Esta es la historia de una mujer, una madre, recien separada, y de su pequeña hija. Risas, llanto, inseguridad y amor
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El show debe continuar
Los siguientes meses fueron un torbellino de actividades. Reuniones de padres, buscar una iglesia, hablar con los padrinos, planear una pequeña reunión para después del bautismo, hacer ejercicio y dieta, además de todas las tareas del hogar, hicieron que cada día cayera rendida y cada mañana fuera un suplicio para levantarme de la cama.
Para la fecha que fue bautizada Mili, yo ya casi había recuperado mi cuerpo acostumbrado, pero mis ojeras y mi palidez daban testimonio de lo mucho que me había costado. Mamá era una presencia silenciosa a mi lado, aunque de vez en cuando me repetía que una no puede con todo.
Fue un acontecimiento dulce y armonioso, la familia y los amigos adoraban a la nueva integrante del hogar, y lo demostraban constantemente. Mili era una muñequita feliz que se paseaba de brazo en brazo, y gozaba de toda la atención.
En casa, por otro lado, la pequeña era exigente y llorona. No le gustaba estar en su cuna, el coche parecía quemarle, y pretendía comer 20 veces al día. A pesar de que su madre se estiraba como chicle, ella siempre quería un poquito más de atención. Se convirtió en un diminuto koala, prendido a mi cuello todo el día, mientras hacía los quehaceres, iba a la escuela o de compras. Por lo tanto, la siguiente mejor idea que me planteó el cuco fue que volviera a trabajar.
Exactamente. Con mi primera hija aun fresquita, más todas las obligaciones cotidianas, también me puso como meta inmediata volver al ruedo laboral.
Y yo como estúpida, seguía todos sus mandatos para no discutir. Para evitar más conflictos, yo me hacía cada vez más de goma. Mi mamá estaba indignada, trató de decirme que era una exageración, demasiado para una sola persona y que el resultante sería un quiebre. Pero yo seguía pensando poder con todo.
Planeamos con los chicos y mi mamá que al principio yo saldría solo un par de horas en la mañana (para vender publicidad) y un par de horas al atardecer (para llevar adelante un programa de radio)
Por supuesto que eso no duró mucho. Cada vez hacía falta visitar más clientes, necesitaba más contenido para la tarde, siempre había algún evento o reunión... en fin. Más y más trabajo. Más y más tensión. Más y más peleas.
Cuando la bebé tenía alrededor de 6 meses, yo ya estaba en plena actividad, por supuesto que el cuco no se conformaba con nada y las cosas no mejoraban en casa. Cuanto más me presionaba él para que hiciera más cosas, cumpliera más requisitos, menos ganas tenía yo de quererlo como en los primeros tiempos. Se me había muerto la sensualidad con él, la ternura había quedado ahogada bajo capas y capas de reclamos y despechos. Ya no tenía ganas de sacarle momentos a la noche para seguir sacrificando mi energía por él...
La bomba comenzó su cuenta regresiva un día en que salimos a reunirnos con un grupo multimedios. Como era una tarde apacible, llevamos a los niños y a mi mamá a un bar que tenía juegos y árboles alrededor, para que ellos compartieran una mesa cerca de nosotros, hasta que la reunión llegara a su fin. Mientras estábamos reunidos, todo anduvo bien, y cuando los empresarios se retiraron del lugar, el cuco los acompañó hasta el auto, mientras yo me acercaba a la mesa de mi familia.
La bebé me vio e inmediatamente el mundo dejó de girar. Estiró los brazos con alegría e impaciencia, y yo la recibí con todas las ganas. Conversé con todos un momento, pero me moría de ganas de ir al baño, así que me llevé el koala conmigo hacia el interior del local. Pasamos al baño, y, como de costumbre, me las arreglé para satisfacer mi necesidad sin bajar a la bebé de mis brazos. Lavé mis manos y salí del baño jugando y hablando con ella, dirigiéndonos afuera, donde nos esperaban los demás. De pronto, el cuco apareció al frente mío, con el rostro transformado, nos miró y miró cuidadosamente alrededor, como si buscara algo.
-¿Que pasa?- le pregunté
— Nada, ¿Por qué no me esperaste?
-¿Para venir al baño? No creo que necesite escolta- le respondí en broma, sonriendo.
De pronto tomó mi brazo, lo apretó y me preguntó:
-¿Con quién estabas?
-¿Estás loco? No estoy con nadie, solo con Mili.
Se dio la vuelta rápido y salió, pero me di cuenta de que no me quitó los ojos de encima hasta que volvimos a casa. El tic tac se escuchó claramente en mi cabeza
Después de ese episodio, cada vez me controlaba más. Ya no importaba si salía con los chicos, con mi mamá o con la bebé. Siempre tenía que decirle a donde iba, y de ser posible me acompañaba a todas partes. Si él no podía ir con nosotros, siempre ponía algún impedimento. Lentamente, fui reduciendo mis salidas para no tener problemas constantemente.
Él me acompañaba a la radio, o yo iba por mi cuenta, pero me aparecía de sorpresa durante mi regreso. Se reunía conmigo en la calle cuando salía a ver clientes y me compró un teléfono nuevo para que no me quedara sin batería nunca. Estoy segura de que me revisaba el móvil cada vez que podía, de la misma manera que revisaba mi agenda, con la excusa de coordinar cualquier actividad durante el día.
Con el correr del tiempo, se volvió costumbre que cada chequeo con el pediatra, cada salida para comprar ropa o paseo, se convertía en motivo de discusión con cualquier excusa de por medio. No importaba que yo saliera rodeada de cada miembro de la casa, lo mismo siempre había un motivo de reclamo.
Un día, me fui con Mili en su cochecito a comprar en un supermercado cercano, era casi el mediodía y me faltaba queso para el almuerzo. Como encontré mucha fila en el supermercado, seguí caminando hasta otro comercio para comprar más rápidamente. Entramos, compramos y salimos. De regreso a casa lo vi pasar por nuestro lado, rápidamente en la moto, mirando hacia ambos lados. Lo saludé con la mano, pero pareció no verme y siguió de largo. Cuando llegue a casa, entré el coche y me salió de atrás de la puerta, arrinconándome en el acto.
-¿Dónde estabas?
-¡Soltame! Fuimos a comprar queso. ¿qué te pasa?
- Si fuiste a comprar queso, ¿Por qué venías de la otra calle?
-Porque no quise esperar haciendo tanta fila para pagar y me fui al almacén. ¿qué mi*rda te pasa?
— Nada, a mi no me pasa nada. Sós vos la que esta demasiado rara.
-Estás loco- le dije enojada- cada día estás peor de la cabeza-
No quise seguir discutiendo, además los chicos debían almorzar para ir al colegio y Mili se veía desorientada
no es la típica historia de ricos
es de gente sencilla que vive el día a día felicidades
Gracias por compartirla!!! Felicitaciones!!!👏👏👏👏👏
Gracias y FELICITACIONES A LA AUTORA!!!
EXITOS EN SUS NUEVAS PUBLICACIONES!!!!!