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Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 7: Lo que cambia cuando todos miran

El martes llegó demasiado rápido.

Durante la mañana, Daniel y yo intentamos actuar con normalidad. Fue un fracaso desde el primer minuto.

Nos encontramos frente a la cafetería y, cuando me vio, sonrió de una manera distinta. No era la sonrisa que usaba con el resto de sus amigos. Era más lenta, más privada, como si compartiéramos un secreto que todavía no sabíamos cómo contar.

—Hola —dijo.

—Hola.

—¿Dormiste?

—Un poco.

—Yo no.

—¿Por qué?

—Estuve pensando.

—Eso puede ser peligroso.

—En ti.

Sentí que se me calentaban las mejillas.

—Entonces sí fue peligroso.

Daniel se acercó para besarme en la mejilla, pero se detuvo a mitad del movimiento, como si no supiera si hacerlo en público. Ese pequeño titubeo me conmovió más de lo que quería admitir.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—No sé cómo comportarme.

—¿Antes sí sabías?

—Antes fingía.

—Ahora también puedes fingir.

—No quiero.

Esa respuesta me dejó sin defensas.

Entramos a clase juntos. Algunos compañeros nos miraron con curiosidad. No había nada evidente en nuestra forma de caminar, pero Daniel no dejó que me adelantara y, cuando alguien me llamó desde el otro lado del pasillo, esperó a que yo terminara de hablar.

Era un gesto pequeño.

También era nuevo.

Durante la primera hora, recibí varios mensajes de Laura.

¿Ya son oficialmente algo?

No sé.

¿Se besaron otra vez?

No te importa.

Eso significa que sí.

Guardé el teléfono para no seguir respondiendo. Daniel, sentado a mi lado, intentó leer la pantalla.

—¿Laura? —preguntó.

—Sí.

—¿Qué quiere?

—Saber cosas.

—Puedes contarle.

—Todavía no.

Daniel asintió.

—No tienes que hacerlo hasta que estés lista.

—¿Tú sí estás listo?

—No.

—Pero ayer dijiste que no querías seguir escondiéndome.

—A ti no. A los demás es diferente.

Me quedé pensando en eso.

—¿Te preocupa lo que puedan decir?

—Me preocupa que empiecen a opinar antes de que nosotros entendamos qué estamos haciendo.

—Eso sí sería insoportable.

—Además, la gente cree que nos conoce porque nos ha visto juntos durante años.

—Y no sabe nada.

—Exactamente.

Después de clase, fuimos a la biblioteca para trabajar en un proyecto. Intentamos concentrarnos, pero cada vez que nuestras manos se rozaban al pasar una hoja, ninguno recordaba qué estaba haciendo. Daniel parecía disfrutar de mi incomodidad.

—Deja de mirarme —dije.

—No te estoy mirando.

—Llevas cinco minutos leyendo la misma línea.

—Es una línea compleja.

—Es el título.

Daniel cerró el libro.

—No puedo concentrarme.

—Yo tampoco.

—Entonces estamos empatados.

—No es una competencia.

—Todo contigo parece una competencia.

—Porque siempre quieres ganar.

—No siempre.

—¿Ah, no?

Daniel se inclinó sobre la mesa.

—A veces solo quiero quedarme.

La palabra me hizo pensar en todo lo que había cambiado desde nuestro primer beso. Aún no nos habíamos dicho qué éramos. No había una etiqueta. No había reglas. Solo existía esa decisión silenciosa de no escapar.

Y, sin embargo, ya era suficiente para que cualquier detalle tuviera un peso nuevo.

A las cinco de la tarde, Daniel recibió una llamada. Miró la pantalla y su expresión se tensó.

—Es Elena —dijo.

—¿Qué quiere?

—Hablar antes de la exposición.

—¿Todavía hay algo pendiente?

—Sí. Le debo una explicación.

—¿Quieres que vaya contigo?

Daniel dudó.

—No sé si sea buena idea.

—Entonces no voy.

—No dije eso.

—Pero lo pensaste.

—No quiero que te sientas incómoda.

—Ya me sentí incómoda cuando pensé que estabas enamorado de ella.

—Lo sé.

—Y ahora sigo sintiéndome incómoda porque no sé cómo actuar cuando eres tú quien está enamorado de mí.

Daniel sonrió apenas.

—Podrías empezar por no huir.

—Estoy sentada.

—Es un comienzo.

Elena nos esperaba en un aula vacía. Era una chica tranquila, de voz firme y mirada inteligente. Cuando nos vio llegar, observó nuestras manos unidas. Daniel y yo no nos habíamos dado cuenta de que seguíamos así.

—Hola —dijo ella.

—Hola —respondió Daniel.

Elena me miró con amabilidad.

—Tú eres la amiga de la que tanto habla.

Mi corazón dio un salto.

—¿La amiga? —pregunté.

Daniel se puso nervioso.

—No quise decirlo de esa manera.

—Lo sé.

