En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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Un viejo amigo
Anya recorrió los pasillos de urgencias a paso veloz, con el sonido de sus propios zapatos golpeando el suelo como si fuera su vida alamqie estuviera en peligro. A su lado, Sandra le entregaba la tableta con los signos vitales del paciente, pero Anya apenas podía concentrarse en las cifras. Su mente seguía en el consultorio, atrapada en la mirada de Ian y en la absurda idea de "deudas pendientes".
—Está en el cubículo cuatro —indicó Sandra, apartando la cortina—. Lo trajeron de una obra en construcción. Una caída de baja altura, pero lo que nos desconcierta es la herida.
Anya entró y se detuvo en seco. El hombre sobre la camilla, pálido y sudoroso, no era un desconocido. A pesar de los años y de la sangre que manchaba su ropa de trabajo, Anya reconoció esa estructura ósea y el cabello rebelde.
—¿Fabián? —susurró, olvidando por un momento su papel de doctora.
Fabián era su mejor amigo del colegio, la persona con la que había compartido tardes de estudio y secretos antes de que la universidad y la vida los distanciaran. Hacía al menos diez años que no sabía nada de él.
—Anya... —la voz de Fabián era un rígido seco. Sus ojos estaban inyectados en sangre y fijos en el techo—. Anya, tenías que ser tú. Él dijo que serías tú.
—Tranquilo, Fabián. Estás en el hospital. Soy yo, estoy aquí —dijo ella, acercándose para tomar su pulso. Notó que su mano derecha estaba envuelta en gasas empapadas en una sangre de un rojo demasiado brillante, casi nacarado.
—No es la caída, Anya... es el brazo. Me quema. Siento que el hierro sigue ahí —deliró Fabián, retorciéndose de dolor.
Anya procedió a retirar el vendaje con cuidado. Lo que vio la dejó sin aliento. No era una herida de traumatismo común. En el antebrazo de Fabián, la piel parecía haberse abierto desde adentro, formando una marca rugosa y circular que supuraba sangre de forma constante. No parecía un accidente de construcción; parecía el rastro de una marca de hierro candente.
—Sandra, prepara una limpieza profunda y llama a dermatología —ordenó Anya, tratando de mantener la voz firme—. Fabián, mírame. ¿Qué hierro? ¿De qué estás hablando?
En ese momento, una presencia gélida se detuvo justo detrás de la cortina del cubículo. Anya no tuvo que girarse para saber quién era. El ambiente cambió, el aire se volvió pesado y el aroma a jazmín regresó con una fuerza sofocante. Ian estaba allí, observando desde las sombras, tal como había prometido.
Fabián, que hasta ese momento apenas podía mantener los ojos abiertos, sufrió una convulsión violenta. Su cuerpo se arqueó sobre la camilla y el monitor cardíaco empezó a emitir una alarma frenética.
—¡Está entrando en crisis! —gritó Sandra, corriendo hacia el carro de paros.
—¡Fabián! ¡Manten la calma! —Anya presionó el brazo del hombre para detener la hemorragia, pero entonces sucedió lo imposible.
A medida que Ian se acercaba un paso más, la marca en el brazo de Fabián empezó a brillar con una intensidad violácea y la sangre brotó con más fuerza, salpicando la bata blanca de Anya. Fabián abrió los ojos de par en par, pero ya no miraba a Anya. Miraba a Ian a través de la cortina.
—¡El carcelero! —gritó Fabián con un pánico animal—. ¡El carcelero ha vuelto por nosotros!
Anya sintió una presión insoportable en su propio pecho. Su propia marca en la mano empezó a pulsar en perfecta sincronía con los gritos de Fabián. Era una sinfonía de dolor que desafiaba cualquier explicación médica que ella conociera. Miró hacia la cortina y vio la silueta de Ian, inmóvil, como un juez presenciando una ejecución.
—¡Vete! —le gritó Anya a la silueta de Ian, con lágrimas de frustración en los ojos—. ¡Vete de aquí, lo estás matando!
Ian no se movió, pero su voz llegó clara a pesar del caos de los monitores.
—Él no está muriendo por mi culpa, Anya. Está reaccionando a la verdad. Fabián fue tu cómplice en 1926. Él fue quien te entregó el arma.
Anya sintió que el mundo giraba. Fabián, su amigo de la infancia, el chico que le prestaba los apuntes de biología... ¿un cómplice de asesinato? Era demasiado. Era una locura colectiva.
—¡Cállate! —sollozó ella, mientras aplicaba una inyección de sedante a Fabián.
Poco a poco, los espasmos de Fabián cesaron y su ritmo cardíaco empezó a estabilizarse. El brillo de la marca en su brazo se apagó, dejando solo una cicatriz fea y sangrienta. Anya se dejó caer sobre un taburete, temblando, con las manos cubiertas de la sangre de su amigo.
Cuando levantó la vista, la silueta tras la cortina había desaparecido. Ian se había ido, dejándola con un paciente que conocía de toda la vida y que acababa de llamarla por un pasado que ella se negaba a aceptar.
Sandra regresó con el equipo de limpieza, mirando a Anya con preocupación.
—Jefa, estás en shock. Ve a limpiarte. Yo me encargo de Fabián.
Anya asintió mecánicamente. Salió del cubículo y caminó hacia los lavabos. Mientras se frotaba las manos para quitarse la sangre, no podía dejar de pensar en las palabras de Fabián: "El carcelero ha vuelto".
Miró su reflejo en el espejo sucio del baño de urgencias. Ya no veía solo a una doctora cansada. Empezaba a ver las sombras de alguien más. Alguien que, según Ian, Fabián y aquel anciano, era una asesina.
Sacó su teléfono con manos torpes y buscó el número de la policía. Iba a poner la denuncia contra Ian. Pero sus dedos se detuvieron sobre el botón de llamada. Si Fabián despertaba y confirmaba lo que Ian decía... ¿a quién iba a denunciar realmente? ¿Al detective que la acosaba o a la sombra que habitaba dentro de ella?