⚠️🔞🚫La Trampa de la Dulzura.
Christopher es impecable. Cocina para Tayler, lo cuida durante sus celos y lo defiende. Tayler se enamora perdidamente. Sin embargo, detrás de cámaras, el alfa está destruyendo las rutas de suministro del padre de Tayler y manipulándolo para que confiese secretos de la organización "sin querer". El maltrato aquí es la mentira: Christopher desprecia la inocencia de Tayler, viéndola como una debilidad de la sangre de un asesino. CONTIENE MALTRATO EMOCIONAL.🚫🔞⚠️
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Un omega que se negaba a desaparecer del todo
El omega era sometido a un régimen diseñado para anular cualquier rastro de la isla.
Christopher no solo quería el cuerpo de Tayler, quería su biología rediseñada. Para ello, impuso una dieta estricta: alimentos insípidos, cargados de inhibidores químicos que adormecían los sentidos. Pero lo más devastador eran las "vitaminas" que el alfa le obligaba a ingerir cada mañana. Eran drogas experimentales que suprimían la producción natural de feromonas del omega, dejando al omega como una página en blanco lista para ser escrita únicamente por el aroma del alfa.
-Bebe, Tayler.- Ordenaba, sosteniendo el vaso contra los labios del omega -Esto limpiará el rastro de esos extraños que dejaste entrar en tu piel. Pronto, solo olerás a mí.-
Tayler bebía, incapaz de resistir. Bajo el efecto de los fármacos, su mente se sentía llena de algodón. Las imágenes de la isla, que antes eran nítidas, empezaron a verse borrosas, como fotografías expuestas demasiado tiempo al sol. El rostro de Verónica se desdibujaba, su risa se volvía un eco distante.
Christopher aprovechaba este estado de vulnerabilidad. Cada tarde, pasaba horas "preparando" la piel de Tayler. Lo obligaba a bañarse en agua helada con sales que olían a pino, y luego, con el omega temblando y semiinconsciente por las drogas, lo envolvía en su propia ropa usada. Christopher quería que el joven se asfixiara en su esencia de alfa antes de que la marca llegara.
-Mírate- Susurraba, recorriendo con sus dedos la columna vertebral de un chico que apenas podía mantener la cabeza erguida -Ya no queda nada de ese panadero de pacotilla. Estás volviendo a ser lo que siempre fuiste: mi posesión.-
Tayler sentía morir. Cada vez que las manos del alfa lo manoseaban, bajando por sus muslos, apretando sus caderas, trazando círculos obsesivos en su pecho, tocando su entrada. Tayler intentaba gritar internamente, pero su voz no salía. El efecto de las drogas lo mantenía en un estado de parálisis consciente. Podía sentir el asco, podía sentir la repulsión, pero su cuerpo no respondía. Era un prisionero dentro de su propia carne.
Verónica...- intentaba invocar su nombre en la oscuridad de su mente -Verónica, el sol se apaga...
A miles de kilómetros de distancia, en la humedad asfixiante de un puerto clandestino, la Verónica que Tayler recordaba ya no existía. La alfa radiante y alegre de la cocina había sido reemplazada por una mujer de mirada endurecida y una cicatriz en la sien, cortesía de la navaja de Christopher.
Verónica no había muerto. El golpe de Christopher la había dejado en coma durante semanas, pero su instinto de alfa, y algo más profundo, una lealtad que no conocía fronteras, la había traído de vuelta. No descansaría hasta encontrar al hombre de la nieve.
-¿Estás segura de esto, Verónica?- Preguntó un hombre de piel oscura, un contacto del mercado negro que le entregaba un sobre con coordenadas -Entrar en el territorio de Christopher es una misión suicida. Ese hombre no es solo un mafioso, es un fantasma que controla el invierno.-
Verónica tomó el sobre, sus dedos apretándose sobre el papel con una fuerza que hizo crujir sus nudillos.
-Él no se llevó a un omega cualquiera. Se llevó a mi amigo. Se llevó a alguien que estaba empezando a vivir por primera vez.-
Verónica había vendido todo: sus ahorros, su equipo de cocina, incluso su pequeña embarcación, para comprar información. Había rastreado los movimientos de los jets privados de Christopher, las empresas fantasma que suministraban energía a puntos ciegos en el mapa ártico. Sabía que se enfrentaba a un monstruo que tenía ejércitos y fortunas, mientras ella solo tenía su voluntad y un viejo revólver.
-Tayler no sabe que voy.- Dijo Verónica, mirando hacia el horizonte norte, donde el cielo se volvía negro -Probablemente piense que estoy muerta. Pero voy a quemar cada centímetro de esa nieve hasta encontrarlo.-
Christopher entró en la habitación de Tayler, encontrándolo en el suelo, incapaz de subir a la cama debido a la debilidad provocada por la dieta de inhibidores.
El alfa lo levantó como si fuera una muñeca de trapo. El cuerpo de del chico pesaba menos que antes, sus costillas se marcaban. El mafioso sintió una punzada de satisfacción, la fragilidad de Tayler lo hacía sentir omnipotente.
-Mañana es el día, pequeña violeta.- Dijo, sentándolo en su regazo y hundiendo la nariz en su cuello.
El aroma de Tayler era ahora neutro, casi inexistente, una vasija vacía. Christopher comenzó a besar el lugar donde mordería, una y otra vez, dejando que sus colmillos rozaran la piel fina. El omega cerró los ojos, y por un segundo, a través de la niebla de las drogas, una chispa de rebeldía se encendió.
En su mente, vio un destello de luz. No era el sol de la isla. Era el brillo del acero. Vio a Verónica. No la Verónica dulce de la cocina, sino una Verónica guerrera que caminaba sobre el hielo.
"Resiste", pareció escuchar en el viento que golpeaba las ventanas de cristal.
Tayler exhaló un suspiro entrecortado. El alfa, pensando que era una señal de rendición, apretó más su cuerpo contra el suyo, sus manos recorriendo las zonas íntimas de Tayler con una voracidad que anunciaba el fin de la espera.
-Serás mío. Y esta vez, ni siquiera tus recuerdos podrán salvarte.-
Christopher lo arrojó a la cama y salió para dar las órdenes finales. Tayler se quedó mirando la oscuridad, luchando contra el efecto de las drogas. Sus labios se movieron, apenas un murmullo, pero fue la primera vez que habló en días.
-Verónica...- susurró -Ven por mí... antes de que me convierta en nieve.-
La cacería había comenzado. El alfa preparaba sus colmillos, mientras Verónica, a miles de kilómetros, preparaba su fuego. Y en medio de ambos, un omega que se negaba a desaparecer del todo.