PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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...## Encuentros sorpresa......
^^^### Capítulo 5: ¿Me estás siguiendo?^^^
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Al llegar a la imponente residencia de Diego, nos quedamos un momento detenidos afuera. Sofía jugueteaba con las manos, visiblemente ansiosa y escrutando mi atuendo de arriba abajo con evidente desaprobación.
—Estoy segura de que todos te van a mirar raro... o peor, te van a juzgar —masculló, negando con la cabeza—. ¿Por qué tenías que vestirte así justo hoy, Eli? ¿No podías elegir otra fecha para tu pequeña crisis gótica?
—No te preocupes por mí, céntrate en disfrutar de tu noche —le contesté con una sonrisa tranquila, dándole una palmadita en el hombro—. Te prometo que no me acercaré a ustedes en toda la velada, así que no tendrás que pasar vergüenza ni sentirte mal por mi culpa.
Dicho eso, me giré y caminé hacia la entrada principal, abriendo la puerta para adentrarme en el bullicio de la fiesta.
Lo primero que capturaron mis ojos al cruzar el umbral fue una escena bastante explícita: Diego estaba sentado en el centro del sofá de la sala, devorándose a besos con una chica de piel morena, mientras una mano suya se deslizaba con descaro por debajo de la falda de la joven.
Aparté la vista de inmediato, sintiendo una punzada de desagrado.
La música atronadora retumbaba en las paredes y el ambiente estaba saturado de alcohol y risas estridentes. Al alzar la mirada hacia las escaleras, vi a alguien que me devolvió la calma: Dilan, el hermano menor de Diego. Un chico dulce, cariñoso y de noble corazón a quien apenas había podido conocer bien en el pasado, ya que las cadenas de mi cautiverio me habían mantenido aislada del mundo.
Recordé con nostalgia cómo, en mis peores momentos, él solía venir de visita y yo tenía que fingir una sonrisa vacía para que no notara el infierno en el que vivía.
Quise dar un paso hacia él, pero una voz masculina interrumpió mi camino.
—Elizabeth... vaya, te ves... distinta —dijo Max, poniéndose de pie de un salto con expresión de estupefacción.
Me giré para mirarlo y, casi de forma involuntaria, mis ojos se desviaron hacia Diego. Al escuchar mi nombre, él se había despegado abruptamente de los labios de la chica morena. Giró el cuello y se quedó observándome fijamente, con el ceño profundamente fruncido, analizando cada centímetro de mi ropa oscura y desenfadada.
*Perfecto*, pensé conteniendo una sonrisa interior. Había conseguido exactamente el objetivo que buscaba: a ninguno de los dos les agradaba en absoluto.
—¿Se puede saber qué demonios te has hecho? —preguntó Max, escrutando mi atuendo de arriba abajo con incredulidad.
Mantuve la compostura y sonreí con suficiencia.
—No lo sé, simplemente me gustó y me lo puse —repliqué con total ligereza, echando un vistazo al rededor—. La casa se ve increíble. Por cierto, ¡feliz cumpleaños, Max! —añadí, extendiéndole una bolsa de regalo envuelta con sencillez—. Espero que de verdad te guste; de hecho, Sofía me ayudó muchísimo a escogerlo.
Una vil mentira, por supuesto. Lo único que hizo Sofía fue acompañarme de mala gana mientras suspiraba y ponía los ojos en blanco ante cada prenda que yo descartaba.
Max miró hacia donde estaba Sofía, regalándole una sonrisa idiota. Sí, ya sabía de sobra que se gustaban, pero rogaba mentalmente para que tuvieran un poquito más de discreción.
—Muchísimas gracias, Eli. Ven, siéntate con nosotros un rato... —insistió Max, señalando el espacio a su lado, pero negué rotundamente con la cabeza.
—No, gracias. Primero iré por algo de beber —dije, dándome la vuelta con rapidez para escapar y encaminarme directamente hacia la cocina, en la misma dirección por la que había visto desaparecer a Dilan.
Al entrar al área de servicio, lo encontré de pie frente a la isla, mirando con expresión pensativa el vaso vacío que sostenía entre las manos. Sabía que en esa época el pobre chico atravesaba un bache emocional muy duro tras la pérdida de su novia.
—El vaso no se va a llenar solo con la fuerza del pensamiento —le solté con suavidad, arrebatándoselo de las manos con una sonrisa cómplice.
Me acerqué a la barra y me serví un poco de cóctel de frutas, dando un trago ligero. Dilan me miró con los ojos parpadeantes y una confusión tierna.
—Espera... ¿eso de ahí tiene alcohol? —preguntó con cautela.
—Para nada, es totalmente inofensivo —mentí con descaro, sirviendo un poco del líquido en su vaso—. Anda, bébelo, nadie se dará cuenta —le guiñé un ojo con picardía.
