Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 3
El aire en el pequeño departamento era pesado, cargado con el olor persistente a humedad y a los restos de una cena que apenas lograba saciar el hambre. Alexia Mendoza mantenía la vista baja, observando cómo su madre, Elena, movía un trozo de pan seco por el plato, evitando el contacto visual. Sobre la mesa de madera desconchada, una pila de sobres con membretes oficiales y facturas vencidas formaba un altar a la miseria que definía sus vidas.
—El segundo turno en la lavandería cerró hoy, Alexia —dijo Elena, y su voz sonó más vieja de lo que realmente era. El cansancio se le había incrustado en los huesos, reflejado en las ojeras profundas que decoraban su rostro—. Intenté pedir horas extras en la limpieza de oficinas, pero han recortado el personal. Ya no hay más turnos que cubrir.
Alexia sintió que un nudo se apretaba en su garganta, impidiéndole tragar. Sus ojos verdes, usualmente llenos de una determinación feroz, se nublaron momentáneamente. Sabía a dónde iba la conversación. Habían estado bailando alrededor del abismo durante semanas, pretendiendo que con un poco más de esfuerzo, con un poco menos de comida, las cuentas cuadrarían.
—Lo entiendo, mamá —respondió Alexia, intentando que su voz no temblara—. Buscaré algo para el fin de semana. Quizás en la panadería de la esquina…
—No hay más tiempo, cariño —la interrumpió Elena, finalmente levantando la vista. Sus ojos, húmedos y cargados de una culpa que no le correspondía, buscaron los de su hija—. He sacado las cuentas tres veces. He vendido lo poco que quedaba de valor… la cadena de mi madre, el reloj de tu padre… y aun así, no alcanza para la mensualidad del instituto. El colegio ha enviado el aviso final. Si no pagamos mañana, te darán de baja automáticamente.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el zumbido de una nevera que apenas enfriaba. Alexia sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable. El instituto, aquel edificio de cristales altos y pasillos limpios, representaba su única salida de aquel pozo de precariedad. Era el boleto hacia una universidad, hacia una vida donde no tuviera que contar cada moneda antes de comprar un litro de leche.
—No pueden hacerme esto —susurró Alexia, más para sí misma que para su madre.
—Son negocios, Alexia. Para ellos solo eres un número en una hoja de cálculo —dijo Elena con una amargura contenida—. Lo siento tanto. Siento no poder darte lo que mereces. He fallado como madre.
Alexia se levantó bruscamente de la silla y rodeó la mesa para abrazar a su madre. Apretó los brazos alrededor de los hombros encorvados de Elena, sintiendo la fragilidad de su cuerpo.
—No digas eso. Nunca digas eso —la voz de Alexia salió firme, aunque por dentro se estuviera fracturando—. Mañana hablaré con el director. Tiene que haber una manera, una prórroga, un plan de pagos… encontraré la solución.
Después de convencer a su madre de que fuera a descansar, Alexia se encerró en su habitación, un cuarto estrecho que servía también de estudio. Apenas cerró la puerta, la máscara de fortaleza que había mantenido toda la noche cayó. Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, abrazando sus rodillas contra el pecho.
Las lágrimas empezaron a caer, silenciosas pero devastadoras. Era la impotencia de ver a su madre consumiéndose por el trabajo, el miedo abrumador a un futuro que se desdibujaba entre la pobreza y la desesperación. Cada sollozo era un golpe contra el muro de realidad que se le venía encima. No era solo la escuela; era el derecho a soñar lo que le estaban arrebatando. Se limpió la cara con las manos temblorosas, respirando entrecortadamente. Mañana no podía fallar. No tenía otra opción.
El amanecer trajo una luz gris y desganada que se filtraba por las ventanas del instituto. Alexia caminó por los pasillos con los hombros tensos y las manos apretadas en las correas de su mochila gastada. Cada paso hacia la oficina del director se sentía como una marcha hacia el patíbulo.
Al entrar, el aire acondicionado le golpeó el rostro con una frialdad artificial. El hombre sentado tras el escritorio, un sujeto de mediana edad con gafas de montura gruesa y una expresión de aburrición crónica, ni siquiera levantó la vista de sus documentos.
—Señor Director —comenzó ella, su voz apenas un susurro firme—. Vengo a hablar sobre la situación de mi colegiatura.
El hombre suspiró, cerrando una carpeta con un sonido seco.
—Mendoza. Ya hemos hablado de esto. La política de la institución es clara. Sin pago, no hay acceso a las clases.
—Lo entiendo, pero mi madre ha tenido problemas… le prometo que el dinero llegará, solo necesito más tiempo. ¿Hay alguna posibilidad de que trabaje aquí? Puedo limpiar la biblioteca, ayudar en la administración, hacer horas extras… lo que sea. No quiero perder mis estudios, estoy a meses de graduarme.
El director se inclinó hacia atrás en su silla, observándola con una mezcla de lástima y desdén, una mirada que Alexia conocía demasiado bien. Era la mirada de quienes ven la pobreza como una mancha que debía ser limpiada, no ayudada.
—Este instituto no es una institución de caridad, Mendoza. Es un negocio privado que requiere fondos para operar. No necesitamos personal de limpieza extra, y nuestras normas de responsabilidad civil nos impiden contratar a estudiantes para tareas administrativas. La decisión es definitiva. Si el pago no está reflejado en el sistema antes del mediodía, su acceso será bloqueado.