"Porque no hay suficientes historias de reencarnaciones y traslados a nuevos mundos..." Fátima pensó tan pronto se percató de que un infortunado incidente la llevó a reencarnar como un trágico personaje secundario de su novela Web favorita.
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Capítulo 7
¡Pero que ofensa!- exclamó la Condesa Margaret a sus hijas mientras bebían té en la sala principal del Palacio Esmeralda. - ¿Cómo puede la futura Emperatriz ser abandonada en este...lugar?- se quejó Margaret ante la mirada tímida de las chicas, ninguna de las tres se atrevía a levantar la voz o ser indecorosas en aquel lugar mucho menos con el Capitan de las segundas tropas observándolas desde la puerta.
- Madre- llamó Isabel en voz baja.
- Lo sé, lo sé, ya no hablaré más-
Después de unos minutos en silencio alguien llamó a la puerta, las cuatro mujeres se giraron curiosas hacia una menuda y pequeña mujer rechoncha de rizado cabello castaño y porte sabio, Madame Sara Vaggel Hund'elay, conocida por ser una ardua estudiosa de la edad de la condesa, con conocimiento desde lo más básico de la etiqueta hasta historia antigua y lenguaje de los primeros, si alguien quería un maestro completo y eficiente, el nombre de Madame Hund'elay siempre les llegaría a la mente, a pesar de su renombrada presencia, la pobre Sara se sintió intimidada ante los cuatro pares de dorados ojos fueros que la interrogaban.
- Un placer conocerlas miladys, madame, mi nombre es Sara Vaggel Hund'elay, he sido requerida por el Emperador para asesorar a la futura Emperatriz de Renance en sus labores diarias y su imagen- se presentó Sara haciendo una reverencia.
- ¿Hund'elay?, ¿pariente de lord Hund'elay?- preguntó la Condesa recordando a lord Hund'elay, un antiguo compañero de academia del Conde Veritas, por poco Margaret quedaba comprometida con Hund'elay si no hubiese sido porque el pelirrojo heredero a Conde se hartó de la presión de sus padres y le había propuesto matrimonio sin citas previas, y por el título, la familia de Margaret había insistido en aceptar, cortando abruptamente el cortejo de Lord Hund'elay.
- Lord Gavin, sí, es mi hermano, es un honor que usted nos recuerde, Madame Margaret, con gusto le enviaré sus saludos a mi querido hermano quien la recuerda con especial cariño.- sonrió Sara al tanto de la historia que unía a su hermano y los Condes Veritas.
- No será necesario Madame.- contestó Margaret desviando la mirada.
- Oh por favor, llámeme Sara, si somos casi como familia.- insistió una salvaje Sara incomodando deliberadamente a Margaret.
- Madame Sara, agradezco mucho su disposición a apoyarme en mis nuevas labores, por favor, cuide de mí- Lexi se levantó de su lugar al ver la tensión entre ambas mujeres y reverenció a la nueva tutora con el fin de desviar la atención, Sara la observó con detenimiento.
- Piel muy pálida, poca carne en los huesos, estatura baja, no le llegará más allá del pecho al Emperador ni con zapatillas altas, y ese cabello, será difícil peinarlo, no puedo imaginar como será su intimidad con ese rebelde cabello rojizo- se atrevió a decir Sara, después de aplacar la fiereza de la Condesa no había más temor y cada que pudiera remarcaría la superioridad de los genes Hund'elay.
Lexi se sonrojó de vergüenza al escuchar las palabras de la tutora, nunca nadie había hablado de su intimidad o de su apariencia, estaba acostumbrada a ser considerada una de las mujeres más bellas del reino.
- Pero podemos trabajar con esto, empezando lo más pronto posible si queremos tener éxito... al menos ser decente.- comentó Sara sacando una vara de medir y una libreta.
Clases de etiqueta, cómo camina una Emperatriz, cómo saluda una Emperatriz, cómo habla una Emperatriz, cómo baila, cómo come, cómo ríe, cómo levantar esos hombros caídos, qué temas puede conversar, y que ni se le ocurra moverse mucho al respirar.... quién fue el primer Emperador, como se recitan poemas en Lengua de los Primeros, cuales son las fechas más importantes del nuevo y antiguo régimen... tantos temas que las Veritas creían que ya dominaban pero Madame Hund'elay siempre encontraba un detalle que estaba mal.
Fue una semana exhaustiva que hasta Sir Fravian sentía una presión similar a la del campo de batalla, el jóven militar admiraba en silencio la determinación de la nueva Emperatriz, por más que su tutora le marcara errores, la joven de ojos felinos se levantaba y lo intentaba con más fuerza, pero en ocasiones su mirada entrenada lo engañaba y se desviaba a admirar la belleza de las tres chicas y su pecho se encendía cada que la hermana menor le regresaba la mirada con una sonrisa.
- ¿Qué más falta?, ¿qué me enseñe como tener intimidad con el Emperador?- se quejó Lexi a sus hermanas mientras se tumbaba en la cama dentro de su habitación, la semana había acabado, al día siguiente sólo se haría una práctica de la ceremonia y se mediría el vestido de bodas, por lo que las chicas habían decidido pasar el mayor tiempo posible juntas, Ana e Isabel rieron ante el comentario de Lexi.
- No sería mala idea, deberían prepararnos para saber lo que nos espera con nuestros maridos- dijo Isabel cayendo en cuenta que después de Lexi la atención de la familia se centraría en su boda con Lord Joseph Claves.
Lexi apretó su mandíbula recordando que en su vida como Fátima había llegado a conocer muy bien lo que era la intimidad con un hombre, sabía lo que le esperaba cuando era consensuado, cuando era de reconciliación y cuando era bajo los efectos del alcohol, pero no sabía que tan diferente la sensación sería cuando era por obligación.
- Después de ustedes yo sería la siguiente en buscar marido, ¿qué clase de marido creen que pueda tener?- preguntó Ana ya con un nombre en mente.
- Prácticamente cualquiera, príncipe, archiduque, duque, conde, incluso lords- dijo Isabel.
- ¿Un Sir?- preguntó Ana, la especificidad del título llamó la atención de las hermanas.
- ¿A qué te refieres Ana?- preguntó Lexi buscando en su rostro una respuesta.
- ¿Ana ya tiene un prospecto que le interese?- preguntó Isabel con sonrisa pícara.
- ¡¿Qué?!, NO, claro que no, nada de eso, solo curiosidad.- la chica estaba tan roja que sus hermanas decidieron no insistir pero sabían que esa respuesta era un sí.