Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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11.
ELENA DUARTE
Sentía un poco de vergüenza por lo que había pasado el día anterior. No pude pegar el ojo, pensé y sobre pensé absolutamente todo.
Yo solo soy una mujer de 20 años, sin ninguna experiencia en el amor, no tuve una dirección por nadie, pero al final me terminé criando sola. No pude terminar la universidad y solo soy una sirvienta de tiempo completo. Y Dante, aunque con sus limitaciones, es un hombre 12 años mayor que viene de un divorcio y es adinerado.
Mis pensamientos se pusieron en una balanza. Todos van a creer que me acerqué por dinero. Una don nadie como yo con alguien como él. No tiene lógica continuar jugando a cenicienta. Ese sentimiento de inferioridad invadía mi mente y fue enfriando mis sentimientos que afloraban por él.
Dante me escribió el buenos días y pidió su desayuno. Subí de inmediato a su habitación.
Abrí la puerta y puse el desayuno cerca de donde él estaba. Me tomó la mano y me dio una sonrisa cálida.
— Buenos días, Elena — fingí una sonrisa.
— Buenos días, Señor Dante.
— No me digas señor, solo dime Dante — me miró unos segundos — ¿pasa algo?
— No. Debería desayunar.
— Hoy quiero salir al jardín — lo miré con alegría — quiero que salgamos al jardín, los dos, hoy en la noche.
— Será un gusto. Me alegra que quiera salir.
— Todo es gracias a ti — besó mi mano — tenemos una cita a las 9 te parece.
Asentí con la cabeza.
— Voy a empezar con mis labores en la casa. Regreso para la hora del almuerzo. Me retiro señor... Mmm... Me retiro Dante.
Salí del cuarto.
¿Por qué me siento triste? — pensé.
La mañana la pasé en lavandería. Salí un momento al patio a tender la ropa. Gerald se acercó.
— Te has distanciado desde que me confesé. ¿Te incomoda que te corteje?
— Ya le dije que no quiero una relación en este momento. Además, creo que me gusta alguien. Podemos ser amigos y compañeros de trabajo.
— ¿Te gusta Dante? — abrí los ojos tan grandes como una lechuza, me sentí descubierta — por eso te la pasas en su cuarto.
— Me contrataron para asistirlo.
— Yo conozco a Dante desde que él nació jugamos en la niñez, y lo conozco muy bien, él no es para ti. Tú no eres su tipo de mujer. No te ilusiones, puedes resultar herida, él ama a su exesposa.
— Detente — lo miré — ya.
— Yo soy más tu tipo, te prometo que te voy a cuidar.
— No quiero ser grosera Gerald, pero yo tomaré mis propias decisiones. Si no puedes verme como una compañera de trabajo por favor no hagas más comentarios.
— Yo puedo hacerte feliz. Puedo darte una familia, en cambio, con Dante no sabes si él puede darte hijos.
Terminé de colgar la última prenda y le dirigí la mirada a Gerald.
— Dije que ya no me digas nada. ¿Hijos? No quiero. Por tener una familia, no me juntaría por eso. Y ser madrastra tampoco quiero. Discúlpame si soy grosera, pero mi felicidad depende de mí. Agradecería que mantengas tu distancia. Quise que fuéramos amigos, pero como insistes en no serlo, quiero que te alejes.
Gerald me tomó de las manos, quiso besarme a la fuerza, lo mordí. En cuanto me solté le di una cachetada.
— Esto lo sabrá doña Gabriela.
— ¿Crees tú que ella va a creer en alguien que apenas conoce? Te vas a arrepentir de haberme rechazado.
Di la media vuelta y regresé a la cocina. Mi corazón estaba como un caballo en pleno relincho. Tenía miedo que Gerald me siguiera y quisiera hacerme daño.
Ni renunciar puedo por esa maldita cláusula.
Hice el almuerzo. El corazón se me salía cada vez que escuchaba un sonido. Llevé el almuerzo al cuarto de Dante y salí de inmediato. No deje que él hablara conmigo.
Por la tarde me puse limpiar las ventanas. No me había percatado qué la casa tenía un pequeño ascensor. Que poca observadora soy.
