Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
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Capítulo 17: Lo Que Ya No Queremos Contener
El rumor no fue lo que encendió la chispa.
Fue la mirada.
Esa que cruzó el salón cuando alguien insinuó demasiado y Cassian no respondió con palabras… sino con silencio contenido.
Con mandíbula tensa.
Con paciencia forzada.
Con autocontrol al límite.
Y yo lo sentí.
No porque fuera evidente.
Sino porque ya sabía leerlo.
Esa noche no hubo cena pública.
No hubo reuniones tardías.
No hubo documentos interminables.
Solo nosotros.
El despacho estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz dorada de las velas.
Cassian cerró la puerta con más firmeza de lo habitual.
No violento.
Pero decidido.
—No debiste quedarte tanto tiempo en el salón —dijo finalmente.
—No estaba en peligro.
—No es eso.
—Entonces ¿qué?
Se giró hacia mí.
Y ya no era el duque impecable.
Era el hombre que había pasado toda la noche conteniéndose.
—No me gustó cómo te miraban.
Suspiré suavemente.
—No pueden hacer nada con miradas.
—Pueden intentarlo.
—Siempre lo harán.
Silencio.
Di un paso hacia él.
—¿Te incomodó que intentaran acercarse?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Sin matiz.
Sin cálculo.
Mi pulso se aceleró.
—¿Por qué?
Su mirada descendió a mis labios apenas un segundo antes de volver a mis ojos.
—Porque no me gusta que nadie crea que tiene derecho a evaluarte.
—No lo tienen.
—Lo intentan.
El aire se volvió más denso.
No tenso.
Más… cargado.
—Cassian —murmuré suavemente— no soy algo que puedan arrebatarte.
Sus dedos se tensaron apenas a los lados.
—No es miedo a perderte así.
—¿Entonces?
Un segundo.
Dos.
Su voz bajó.
—Es que no quiero compartir lo que siento cuando te miran.
Ah.
Eso sí fue nuevo.
No poder.
No dominio.
Deseo.
—Eso suena posesivo.
—Tal vez lo sea.
Me acerqué un poco más.
—¿Te molesta admitirlo?
—No.
Silencio.
—Me molesta cuánto me importa.
Y ahí algo se quebró.
No frágil.
No doloroso.
Solo… sincero.
Mi mano subió lentamente hasta su pecho.
Sentí el latido firme bajo la tela oscura.
—No tienes que contenerlo todo.
—Si no lo hago…
—¿Qué?
Su mano subió a mi cintura.
Esta vez sin medir distancia.
Sin espacio prudente.
—Si no lo hago, voy a empezar a actuar por impulso.
Mi respiración se volvió más lenta.
—¿Y eso sería tan terrible?
Sus dedos se cerraron con más firmeza.
—Contigo… no confío en mi autocontrol.
Eso me estremeció.
No por amenaza.
Por intensidad.
—No quiero que te contengas por orgullo —susurré.
—No es orgullo.
—¿Entonces?
Su frente rozó la mía.
Su voz fue baja.
Rugosa.
—Es que cuando te veo así… cuando sé que podrían desear lo que es mío…
Mi corazón dio un golpe fuerte.
—No soy propiedad.
—No.
Sus dedos subieron hasta mi nuca.
—Eres elección.
Y esa palabra fue más poderosa que cualquier posesión.
—Entonces elígeme —murmuré.
El aire cambió.
De inmediato.
No hubo más conversación.
No hubo análisis.
Solo decisión.
Su boca encontró la mía con intensidad contenida demasiado tiempo.
No fue brusco.
Pero fue firme.
Decidido.
El beso no fue juego.
No fue provocación.
Fue hambre.
No desesperada.
Sino profunda.
Como alguien que deja de fingir que puede mantenerse distante.
Mis manos se cerraron en la tela de su uniforme.
Lo sentí tensarse apenas.
No para apartarse.
Para acercarme más.
Sus dedos se deslizaron por mi espalda con una seguridad nueva.
Sin dudas.
Sin medir si era prudente.
El beso se profundizó.
Lento.
Ardiente.
No había prisa.
Pero sí deseo.
Ese tipo de deseo que no es solo físico.
Es pertenencia.
Es elección repetida.
Cuando nos separamos, ambos respirábamos distinto.
Más pesado.
Más consciente.
—No vuelvas a provocarme en público así —murmuró contra mis labios.
—No estaba provocándote.
—Lo estabas disfrutando.
Sonreí apenas.
—Me gusta cuando me miras así.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras reclamarme.
Sus ojos se oscurecieron.
—No necesito reclamarte.
—Entonces ¿qué estás haciendo ahora?
Su pulgar rozó mi labio inferior con lentitud.
—Asegurándome de que lo recuerdes.
Mi pulso se disparó.
—No lo olvido.
—Bien.
Me besó otra vez.
Más lento esta vez.
Más profundo.
No urgente.
Pero lleno de algo más que impulso.
Era afirmación.
No era “eres mío”.
Era “nos elegimos”.
Cuando finalmente apoyó la frente contra la mía, su respiración aún estaba agitada.
—No quiero que nadie más crea que puede ocupar este espacio.
—No pueden.
—Lo intentarán.
—Que lo intenten.
Mi mano subió a su mejilla.
—No me voy a ir.
Silencio.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Eso es lo que me desarma.
—Entonces acostúmbrate.
Una pequeña exhalación que casi fue risa.
—Eres cruel.
—Soy honesto.
Sus labios rozaron los míos una última vez.
No pasional esta vez.
Sino firme.
—No voy a contener esto más de lo necesario.
—No quiero que lo hagas.
Silencio.
Y en ese silencio no había tensión.
No había miedo.
Solo deseo compartido.
No el deseo de poseer.
Sino el deseo de pertenecer.
De elegir.
De sostener.
El imperio podía murmurar.
El consejo podía medir gestos.
Pero en ese momento, bajo la luz cálida de las velas, no éramos estrategia ni poder.
Éramos dos personas que habían dejado de fingir que podían mantenerse indiferentes.
Y eso…
Eso era mucho más peligroso que cualquier rumor. 🔥