Él soltó una carcajada suave, negando con la cabeza, antes de regalarme una sonrisa tan hermosa y luminosa que me detuvo el aliento. *¿Por qué diablos me desarma tanto ver sonreír a los hombres de esta familia?*
—No te atrevas... —una voz grave y gélida resonó de repente en la entrada de la cocina.
Diego apareció en el marco de la puerta, con los ojos oscurecidos. Dilan, sobresaltado por la presencia de su hermano mayor, dejó el vaso sobre la mesa de golpe y me miró sumamente apenado.
—A papá no le va a hacer ninguna gracia enterarse de que andas bebiendo alcohol por ahí —espetó Diego, caminando hacia nosotros con paso firme para arrebatarle el vaso de la mesa a Dilan y darle un sorbo él mismo, con aire desafiante.
Yo, rodando los ojos con fastidio, abrí la puerta del refrigerador. Encontré dos jarras con jugo fresco: una de pera y otra de manzana. Tomé la de pera sin pensarlo dos veces, llené un vaso limpio y se lo tendí a Dilan con total naturalidad.
—Estoy segurísima de que a tu padre le importaría un bledo que te tomes un buen vaso de esto —dije, lanzándole una mirada de reojo cargada de segundas intenciones a Diego.
Dilan captó la indirecta al instante, soltando otra carcajada genuina. Tomó el vaso, dio un trago largo y se quedó observándome fijamente, con una chispa de genuino asombro en la mirada.
—¿Cómo demonios sabías que el jugo de pera es mi favorito? —preguntó, dedicándome una sonrisa que le iluminaba todo el rostro. Tenía la certeza absoluta de que llevaba muchísimo tiempo sin sonreír así de verdad.
—Tengo mis pequeños superpoderes de adivinación. La verdad tuve mucha suerte al atinarle entre tantos jugos —respondí guiñándole un ojo de nuevo, encontrándome con sus pupilas.
Eran ojos grises, exactamente de la misma tonalidad que los de su hermano mayor. Sin embargo, los de Dilan se sentían infinitamente más puros, limpios y desprovistos de maldad.
—Oye, ¿me concedes esta pieza? Vamos a bailar un rato —le propuse, ignorando por completo el sonido seco y molesto que hizo Diego al golpear el vaso contra la encimera, intentando captar mi atención a la fuerza.
—Claro que sí —aceptó Dilan con timidez, tomando mi mano.
Cuando íbamos a cruzar la puerta de la cocina, una mano fuerte nos bloqueó el paso. Diego se había interpuesto, aferrando con rudeza el brazo de su hermano menor.
—Tenemos que hablar tú y yo, Dilan —ordenó con voz áspera.
Sin pensarlo dos veces, me acerqué a ellos, tomé la mano con la que Diego retenía a su hermano y se la sacudí con un manotazo seco.
—Hablas con él todo lo que quieras *después* de que termine de bailar conmigo —le solté con desdén, tirando suavemente de Dilan para sacarlo de ahí.
A Diego la jugada le sentó como una patada en el estómago, y ver la furia contenida en su rostro me produjo una satisfacción inmensa.
Dilan solía ser un chico tímido y sumamente reservado que casi no hablaba con nadie en las reuniones, pero conmigo fluía con naturalidad, riendo y conversando sin complejos. Esa precisamente era la razón principal por la que Diego, movido por sus inseguridades y su carácter controlador, intentaba mantenerlo alejado de la casa la mayor parte del tiempo.
Mientras nos movíamos al ritmo de la música en la pista improvisada, alcancé a ver de reojo al grupillo principal. Diego, Sofía y Max nos observaban desde los sillones con expresiones que oscilaban entre el shock absoluto y la total confusión. No era para menos: verme enfundada en ese atuendo oscuro y ver que me movía con tanta soltura y desparpajo los tenía descolocados. *Esa vieja Eliza miedosa e insegura también se había extinguido para siempre.*
Al cabo de un rato, sintiendo las piernas cansadas de tanto bailar, me acerqué al grupo con una sonrisa neutral.
—Iré a dar un pequeño paseo por el jardín a tomar aire fresco —le avisé a Sofía en voz alta.
Max asintió de inmediato, adoptando un tono protector que me dio náuseas.
—Está bien, pero no vayas a beber más alcohol, ¿eh? Acuérdate de cómo te pusiste la otra noche —me advirtió, y yo me limité a asentir con desgana para evitar discusiones.