A las 7 de la noche terminé mis labores y me fui a mi cuarto. Me sentía agotada. Me acosté unos segundos.
✉️ Recuerda nuestra cita— era Dante.
✉️ Si.
Me levanté y me fui a dar un baño. El agua fría me tensaba los músculos.
Tengo que comprar un poco de ropa. No puedo pasar con esta misma mudada todo el tiempo. Este domingo me lo tomaré libre — murmuraba para mí.
A las 9 de la noche, fui al cuarto de Dante. Me sentía como un ladrón.
Él vestía casual. Se veía muy bien.
— Al final del pasillo hay un ascensor, es primera vez que lo voy a usar. Vamos a ahí — tomé la manilla de la silla y le ayudé.
Salimos al jardín. Lo llevé a la banqueta más cercana. Me senté.
— Hace frío señor Dante.
— Sí, es una noche fría. Te dije que no me llames señor Dante.
— Me disculpa, pero siento que no puedo ser atrevida. Usted es mi jefe.
Él tomó mi mano y la acarició. Su mirada era dulce.
— La luna es hermosa aun cuando parece desaparecer.
— Cierto — miré el cielo.
— ¿Puedo preguntarte algo?
— Adelante.
— ¿Vives con tus padres?
— No. No conocí a mi papá o por lo menos no lo recuerdo. Mi madre murió cuando yo tenía 16 años. Y desde ahí me he cuidado yo sola. Así que, vivía sola hasta que llegue a esta casa.
— No quise ser imprudente.
— No se preocupe. Aunque me duele aún la muerte de mi madre, yo sé que ella me cuida desde el cielo. Sé que usted tiene curiosidad por mí y es normal. Haré una pequeña reseña de mi persona, le parece.
Dante sonrió.
— Soy Elena Duarte, tengo 20 años. Me cuido desde los 16. No tengo familia, mi madre era la única familia que tenía. Entré con mucha ilusión a la universidad, pero hace dos meses más o menos pedí mi baja, pero esos 3 años estudiaba licenciatura en contabilidad, aunque siendo honesta ahora, no me gustan los números.
—¿Por qué te diste de baja? Puedo saberlo.
— Estaba cansada de ir a un lugar donde no pertenecía. Me miraban por encima del hombro, me trataban como una basura por no tener dinero. Un día me harté y pedí mi baja. Un día salí a buscar empleo y fue ahí donde vi un rótulo en la tienda de doña Gabriela y lo demás ya lo sabe.
— No te gustaría retomar los estudios. Yo puedo ayudarte.
— No sé que es lo que quiero. En este momento me siento confundida con todo.
— Hasta conmigo, seguro.
Lo miré. Aunque con la poca luz que nos daba la noche.
— Sí. No sabe la batalla que libro — miré aún lado.
Dante pasó su mano por todo mi brazo dando pequeñas caricias. Su mano llegó a mis mejillas. Yo enterré mi cara en su mano. Cerré los ojos.
— Aclara tus sentimientos. No dudes — él jaló con suavidad mi mentón a sus labios — no dudes mi niña — nos besamos apenas tocando los labios. Una lágrima rodó por mi mejilla.
— Soy tan pequeña a su lado, no hablo de edad, sino que no tengo dinero. Somos diferentes, no cree. Todos van a creer que yo soy una persona mala, que se aprovecha de usted. Tengo miedo.
— Crees que en esta situación que estoy, me puedo poner exigente. Además, el amor no se mide con dinero. No crees. Me haces sentir vivo, eres agradable y nuestro mundo nadie tiene que meterse.
Suspiré.
Esa vez yo acaricié sus mejillas y pasé mi dedo pulgar en sus labios.
— Son tan suaves — me acerqué a darle un beso.
Estuvimos en el jardín hasta las 11 de la noche. Lo ayudé a ir a su cuarto.
— Quédate un rato más.
— Después no quiero levantarme, y siendo honesta estoy un poco cansada.
— Tienes razón. Ve a descansar.
Le sonreí. Salí del cuarto.
Cuando estaba con él, mis dudas se aclaraban, Pero caundo estaba sola, mis demonios me atacaban.