Elena cruzó los brazos.

—No estoy aquí para hacer una escena. Solo quería que me explicaras por qué me invitaste a salir.

Daniel asintió.

—Fue una mala idea.

—Sí.

—Lo siento.

—¿Te gusta ella?

Daniel me miró.

Yo también.

Aquel instante parecía una repetición de todos los momentos en que habíamos dejado la verdad a medio camino. Sin embargo, esta vez él no apartó la vista.

—Sí —dijo.

Elena observó primero a Daniel y luego a mí.

—¿Y ella lo sabe?

—Ahora sí —respondí.

—Entonces no entiendo por qué me metiste en medio.

Daniel bajó la cabeza.

—Porque pensé que ella estaba interesada en otra persona. Quería saber si tenía alguna oportunidad.

Elena soltó una risa breve.

—Eso no te da derecho a usarme como intermediaria.

—Lo sé.

—Podrías haberme preguntado directamente qué pensaba ella.

—No sabía cómo.

—Nadie sabe cómo. Eso no significa que puedas convertir a los demás en piezas de tu estrategia.

Daniel aceptó el regaño sin defenderse.

—Tienes razón.

Elena se quedó callada por unos segundos.

—¿De verdad te importa? —preguntó.

—Sí.

—Entonces no vuelvas a hacer algo así. La gente no es un puente para llegar a quien quieres.

—No lo haré.

Elena me miró.

—Y tú tampoco deberías castigarlo por haber tenido miedo.

—No lo castigo.

—Lo haces un poco.

—Elena.

Ella sonrió.

—Está bien. Ya entendí. El problema no es que no se quieran. El problema es que ambos parecen empeñados en sufrir antes de tiempo.

Daniel y yo intercambiamos una mirada.

—Eso suena bastante exacto —dije.

—Me alegra ser útil.

La tensión se alivió. Elena habló con Daniel sobre la exposición y acordaron reunirse al día siguiente para terminar algunos detalles. Antes de irse, se detuvo frente a nosotros.

—Por cierto —dijo—, no quiero participar en una historia triste por culpa de dos personas que no saben hablar.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Daniel.

—Que si van a intentarlo, inténtenlo de verdad.

Y se fue.

Daniel se quedó mirando la puerta.

—Creo que le caes bien —dije.

—Creo que me odia un poco.

—Te lo mereces.

—También.

Salimos del aula y caminamos hacia el patio. Era de noche. Las luces de la universidad iluminaban los árboles y algunos estudiantes cruzaban el lugar con prisa.

—¿Te molestó que dijera que me gustas? —preguntó Daniel.

—No.

—¿Te avergonzó?

—No.

—¿Te arrepientes?

Me detuve.

—No.

Daniel también se detuvo.

—Entonces, ¿qué te pasa?

Respiré hondo.

—Que ahora todos los momentos tienen otro significado.

—¿Eso es malo?

—No. Solo es nuevo.

—Podemos ir despacio.

—Lo dijiste ayer.

—Y lo sigo pensando.

—¿Qué significa ir despacio para ti?

Daniel se acercó.

—Seguir siendo nosotros. Solo que sin mentirnos.

—¿Y las citas?

—Una por semana.

—¿Solo una?

—Dos si me porto bien.

—No decides tú.

—Entonces tres.

Me reí.

Daniel me miró con una ternura que no había dejado de sorprenderme.

—Quiero besarte otra vez —dijo.

—Eso no suena muy despacio.

—Puedo hacerlo lentamente.

—No era eso lo que quería decir.

—Lo sé.

Se inclinó hacia mí, pero antes de besarme volvió a detenerse.

—¿Puedo?

Esta vez no tuve miedo de responder.

—Sí.

El beso fue más seguro que el anterior, aunque igual de cuidadoso. Sus manos se apoyaron en mi cintura y las mías en su pecho. No había prisa. Tampoco había promesas imposibles.

Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.

—¿Seguimos siendo nosotros? —preguntó.

—Sí.

—¿Aunque ahora todo cambie?

—Todo ya cambió.

—¿Y eso te asusta?

—Muchísimo.

Daniel sonrió.

—A mí también.

—No pareces tan asustado.

—Porque estoy contigo.

La frase me dejó sin palabras.

A lo lejos, alguien gritó el nombre de Daniel. Un grupo de compañeros nos había visto. No dijeron nada, pero sus sonrisas fueron suficientes.

Daniel miró hacia ellos y luego volvió a mirarme.

—Ahora sí todos van a sospechar.

—Que sospechen.

—¿Segura?

Le tomé la mano.

—No quiero volver a esconderme.

Daniel entrelazó sus dedos con los míos.

Y mientras caminábamos hacia la salida, entendí que el silencio no desaparecía de un día para otro. Seguía apareciendo en las pausas, en las dudas y en los momentos en que queríamos protegernos.

La diferencia era que, ahora, ya no estábamos solos dentro de él.

1
Julián
excelente
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