León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 7
El corazón de Mateo aún latía con fuerza cuando terminó de hablar con Kim en la enfermería. Las palabras de su amiga resonaban en su cabeza como campanas de advertencia, pero no podía quedarse ahí. Necesitaba encontrar a León. Necesitaba verlo, tocarlo, asegurarse de que estaba bien.
Salió al pasillo y lo vio.
Allí estaba, apoyado contra la pared, los brazos cruzados, esa mirada tormentosa que Mateo conocía tan bien. Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, antes de que pudiera explicar lo de sus ojos rojos, lo de su fuerza, lo de su verdadera naturaleza, sus pies se movieron solos.
Lo abrazó.
Lo abrazó con tanta fuerza que sintió el cuerpo de León tensarse por un instante, para luego relajarse por completo contra él. Lo abrazó como si quisiera fundirlo con su propio pecho, como si temiera que al soltarlo, alguien pudiera arrebatárselo de nuevo.
—Tuve miedo —susurró Mateo, su voz ahogada contra el cabello de León—. Tuve tanto miedo de que te hicieran daño.
León cerró los ojos. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, se permitió ser débil. Se permitió dejar caer la armadura, el escudo, la furia. Se permitió ser solo León, el niño asustado que nunca había tenido a nadie que lo sostuviera.
Y se dejó caer en esos brazos que olían a hogar, a seguridad, a ese algo que no sabía nombrar pero que necesitaba como el aire.
—Estoy bien —murmuró contra el pecho de Mateo, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. Estoy bien gracias a ti.
No hizo falta decir más. El abrazo lo decía todo.
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Lo que no vieron, lo que no pudieron ver, fue la figura de Cala observándolos desde la sombra de un árbol cercano. Sus puños estaban apretados con tanta fuerza que las uñas se clavaban en la palma de sus manos, dibujando medias lunas de sangre.
¿Cómo se atreven? pensó, la rabia quemándole las entrañas. ¿Cómo unos miserables Omegas se atreven a dejarme en ridículo?
Observó la escena: León, el Omega rebelde que lo había humillado a golpes, ahora acurrucado en brazos de ese otro Omega de rostro bonito. Se tocaron, se abrazaron, se miraron como si el mundo no existiera más allá de ellos.
Y Cala sonrió. Una sonrisa lenta, cruel, macabra.
Un plan, pensó. Necesito un plan. Algo que los destruya a ambos.
Pero primero, debía decidir por quién empezar. Sus ojos se posaron en Mateo, y la decisión se tomó sola. Sí. Primero iría por el bonito. El débil. El que se había atrevido a desafiarlo en la cancha.
León podría esperar. Su momento llegaría después.
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Dos días más tarde, Mateo se encontraba en el galpón de deportes, guardando el último de los implementos de la clase de gimnasia. El lugar era grande, con olor a caucho y sudor seco, iluminado apenas por unos tubos fluorescentes que parpadeaban de vez en cuando.
No escuchó los pasos acercándose. No vio la sombra hasta que fue demasiado tarde.
El sonido de la llave girando en la cerradura lo hizo girar bruscamente. Y allí estaba Cala, apoyado contra la puerta, con una sonrisa que helaba la sangre.
—Te tengo, Omega bonito —dijo, y sus manos comenzaron a desabrocharse la camisa con una lentitud deliberada, aterradora—. Hoy voy a enseñarte cómo los Alfas deben tratar a los Omegas. Se bueno, pórtate bien... y quizás lo disfrutes. Aunque, la verdad, no importa si lo disfrutas o no. Tu trabajo es servirme.
Mateo lo observó con una calma que Cala malinterpretó como miedo.
Entonces, el Alfa comenzó a liberar feromonas. Una oleada tras otra, diseñadas para someter, para doblegar, para hacer entrar en celo a cualquier Omega en un radio de varios metros. Era su arma secreta, la que siempre funcionaba.
Pero no funcionó.
Las feromonas de Cala llenaron el espacio, espesas, pesadas, abrumadoras. Y Mateo permaneció allí, impasible, mirándolo como si estuviera representando una obra de teatro ridícula.
Cala frunció el ceño. Aumentó la intensidad. Nada. Más feromonas. Absolutamente nada.
—¿Acaso no puedes oler feromonas? —preguntó, su voz teñida de frustración—. ¿Qué clase de Omega eres?
Y entonces Mateo sonrió.
No fue una sonrisa amable, de esas que León conocía. Fue una sonrisa fría, peligrosa, que no llegaba a sus ojos.
—¿Ya terminaste este teatro tuyo? —preguntó, dando un paso adelante.
Cala quiso retroceder, pero su espalda ya estaba contra la puerta. Mateo avanzó con una lentitud deliberada, saboreando cada segundo del miedo que comenzaba a florecer en los ojos del Alfa.
Lo sujetó del cuello.
No con violencia, no aún. Solo lo suficiente para que sintiera el control, para que supiera quién mandaba en ese espacio cerrado.
—Por Alfas nefastos y mediocres como tú —dijo Mateo, su voz grave, peligrosa— es que los Omegas tienen miedo y huyen de nosotros. Por tipos como tú, que creen que el mundo les pertenece, que pueden tomar lo que quieran solo porque la biología los puso en la cima. Eres lamentable.
