Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.
Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.
En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.
En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.
Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.
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CAPITULO 8 - Proyecto mielina. La evolución tiene un precio.
Después de satisfacer su hambre, con ese exquisito plato. Tomó una botella de vino, se tomó un par de copas, el leve ardor en la garganta, la suavidad frutal, el amargo al final en su paladar, una maravillosa sensación.
Reunió lo que pudo. Todo lo que aún parecía fresco. Latas. Atún, frijoles, sopa. Alimentos fáciles de abrir, fáciles de comer. Barras energéticas, granola. Avena, cereales.
Botellas de agua. Muchas. Algunas otras bebidas. Cuchillos. Platos. Cucharas. Lo esencial.
Llenó la mochila hasta el límite. Luego otro bolso que encontró por ahí.
Todo lo que pudiera cargar. Todo lo que pudiera necesitar. Se colgó las mochilas. El peso era sólido. Respiró hondo.
Era hora de irse.
Como de costumbre, con cautela. Abrió la puerta lentamente, escudriñando el exterior. Silencio. Nadie a la vista.
El arma larga con silenciador descansaba firme en sus manos. Caminó sin prisa, volviendo a la habitación.
Había dejado la puerta sin seguro. No podía arriesgarse a quedar fuera.
Todo debía seguir bajo control.
Se sentó frente a la pantalla, intentando relajarse, las cámaras continuaban grabando, suceso tras suceso.
Quedaban pocos sobrevivientes. Escondidos en diferentes sitios. Pero era cuestión de tiempo. Sin provisiones, sin opciones.
Los que se atrevían a salir en busca de comida no volvían. Terminaban en tragedia.
Podría ayudar. Pero no lo hacía.
Se limitaba a observar, a dejar que el tiempo se deslizara como una película. Un espectáculo ajeno. Distante, esperando que todo tomara su curso.
Solo una persona llamaba su atención.
El doctor Miller. Peculiar, enigmático.
Su nombre estaba en cada documento de la oficina. Como si todo girara en torno a él
Estaba en un laboratorio, mencionado en el plano. Un espacio sin ventanas, ordenado, iluminado artificialmente.
En el centro, varias mesas de acero inoxidable sostenían una variedad de máquinas de laboratorio. Los microscopios eran lo único que conocía.
Junto a la pared, Un carro con ruedas contenía instrumental médico, bisturís, jeringas, gasas, tubos de ensayo, guantes, pequeñas bandejas..
Camillas con colchones delgados, contra la pared, junto a soportes con bolsas de suero. Gabinetes de vidrio, estantes y varios escritorios blancos con computadoras…
A un rincón menos visible para la cámara, casi oculta entre los equipos, estaba una incubadora. Un compartimento transparente, rodeado de monitores, cables y soportes metálicos con bolsas de líquidos transparentes y una sustancia rojiza, espesa, como sangre.
Lo observaba constantemente. En la incubadora parecía estar un bebé dentro. No podía verlo bien, pero imaginaba que estaba vivo. Si no, ¿por qué lo atenderían tanto?.
Lo extraño era la ausencia de biberones, pañales, cuidados típicos.
Tal vez lo alimentaban cuando ella se ausentaba, en esos momentos en que iba al baño o revisaba la habitación.
Eso quería pensar.
Los días pasaban, y ella seguía observando a través de las cámaras. Veía cómo el doctor extraía sangre del bebé, una y otra vez, tomaba notas. Analizaba muestras.
Pero luego, lo vio hacer algo peor.
Tomo un bisturí y parecía que estaba cortando al bebé. El estómago se le revolvió. No escuchó llanto. Solo pequeños sonidos, que no distinguía.
Sintió una oleada de impotencia y rabia. Caminaba de un lado a otro, el corazón latiéndole con fuerza, con unas ganas desesperantes de detenerlo. De hacerle pagar.
Por más que intento controlar ese impulso, no lo logro soportar. Metió algunas provisiones a la mochila, colocó algunas armas en correas y cinturones. Salió nuevamente de la habitación y se dirigió hasta aquel laboratorio, por suerte el pasillo estaba vacío y se encontraba cerca.
Entró al laboratorio. Sus ojos se clavaron en el doctor Miller, aquel repugnante que la había tratado todo ese tiempo. El mismo que ahora estaba frente a ella.
Respiró hondo. Controló el impulso de meterle un tiro en la cabeza.
Él, en cambio, pareció alegrarse al verla. Su expresión era extrañamente tranquila, como si hubiera estado esperando ese momento.
Ella se acercó, sin apartar la mirada de aquel rostro débil, desgastado, consumido. Lo ayudó a sentarse en una de las camillas. El hombre apenas tenía fuerzas. Llevaba días sin comida ni agua, sobreviviendo solo gracias a las intravenosas que aún lo mantenían en pie.
Necesitaba información. Saberlo todo. La venganza podía esperar. Por ahora, solo tocaba fingir.
Sacó una botella de agua y una barra energética, haciéndose la considerada. Se las ofreció. El hombre las tomó sin dudar, bebiendo grandes tragos. Devoró la comida. Como si llevara siglos sin probar un bocado.
Esperó. Solo cuando terminó, preguntó:
—¿Qué es este lugar?
Él suspiró, recostándose con pesadez.
—Veinte años —murmuró—. Veinte años de experimentos. De proyectos. De errores.
Hizo una pausa. Luego, continuó:
—Esta es una instalación científica. Autónoma. Privada. Un laboratorio donde estudiamos el cerebro humano… y lo que puede llegar a ser.
—¿Llegar a ser qué?
—Más rápido. Más fuerte. Más allá de sus límites naturales. Buscamos la evolución, pero no todos los organismos resisten el cambio.
—¿Qué hago yo aquí?
Ignorándola, como siempre, empezó a contarle.
Durante años, investigamos una capa esencial para el funcionamiento del sistema nervioso: una sustancia que envuelve las neuronas y acelera la transmisión de señales.
Recorrimos el mundo en busca de sujetos con una alta concentración de esa grasa preciada: la mielina.
Intentábamos modificar su estructura molecular, amplificar su producción, hacerla más resistente. Pero cada avance traía un costo. Efectos secundarios imprevistos. Mentes que se aceleraban demasiado. Cuerpos que no sabían cómo detenerse.
Al principio, los cambios parecían prometedores. La velocidad de respuesta aumentaba, los reflejos se volvían casi instantáneos. Pero pronto, el equilibrio se rompió.
Algunos sujetos perdieron la capacidad de sentir el dolor o la fatiga, moviéndose sin descanso hasta el colapso.
Nos esforzamos por estabilizar la nueva mielina sin destruir lo que hacía humana a la mente. Pero cuanto más modificamos, más impredecibles se volvieron los resultados. Terminando muertos.
Hace dos años, encontramos a la candidata perfecta: una joven en un hospital latinoamericano. Su sistema nervioso poseía una densidad de mielina poco común. El problema era que estaba en coma. Aún así la trasladamos para estudiarla.
Sin embargo, debido a su edad, modificar su estructura molecular resultó más difícil de lo esperado.
Probamos todo. Virus, bacterias, parásitos.
Nada era suficiente.