Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 21
Necesitaba calmarse.
Los días en el palacio eran un torbellino de miradas, secretos y peligros. La concubina, la emperatriz, Akino, Ren... todos tiraban de ella desde distintos lados.
Así que fue al jardín.
El jardín de los peces. Ese lugar tranquilo donde el agua cantaba y los colores nadaban sin preocupaciones.
Se sentó al borde del estanque. Tomó un puñado de comida especial para peces —de esa que solo hay en el palacio— y comenzó a lanzarla al agua.
Los peces acudieron como si la conocieran de siempre. Rojos, dorados, blancos con manchas negras. Nadaban en círculos, abriendo la boca, disputándose cada migaja.
—Son bonitos, ¿verdad?
La voz la sobresaltó.
Ai se giró rápidamente.
El emperador.
Estaba ahí, de pie, con la luz de la luna bañando su figura. Sin guardias, sin séquito, sin la parafernalia de siempre. Solo él.
—Su majestad —dijo Ai, inclinándose al instante.
—Estamos solos —respondió él, con una calma que helaba la sangre—. No necesitas tanta formalidad.
Ai se incorporó lentamente.
—Sí, su majestad.
El emperador se acercó al estanque. Miró los peces un momento.
—Son hermosos —dijo—. A veces vengo aquí cuando quiero escapar de todo.
—Los peces son muy lindos —dijo Ai, buscando mantener la conversación en terreno seguro—. Es la primera vez en mi vida que veo peces así. Me gusta alimentarlos.
Él la miró.
Bajo la luz de la luna, sus ojos recorrieron su rostro con una curiosidad que quemaba.
—Nunca antes te había visto —dijo.
—Es que soy nueva en el palacio, majestad.
Él asintió lentamente. Luego dio un paso. Otro.
Levantó la mano y le acarició el rostro.
—Estás fría —dijo.
Y sin esperar respuesta, se quitó la capa que llevaba sobre los hombros y se la puso a ella.
El peso de la tela, el olor de él impregnado en ella, la cercanía... todo hizo que Ai se tensara.
Esto no me gusta, pensó. Esto no es parte del plan.
No quería ser su amante. No quería estar en su cama. No quería deberle nada.
Quería su palacio. Quería su poder. Quería todo lo que él tenía.
Pero no a él.
—Es tarde, majestad —dijo, inclinándose rápidamente—. Debo retirarme.
Se giró y se marchó antes de que él pudiera decir nada más.
Caminó rápido, casi corriendo, sintiendo su mirada en la nuca hasta que dobló la esquina.
Cuando llegó a sus aposentos, arrojó la capa al suelo con desprecio.
—Maldito imbécil —susurró, apretando los puños.
Caminó de un lado a otro de la habitación, como una fiera enjaulada.
No quiero ser tu amante, pensó. No me conviene. No quiero deberte nada. No quiero estar en tu cama como todas las demás.
Se dejó caer en el futón, mirando el techo.
—Quiero que este palacio sea mío —dijo en voz alta, como si las paredes pudieran escucharla—. Solo mío.
Hizo una pausa.
—Yo no seré la sombra de un hombre. Jamás.
El fénix dorado brillaba en su cabello, testigo mudo de su juramento.
Afuera, la luna seguía iluminando el jardín de los peces.
Y el emperador, de pie junto al estanque, sonreía.
—Interesante —murmuró para sí mismo—. Muy interesante.
A la mañana siguiente, Ai despertó con el peso de la noche anterior aún en los huesos.
La capa del emperador seguía en el suelo, donde la había arrojado. La miró un instante, luego la recogió con dos dedos, como si quemara, y la escondió en un armario. Lejos. Fuera de la vista.
No tenía tiempo para pensar en eso.
Hoy debía ayudar a la concubina Tomie a prepararse para pasar la noche con el emperador.
Mientras cepillaba su largo cabello negro, Ai pensaba.
Solo espero que él no sienta interés en mí. Es un drama innecesario. Las concubinas viven peleándose por él como perros por un hueso. Yo no voy a entrar en esa guerra.
—¡Apresúrate! —le gritó Tomie, impaciente—. ¡No puedo hacer esperar al emperador!
—Sí, señora —respondió Ai, apretando los dientes.
La vistió con sedas, la perfumó, la adornó con joyas. La dejó perfecta. Radiante. Lista para su noche.
La acompañó hasta la puerta de los aposentos del emperador.
—Ya se pueden ir —dijo Tomie con desdén, sin siquiera mirarla.
Ai inclinó la cabeza y comenzó a alejarse.
—Tú.
La voz la paralizó.
Se giró lentamente.
El emperador estaba en la puerta, mirándola directamente.
—Entra —dijo—. Sirve el vino.
El corazón de Ai dio un vuelco.
Maldita sea, pensó. Maldita sea, maldita sea, maldita sea.
—Sí, su majestad —respondió, apretando la ropa con fuerza.
Entró tras ellos. Se arrodilló en un rincón, junto a la mesa del vino, con la cabeza baja, intentando ser invisible.
Pero él no le quitaba la mirada de encima.
Tomie lo notó.
—Su majestad —dijo, con una sonrisa forzada—, es mejor que ella se vaya. Así podemos pasar tiempo juntos.
—Cállate —respondió él, sin apartar los ojos de Ai.
Tomie palideció.
—Pero, su majestad...
—Que te calles —la interrumpió, con una voz que no admitía réplica—. Solo quiero beber.
El silencio se hizo denso.
Ai mantenía la cabeza baja, el corazón latiendo con fuerza, las manos quietas sobre las rodillas.
Podía sentir su mirada. Como un peso. Como una promesa. Como una amenaza.
Tomie la miraba con un odio que quemaba.
Y ella, en medio de los dos, solo quería desaparecer.
Pero no podía.
Así que sirvió el vino. Callada. Invisible. Perfecta.
Y esperó.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.