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El Sacrificio De Angrod Caranthir

El Sacrificio De Angrod Caranthir

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Amor eterno / Matrimonio entre clanes / Batalla por el trono / Viaje a un mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7 La sombra en el espejo

El sueño de Leila era profundo, sin sueños, un pozo de oscuridad tranquila donde nada podía alcanzarla.

Pero algo la arrancó de él.

No fue un ruido. No fue un movimiento. Fue una sensación, como si el aire cambiara de peso. Abrió los ojos y se quedó inmóvil, escuchando.

Las antorchas azules parpadeaban.

Eso no debería pasar. Las llamas de Hassan no parpadeaban; ardían siempre igual, eternas, impasibles. Pero ahora bailaban nerviosas, proyectando sombras que se alargaban y encogían como dedos hambrientos.

Leila se incorporó lentamente.

Algo estaba mal.

Muy mal.

La puerta de sus habitaciones se abrió sin hacer ruido.

Angrod entró con la espada desenvainada, el rostro tenso, los ojos recorriendo cada rincón de la estancia. No la miró a ella; miraba las paredes, el techo, las ventanas. Buscaba algo.

—No te muevas —ordenó en voz baja.

—¿Qué ocurre?

—Está aquí.

No preguntó quién. Lo supo por la forma en que la oscuridad de las antorchas se volvía más densa, más viva. Por el frío repentino que le recorrió la espalda. Por el olor a tierra mojada y a algo podrido, algo antiguo, algo que no debería existir.

El espejo.

El gran espejo de plata negra colgado en la pared frente a su cama comenzó a ondular.

Leila quiso gritar, pero el sonido se atascó en su garganta. La superficie reflectante ya no devolvía su imagen. Devuelta una masa de sombras que se arremolinaban, que pugnaban por salir, que estiraban zarcillos de humo hacia la habitación.

—Leila —susurró una voz que no era humana, que venía de todas partes y de ninguna—. Por fin. Por fin te encuentro.

Angrod se interpuso entre ella y el espejo.

—No la tocarás —dijo, y su voz era hielo puro.

—Príncipe de la oscuridad rota —rió la voz—. ¿Crees que puedes protegerme de mí? Yo te hice. Tú eres mío.

—No soy nada tuyo.

—Toda la oscuridad que llevas dentro... te la di yo. Y puedo reclamarla cuando quiera.

Las sombras estallaron.

No fue un ataque organizado. Fue una oleada de pura maldad que brotó del espejo como sangre de una herida abierta. Angrod alzó la espada, pero las sombras no eran carne; no se podían cortar. Lo golpearon en el pecho, lo levantaron del suelo, lo estrellaron contra la columna de la cama.

—¡Angrod!

Leila no pensó. No planeó. Solo actuó.

Saltó de la cama y se arrodilló a su lado. Tenía sangre en la frente —se había golpeado al caer—, pero sus manos no temblaron. Lo agarró del hombro, lo forzó a mirarla.

—Mírame —dijo—. Mírame, Angrod. No te vayas.

Él abrió los ojos. Azules, helados, pero vivos.

—Aléjate —susurró—. Todavía puede...

—No me voy a ningún lado.

Detrás de ellos, la risa de la sombra llenó la habitación.

—Qué conmovedor. La humanita defiende a su verdugo. ¿Sabes lo que es, Leila? ¿Sabes lo que ha hecho?

—Cállate —dijo Leila.

—Te ha espiado desde que eras una niña. Te ha visto dormir, vestir, llorar. Te ha deseado en silencio durante doce años. Y te ha traído aquí para que mueras por su reino.

—He dicho que te calles.

—Eres un sacrificio, Leila. Una ofrenda. Y él, tu amado príncipe, te entregará al altar con sus propias manos.

Leila se puso de pie.

No sabía qué iba a hacer. No sabía qué podía hacer. Pero la rabia le quemaba el pecho, más caliente que cualquier luz, más brillante que cualquier magia.

—Puedes decir lo que quieras —dijo, con voz firme—. Puedes retorcer sus palabras, sus actos, su silencio. Pero no sabes nada de él.

—¿Y tú sí?

—Sé que podría haberme dejado morir cuando llegué aquí. Y no lo hizo.

La sombra vaciló.

—Sé que me enseña a defenderme aunque su padre le ordenó mantenerme dócil. Sé que me mira como si yo fuera la única persona real en este mundo de pesadilla. Sé que lleva doce años esperándome, y yo ni siquiera sabía que existía.

Silencio.

—Y sé —continuó Leila, dando un paso hacia el espejo— que tienes miedo.

—¿Miedo? ¿Yo?

—Miedo de que no pueda ser usada. Miedo de que no sea solo una herramienta. Miedo de que el sacrificio no funcione porque yo no soy la víctima dócil que esperabas.

