Xie Lin desde pequeña fue educada para ser una dama, una buena esposa y madre. Pero ella tenía otros intereses y en secreto entrenaba su cuerpo para el combate y el uso de la espada. Su vida cambia cuando es elegida para ser la consorte del príncipe heredero y al saber que este, ama a otra mujer, le propone un trato: si ella logra entrar a las fuerzas militares y volverse general, él la dejará libre de ese matrimonio.
Pero, obligada a tener un hijo, ella cumple, con la promesa de que, unirse a las tropas del emperador y cuando la guerra inicia, ella logra su objetivo con grandes méritos, pero, el príncipe heredero, ahora emperador, no la quiere dejar ir.
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Capitulo 01.
Su nombre era Xie Lin. Su padre, un Consejero de Justicia en la corte del emperador, la educó desde pequeña para ser la esposa perfecta. Sin embargo, ella nunca estuvo de acuerdo con ese destino.
Su madre la regañaba constantemente, repitiendo que el único lugar de una mujer era el hogar, ser una buena esposa. Insistía en que, para conseguir un buen marido, debía ser educada, servicial y siempre hermosa. Todo esto molestaba profundamente a Lin. Odiaba que, solo por el hecho de ser mujer, se le impidiera hacer lo que realmente le gustaba.
Aun ante la oposición de sus padres, se las arreglaba para observar el entrenamiento de los soldados y anotaba cada detalle. Por las noches, a solas, practicaba sus movimientos usando un bastón como espada. Lin comenzó a demostrar un talento natural para la lucha, pero nadie podía saber de sus entrenamientos. Si sus padres se enteraban, seguramente no dudarían en castigarla severamente.
Un día, su madre fue invitada al palacio por la emperatriz. Allí, la emperatriz le presentó al joven príncipe heredero, seis años mayor que Lin. Ella tenía ocho años y el príncipe catorce. A pesar de la diferencia de edad, para las damas de la corte, Lin era un prospecto encantador para un compromiso. La emperatriz quedó fascinada con ella. Por supuesto, su madre estaba feliz y su padre, aún más.
A partir de entonces, comenzaron a darle una educación más rigurosa. Lin debía convertirse en la dama perfecta para ganarse el favor de la emperatriz y, finalmente, en la esposa del príncipe heredero, Zhang Xen, para enaltecer el nombre de su familia. Algo que Lin no deseaba, al menos no de esa manera, como la esposa de un hombre de gran estatus.
A los catorce años, los emperadores convocaron a Lin y a sus padres para informarles que la querían como la primera consorte del príncipe heredero. Aunque no era exactamente lo que sus padres esperaban, si su hija demostraba ser la mejor, podría ascender al rango de Princesa Heredera.
Cuando Lin cumplió quince años, iniciaron los preparativos de la boda. Ese día, fue llevada al palacio muy temprano. Fue durante uno de sus paseos que escuchó al príncipe heredero discutir con su madre, la emperatriz.
— Madre, yo ya tengo una dama que me gusta, no quiero casarme por obligación...
— Como príncipe heredero, es tu deber casarte con ella. Te dará un apoyo sólido en la corte. Además, ella no será la única mujer que tendrás. Como futuro emperador, necesitarás concubinas para asegurar tu descendencia.
— No, madre, yo no tendré nada de eso. Yo solo quiero una esposa y esa será mi emperatriz. Quiero que la dama que amo sea mi emperatriz.—
— ¡Suficiente! Ve a prepararte para la boda.— la reina madre había perdido la paciencia.
— Está bien, pero no esperen nada de este matrimonio. Quizás hasta le arruine la vida a esa señorita.
La emperatriz estaba furiosa por el berrinche de su hijo. Mientras tanto, Lin comprendió que su vida sería un infierno, atada a un hombre que no le gustaba, y al que ella tampoco agradaba.
Llegó la hora de la celebración. El príncipe ni siquiera conocía el rostro de su esposa, pues el traje tradicional que ella llevaba ocultaba su semblante.
— Quiero proponerle un trato, Alteza.— Lin rompió el silencio.
— Lo que sea, no me interesa.— contesto con molestia.
— Yo sé que ama a otra mujer... y yo no quiero vivir como una esposa obediente. Déjeme unirme al ejército. Cuando logre mi rango de General, nos divorciaremos y usted podrá casarse con la señorita que ama.—
Una risa burlona se escapó de los labios del príncipe.— Absurdo. Aun si logras entrar al ejército, no podrás ser una General. Aunque, si vas a la guerra, me harías un favor si mueres allí. Así seré libre de igual manera.— expreso con total descaro.
— Bien, que suceda lo primero. Usted puede traer a esa mujer al palacio como una segunda esposa y, cuando yo sea General o muera, ella será su consorte. Después podrá ascenderla a Emperatriz o lo que desee.—
El príncipe lo sopesó. Sea cual fuera el resultado, él salía ganando, así que aceptó. Lin estaba feliz; lograría hacer lo que le gustaba.
Esa noche, el príncipe se retiró de la habitación nupcial a la contigua, acordando decir que habían pasado la noche juntos. Lin se encargaría de la prueba y así lo hizo. Cuando estuvo sola, derramó una pequeña cantidad de un líquido rojo sobre las sábanas blancas: sangre de cerdo que había conseguido el día anterior.