Salí al exterior, respirando con alivio al dejar atrás el ruido ensordecedor de la música. Comencé a caminar por los senderos empedrados del jardín. A lo largo del camino, parterres llenos de flores rojas y amarillas adornaban el césped. Un nudo doloroso se me formó en el pecho al recordar que, en mi otra vida, jamás se me permitió caminar libremente por este jardín; Diego me tenía estrictamente prohibido salir de los linderos del sótano. Al pasar junto a la fuente de agua iluminada por luces tenues, una extraña mezcla de profunda tristeza y nostalgia me envolvió las entrañas.
Me adentré un poco más, buscando una zona más apartada y oscura de la propiedad donde apenas llegaban los destellos de la fiesta. De pronto, escuché el crujir de unas ramas secas a mis espaldas. Me giré con el corazón en la boca y me encontré con la silueta de Diego saliendo de las sombras.
—¡Joder, me has pegado un susto de muerte! —le reproché, llevando una mano temblorosa al pecho.
—Lo siento, no era mi intención alterarte. Solo quería advertirte de que es peligroso andar por esta zona a oscuras; no hay luminarias y puedes tropezar y romperte algo —respondió con voz pausada, sacando una cajetilla para encenderse un cigarrillo.
La chispa iluminó brevemente sus facciones duras, destacando la mitad de su rostro.
—¿Qué demonios haces aquí? ¿Acaso me estás siguiendo, idiota?
—Sí... bueno, técnicamente solo quería dar una caminata nocturna a solas. No tengo la culpa de que te hayas cruzado en mi camino —replicó con una calma exasperante, exhalando el humo hacia arriba.
—Sí, claro, "una casualidad" —dije con ironía, dando media vuelta para seguir mi camino.
—Te lo repito, es peligroso ir hacia allá —insistió, caminando a mis espaldas sin apartarse.
—Pues entonces deja de seguirme los pasos, de todos modos no creo que sea yo la que se caiga —repliqué girándome de nuevo para fulminarlo con la mirada.
Diego se detuvo, exhalando otra bocanada de humo, y me miró de arriba abajo con una mezcla de fascinación y burla.
—Estás muy... cambiada, Elizabeth. Esa ropa estrafalaria y la actitud de chica dura que te traes ya no combinan para nada con la tímida que solías ser.
—Me importa un bledo si combina o no. Al menos yo estoy aquí afuera respirando aire puro en lugar de andar por ahí metiéndole mano a una desconocida debajo de las faldas, como estabas haciendo hace un rato —le solté sin filtros, señalando con la cabeza hacia la casa.
Él esbozó una sonrisa torcida, divertida por mi ataque de sinceridad.
—¿Sabes qué es lo gracioso? Pensé que decías aborrecer a las personas con ojos grises —comentó, jugando con el cigarrillo entre los dedos.
—Y sigo aborreciéndolas.
—Mi hermano Dilan tiene exactamente mis mismos ojos, son idénticos. Entonces, explícame una cosa: ¿por qué te la pasabas riendo con él y hasta terminaron bailando muy juntitos en la pista? —preguntó, con un dejo de sutil molestia asomando en su tono.
—Porque tu hermano es infinitamente más agradable que tú. Además, es un chico guapo, educado y encantador. Tú, en cambio, desprendes un aura tan oscura y negativa que asusta; siempre estás acechándome con la mirada, es como si fueras un maldito acosador. Cada vez que volteo, ahí estás clavando tus ojos en mí, y eso resulta sumamente perturbador.
Al escuchar mi acusación, Diego soltó una carcajada ronca, lejos de ofenderse.
—Vaya, ¿así que también te la pasas volteando a buscarme y me miras a escondidas? —preguntó con una sonrisa socarrona dibujada en los labios.
—¡No digas estupideces! No te busco, simplemente tengo un sexto sentido para detectar cuando alguien me está mirando fijamente como un psicópata, y por eso me doy cuenta de tus manías raras. Por eso me caes tan mal; no soporto que me mires de esa forma —escupí con fastidio, dándome la vuelta a toda prisa para regresar a la casa.
Él se limitó a seguir mis pasos en absoluto silencio durante unos metros.
—Dilan ni siquiera es tan guapo... —murmuró Diego de repente de la nada.
Me detuve en seco, girando la cabeza con indignación para plantarle cara.
—¡Estás ciego de envidia! Es muchísimo más atractivo que tú: es alto, tierno, amable y tiene buenos modales. Es decir, todo lo opuesto a tu patética persona.
—Yo también puedo ser sumamente amable, tierno y educado, si tan solo te dignaras a darme una maldita oportunidad —respondió él, deteniéndose a solo unos centímetros de mí, clavándome una mirada tan intensa que me cortó la respiración.
De inmediato, mi mente traicionera me devolvió el eco exacto de otra vida, de aquel futuro apocalíptico: *“Yo también puedo ser bueno, puedo ser el hombre más amable del mundo, solo dame la oportunidad...”*