La sombra rugió.

Esta vez el ataque fue directo contra ella. Un zarcillo negro, afilado como una lanza, se lanzó a su garganta.

Pero Angrod fue más rápido.

Se interpuso entre Leila y la sombra, y recibió el impacto en el costado.

La punta negra lo atravesó como si su carne fuera mantequilla. Salió por la espalda, manchada de sangre oscura. Él no gritó. Solo abrió los ojos con sorpresa, como si no esperara que el dolor fuera tan... real.

—Angrod —susurró Leila.

Él cayó de rodillas.

—Ahora sí —dijo la sombra, satisfecha—. Ahora sí te tengo, príncipe. Tu oscuridad será mía. Tu poder, mío. Y la humanita será la llave que abra el camino hacia los dioses.

Leila no escuchaba.

Solo veía la sangre que brotaba del costado de Angrod, empapando su túnica negra, formando un charco oscuro sobre la piedra. Solo sentía el calor de sus manos cuando lo agarró para que no cayera del todo.

—No —dijo—. No, no, no...

—Leila —la voz de él era apenas un susurro—. Vete. Corre.

—No sé dónde ir.

—A cualquier sitio. Lejos de mí.

—No voy a dejarte.

Él la miró. Sus ojos azules, tan fríos siempre, ahora parecían vidrio a punto de romperse.

—Siempre has sido testaruda —susurró, y algo parecido a una sonrisa tembló en sus labios—. Desde pequeña.

—¿Cómo sabes...?

—Después. Si hay después.

Su mano buscó la de ella. Sus dedos sangrientos se entrelazaron con los suyos.

—Dame... dame tu luz —pidió—. Por favor.

Leila cerró los ojos.

Buscó dentro de sí ese río de calor que había descubierto en la biblioteca, esa corriente dorada que llevaba dormida diecinueve años. Lo encontró enseguida, más fuerte ahora, más ansioso.

Sana, pensó. Sánalo. No lo dejes ir.

Y la luz brotó.

No fue un torrente controlado. Fue una explosión que nació de su pecho y se derramó por sus brazos, sus manos, sus dedos entrelazados con los de él. Dorada, cálida, viva.

Angrod arqueó la espalda. No de dolor —de alivio. Un alivio tan intenso que parecía dolor, que parecía libertad, que parecía todo lo que nunca había podido sentir.

La herida en su costado comenzó a cerrarse.

La sombra chilló.

—¡No! ¡No puedes! ¡Esa luz no debería...!

Pero podía.

Leila sintió el poder fluir de ella a él, un puente de luz que conectaba dos almas que nunca debieron encontrarse. Sintió la oscuridad dentro de Angrod, esa cosa negra y hambrienta que lo devoraba desde dentro. Sintió cómo retrocedía ante su luz, no destruida pero sí calmada.

Y sintió algo más.

Sintió doce años de soledad. Doce años de vigilias frente a un cristal. Doce años de amor no correspondido, de deseo contenido, de miedo a ser monstruo.

Angrod, pensó. Angrod, Angrod, Angrod.

Abrió los ojos.

Él la miraba.

La herida estaba cerrada. Aún había sangre, aún había cicatriz, pero ya no manaba. Viviría.

—Para —dijo él—. Ya basta.

—Todavía no estás bien.

—Vas a agotarte.

—No me importa.

Él levantó su mano libre —la que no estaba entrelazada con la de ella— y rozó su mejilla.

—A mí sí —dijo—. Para, Leila. Por favor.

Ella obedeció.

La luz se apagó lentamente, reabsorbiéndose en su piel. Pero no del todo. Quedó un rescoldo, un brillo tenue en sus palmas, en sus dedos, en la forma en que lo miraba.

—¿Quién era ese? —preguntó.

—Malakor —respondió él, con voz fatigada—. El primero de los hechiceros. El que creó mi maldición.

—¿Y qué quiere conmigo?

—Tu sangre. Tu luz. Eres la última de los Aelindel. Puedes abrir el portal a los dioses.

—¿Y tú? ¿Qué quieres tú?

Él no respondió.

Pero su mano seguía en su mejilla. Su pulgar trazaba círculos lentos sobre su pómulo, una caricia inconsciente, hambrienta.

—No lo sé —susurró al fin—. Llevo doce años queriendo algo que no podía tener. Y ahora que lo tengo delante... no sé qué hacer con ello.

Leila sintió su corazón latir en la garganta.

—¿Y si no tuvieras que hacer nada? —preguntó—. ¿Y si solo pudieras... tenerlo?

Él la miró.

Y en sus ojos de hielo, algo se rompió.

—Leila —dijo, y su voz era una oración—. No sabes lo que dices.

—Entonces explícamelo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si empiezo, no podré parar. Y te necesitas entera. Para lo que viene.

