de datos nutricionales."
Rocky, con su habitual discreción, había escaneado la habitación. "La ventana no está bien sellada. Hay un 0.05% de probabilidad de que un felino pueda entrar." Luego, al ver el holograma de Silas, frunció el ceño. "Esa imagen... ¿es una representación de un plan de huida o un sistema de defensa contra ataques?"
Silas, rodeado por el torbellino de la "irracionalidad", parecía un pez fuera del agua. "Sus argumentos carecen de fundamento empírico. Son reacciones emocionales subjetivas."
Ana, viendo el pánico en los ojos de Silas (un pánico científicamente cuantificable, sin duda), intervino. "Chicos, cálmense. Silas solo estaba... compartiendo sus hallazgos."
"¡Hallazgos de que el amor es una fórmula!", exclamó Caleb. "¡Es una blasfemia!"
Max se acercó a Ana. "Ana, el amor es un viaje en yate por el Mediterráneo, no una ecuación. Te ofrezco ese viaje. Sin algoritmos. Solo sol y champán."
Nico le ofreció un macaron. "El amor es el dulzor de un buen postre, el consuelo de una comida bien hecha."
Ana suspiró. "Silas, aprecio tu esfuerzo. Realmente lo hago. Y tus intenciones. Pero... el amor es más complicado que un porcentaje. No hay un algoritmo que pueda capturar lo que siento, o lo que podría sentir. Y la verdad es que... me gusta el caos. Me gustan las sorpresas. Me gustan las imperfecciones."
Silas se quedó en silencio por un momento, procesando la información. "Entiendo. Entonces, mi hipótesis de 'optimización del afecto' requiere más variables cualitativas y un ajuste en el modelo predictivo. Quizás el factor 'aleatoriedad' y 'sorpresa' debe ser incorporado con un peso superior."
Ana sonrió. "Tal vez. O tal vez, simplemente, el amor no se puede medir."
Silas la miró, y por un breve instante, Ana vio algo más allá de la lógica en sus ojos. Una chispa de curiosidad, o quizás, una pizca de decepción científicamente reprimida. "Un desafío. Interesante."
Los otros hombres se relajaron, aunque no del todo. Max seguía convencido de que su yate era la solución. Caleb ya estaba dibujando un boceto de Ana dando una conferencia sobre "la imperfección del amor". Nico le ofrecía más macarons. Y Rocky, en la distancia, parecía estar instalando una nueva cerradura en la puerta de Ana, con un sensor para "detectar patrones de acercamiento no autorizados".
Ana, con el monitor de sueño, el difusor de aromaterapia y la nevera optimizada, se dio cuenta de que su vida había sido irrevocablemente alterada por la ciencia de Silas. Y aunque a veces era exasperante, también era, a su manera peculiar, un testimonio de que incluso la mente más lógica podía rendirse a la irresistible fuerza del... caos.