El puño de Mateo impactó contra el rostro de Cala con un golpe seco, contundente. La cabeza del Alfa se ladeó, un hilo de sangre brotando de su labio partido.
Mateo lo soltó, sacó la llave del bolsillo de Cala y abrió la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.
—Investígame si quieres. Averigua quién soy realmente. Y cuando lo hagas, recuerda esto: si vuelves a acercarte a León, no tendré piedad.
Salió, dejando a Cala en el suelo, confundido, humillado y, sobre todo, furioso.
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Cala no perdió el tiempo. Esa misma noche, usando el dinero de su familia, contrató a un investigador privado. Quería saberlo todo sobre Mateo. Su pasado, su familia, su naturaleza. Todo.
Los resultados llegaron en menos de veinticuatro horas.
Y cuando los tuvo en sus manos, Cala sonrió. Una sonrisa que era puro veneno.
Mateo no solo era Alfa. Era un Alfa de una de las familias más ricas y poderosas de la región. Su apellido abría puertas, cerraba tratos, movía montañas de dinero. Y había estado fingiendo ser un Omega todo este tiempo, engañando a León, haciéndole creer que lo que sentían era "natural" entre dos Omegas.
¿Con que era esto? pensó Cala, riendo entre dientes. El rico heredero haciéndose pasar por Omega para conquistar al rebelde. Qué bonito. Qué romántico. Qué... destructivo.
Guardó el informe con cuidado. Aún no. No era el momento. Pero cuando lo fuera, cuando encontrara la forma perfecta de hacerlo, destrozaría su felicidad con una sola verdad.
Porque León odiaba a los Alfas. Y cuando descubriera que su amado Mateo era uno, y además le había mentido durante tanto tiempo...
Cala casi podía saborear la destrucción.
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Muy lejos de esa tormenta que se gestaba en las sombras, Mateo y León vivían su propio mundo.
Esa tarde, después de las clases, habían subido a la terraza de la universidad. Era un lugar poco frecuentado, con vistas a las montañas que rodeaban la ciudad y un cielo que comenzaba a teñirse de tonos rosados y naranjas.
—Esta vista es tan bonita como tú —dijo Mateo, sin pensar.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Mateo sintió que la sangre le subía a las mejillas, que el calor le quemaba las orejas, que las palabras se atropellaban en su garganta.
—Yo... lo siento —tartamudeó—. No quise decir... bueno, sí quise, pero no quería incomodarte, es que...
León sonrió. Una sonrisa suave, cálida, que iluminaba su rostro de una forma que Mateo nunca había visto.
—Está bien —dijo—. Eres adorable cuando te sonrojas.
Mateo parpadeó. ¿Adorable? ¿Él? ¿León acababa de decir que era adorable?
Pero antes de que pudiera procesarlo, León se movió.
Se acercó a él con una determinación suave, como quien ha tomado una decisión después de mucho tiempo dudando. Y cuando estuvo lo suficientemente cerca, cuando pudo sentir su respiración mezclándose con la propia, se inclinó y lo besó.
No fue un beso tímido. Fue un beso apasionado, profundo, que le robó el aliento a Mateo y se lo devolvió convertido en fuego. Los labios de León sabían a fruta, a deseo, a todo lo que Mateo había soñado pero nunca se había permitido imaginar.
Cuando se separaron, ambos respiraban entrecortadamente.
—¿Esto está bien? —preguntó Mateo, y su voz era un susurro tembloroso—. ¿Estás seguro? No quiero que hagas algo que...
—Está bien —respondió León, y sus ojos brillaban con una luz nueva—. No te preocupes.
Y lo besó de nuevo.
Esta vez, Mateo respondió. Sus brazos rodearon la cintura de León, atrayéndolo más cerca, mientras sus labios se movían en una danza lenta y perfecta. El mundo desapareció. La universidad, los problemas, el secreto que pesaba en su conciencia... todo se desvaneció, dejando solo esto: León en sus brazos, León besándolo, León queriéndolo.
Cuando finalmente se separaron, Mateo apoyó su frente contra la de León y simplemente respiró su presencia. Y entonces lo olió.
Las feromonas de León, antes contenidas, ahora fluían libres, suaves, envolventes. Olían a fresas frescas, recién cortadas, mezcladas con el aroma de la primavera, de las flores después de la lluvia, de todo lo hermoso del mundo.
Primavera, pensó Mateo, con el corazón desbocado. Su estación favorita. La mía también.
—Me gustas mucho —dijo León, y sus palabras fueron simples, directas, sinceras.
Mateo levantó la vista y lo miró. Lo miró como si fuera la cosa más maravillosa que hubiera visto en su vida. Porque lo era.
—Tú también me gustas mucho, León —respondió—. Más de lo que puedas imaginar.
Y lo besó de nuevo, con toda la ternura y la pasión que cabían en su alma.
El atardecer los envolvía en tonos dorados y rosados. El viento soplaba suave, trayendo el aroma de las montañas. Y en esa terraza, en ese momento perfecto, dos corazones heridos comenzaban a latir al unísono.
Pero en las sombras, la verdad acechaba.
Y pronto, muy pronto, tendrían que enfrentarla.
espero el siguiente capítulo