Ella sintió el eco de esas palabras en su pecho. Las mismas que él había dicho días atrás. La misma advertencia. La misma promesa.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Quién te necesita a ti?

Él no respondió.

Pero su mano se deslizó de su mejilla a su nuca, tirando suavemente de ella hacia abajo. Sus frentes se tocaron. Su aliento se mezcló.

—Tú —susurró—. Solo tú.

Y entonces, el espejo volvió a ondular.

Ambos se apartaron como si les hubieran lanzado agua helada. La superficie plateada mostraba ahora una figura: un hombre alto, envuelto en sombras, con ojos del color de la sangre coagulada.

Malakor.

—Has ganado esta batalla, príncipe —dijo, con voz que era un susurro y un rugido a la vez—. Pero la guerra apenas comienza. La humanita es mía. Su luz me pertenece. Y tú... tú siempre has sido mío.

—No —dijo Angrod—. Nunca lo fui.

—¿No? Entonces, ¿por qué sigues vivo? ¿Por qué la maldición no te ha consumido aún? Porque yo lo he permitido. Porque te he guardado para esto. Para que seas tú quien me entregue la llave.

El espejo se agrietó.

Las grietas se extendieron como telarañas, y luego, con un sonido de cristal roto, la superficie estalló en mil fragmentos.

Silencio.

Las antorchas azules dejaron de parpadear.

Leila y Angrod quedaron solos, rodeados de esquirlas de plata, respirando el mismo aire cargado de magia y miedo.

—No va a rendirse —dijo ella.

—No.

—¿Y nosotros?

Él se puso de pie con esfuerzo, una mano en el costado aún dolorido. La miró largamente.

—Nosotros —dijo— vamos a sobrevivir.

Leila asintió.

Y aunque no había razón para hacerlo, aunque todo a su alrededor era caos y peligro, ella le creyó.

---

Esa noche, Leila no pudo dormir.

No por miedo a Malakor. No por el dolor residual en sus manos, que aún hormigueaban con la luz que había derramado.

No podía dormir porque seguía sintiendo la mano de Angrod en su mejilla.

El roce de su pulgar.

La forma en que había dicho solo tú.

Doce años, pensó. Doce años esperándome. Doce años amándome en silencio.

Y yo no sabía nada.

Se tocó la mejilla, donde aún parecía quedar el calor de sus dedos.

Pero ahora lo sé.

Y no voy a fingir que no siento lo mismo.

---

Su mano en mi mejilla.

Su voz diciendo "solo tú".

Doce años de silencio rotos en una noche.

Y yo, que vine a este mundo como sacrificio, descubro que quizá —quizá— vine también a ser amada.

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Maria Elena Maciel Campusano
Bueno Leila dió el paso decisivo y se entregó a Agrod ahora juntos enfrentarán al Malechor de Malakor 🤨🤨
Maria Elena Maciel Campusano
Quien lo diría Leila está enamorada de Agrod y él que temía ser rechazado, pero la unión hace la fuerza y quizás unidos logren vencer al tal Malechor perdón Malakor 🤔🤔
Maria Elena Maciel Campusano
🤔🤔🤔 Qué sacrificio tan grande hizo la mamá de Agrod por amor a su hijo, ahora él decidió sacrificar su existencia por amor a Leila 😔😮‍💨
Maria Elena Maciel Campusano
Estuvo interesante todo lo que Leila descubrió a través de leer un libro, pero lo mejor fué cuando Agrod logró hacer que ella despertara su poder🤔🤔
Maria Elena Maciel Campusano
Realmente es una historia interesante, pero mientras no se aclare sobre el dichoso pacto entre el mundo de Leila y el mundo de Agrod, seguiremos junto con Leila intrigados sobre el porqué de su encuentro y de ese pacto🤔🤨🤨🤨
Maria Elena Maciel Campusano
Debe ser muy impactante ser arrebatada de tu vida, de tu hogar, de tus amigos, familia y actividades así nada más 🤨🤨🤨
Lorena Itriago
Excelente Novela, Felicidades
Lorena Itriago
Que pasó con Elara?
welimar hernandez lobo
Buen historia lo malo es que la gente no lo conoce, gracias autora por publicar esto.
Jisieli: También te recomiendo mi otra novela "El Archiduque Bestia y la Esclava"
Feliz tarde 🤗
total 2 replies
Maria Elena Maciel Campusano
Vaya manera de llevarse a Leila a su mundo, fué muy impresionante leer sobre las sensaciones que sentía y la manera en que las sombras la arrastraron hasta cruzar el umbral del espejo 😨😰😱😱
Maria Elena Maciel Campusano
Me atrapó ésta historia, empezó con acción y la manera en que conoció a su destinada☺️👍👍👍
Jisieli
Me pareció encantadora la historia 🤗
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