Así, el príncipe ordenó a su mejor soldado que entrenara a Lin para unirse al ejército. Ella demostró su talento natural para la lucha. Un día, cuando el príncipe acudió a ver el entrenamiento, quedó sorprendido por la habilidad de Lin, pero más aún al ver su rostro, algo que no había hecho la noche de bodas ni los días anteriores.
— T-tú...
— Saludos, Alteza.—Lin le hizo una reverencia.
El príncipe quiso hablar, pero Lin lo interrumpió para continuar con su entrenamiento. Su maestro le dijo que, quizás en medio año, podría inscribirse para la prueba de nuevos reclutas.
— No... no puedes...—intervino el príncipe.
Lin se sorprendió al escuchar al príncipe y mostró molestia.
— Lo prometió, Alteza... Tenemos un trato.— Lin claro estaba molesta.
— Un trato... eso fue porque no sabía que eras...
— ¿olvida nuestro trato?, ¿piensa retractarse?, ¿donde esta su honor?, esto es lo que yo quiero. Ambos saldremos ganando...
— N-no, yo no...
Lin no quiso escuchar más, así que se la pasó evitando al príncipe.
Pronto, la emperatriz comenzó a presionar para que tuvieran hijos, pues había pasado medio año sin noticias de un heredero. A Lin le parecía molesto; solo tenía quince años y no quería la responsabilidad de un bebé. El príncipe ya amaba a otra mujer, y si esa mujer se convertía en emperatriz, Lin estaba segura de que el hijo sería un estorbo. No quería que un inocente se viera envuelto en esa clase de conflictos.
— Lo haré con ciertas condiciones, Majestad.— Lin se mantuvo firme ante la emperatriz, quien le permitió exponer sus términos.— Un año después de que nazca el bebé, me dará un puesto de soldado en el ejército...
La emperatriz se sorprendió por la extraña petición de la chica. Lin siguió hablando, sin ser interrumpida.
— Si es niño, será criado por el príncipe. Pero cuando yo ascienda a General, me divorciaré de él, y el niño llevará mi apellido, perdiendo todo derecho a heredar el trono. Ambos podrán verlo, pero no será nombrado príncipe.
— ¿Se da cuenta de que sus peticiones son absurdas?—
— Más absurdo es pedirle a una niña que sea madre.—
Después de esa conversación, Lin se mantuvo lejos del príncipe y dejó de acudir a las llamadas de la emperatriz. Un día, llegó una notificación: sus condiciones habían sido aceptadas.
La emperatriz se aseguró de dejar todo por escrito. Lin y la emperatriz firmaron. El príncipe miraba a Lin con molestia y preocupación. No quería firmar ese acuerdo, pero al final lo hizo.
Esa misma noche se preparó todo para que el príncipe acudiera a la habitación de Lin. El acto fue incómodo y molesto para ella. Aunque el príncipe se comportó bien y procuró ser cuidadoso, para Lin no fue nada satisfactorio. Solo cerró los ojos y dejó que todo pasara. Incluso después, cuando el príncipe se retiró, lloró toda la noche. No porque hubiera sido doloroso, sino porque ni siquiera disfrutó un acto que se suponía debía ser de placer para ambos, y lo que era peor, porque todo fue por obligación.
Ese momento se repitió varias veces hasta que, dos meses después, hubo resultados: Lin estaba embarazada.
Los meses pasaron. Dar a luz fue realmente doloroso. Escuchaba a las mujeres decir que tener a su hijo en brazos era la dicha más maravillosa, pero para ella solo fue un calvario: el dolor del parto, las noches en desvelo. Ni siquiera sabía cómo cuidar de ese pequeño ser.
Sin embargo, la emperatriz estaba encantada; su primer nieto era varón. Pusieron a las mejores nanas al cuidado del pequeño. Con el tiempo, gracias a ellas, Lin fue aprendiendo a cuidar del bebé y, poco a poco, le tomó cariño.
Cuando el año pasó, ella siguió con su rutina de entrenamiento, alternándola con el cuidado del bebé. Finalmente, Lin logró formar parte del ejército. Demostró ser mejor que cualquier otro soldado y fue ganándose una gran fama. Algo que a su padre no le gustó. Siempre que podía, la buscaba para regañarla, pero ella nunca le hizo caso. Incluso cuando intentó golpearla, ella le detuvo la mano.
— Ya no soy más la niña que agachaba la cabeza.—
Poco a poco, Lin fue a misiones. Mantuvo su vida como soldado y como madre. Tres años después, se declaró la guerra. Ella decidió ir. Por supuesto, el príncipe no estaba de acuerdo, porque él también tenía que acudir, y su hijo se quedaría sin sus padres.
— Alteza, no sé usted, pero yo volveré con vida y con mi título de General.—
Sin más, como la primera mujer entre las tropas, marchó orgullosa al campo de batalla.
Qué Lin obtenga esa información del anciano y sepa a quién se enfrenta /Left Bah!/
Ojalá Lin no lo de por muerto o le dará más adelante una sorpresa /Grievance/
ya estoy intrigada