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¿Alguna Vez Me Enamore?

¿Alguna Vez Me Enamore?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Romance / Escuela / Completas
Popularitas:547
Nilai: 5
nombre de autor: JESSE_SDV

Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.

NovelToon tiene autorización de JESSE_SDV para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 7

En el pueblo, todo parecía moverse con una calma engañosa. Las mañanas eran frescas, el pan llegaba calientito en bicicletas viejas, y los saludos cruzaban la calle como ecos de costumbre. En ese entorno rural donde todos se conocían, la escuela era más que un centro de estudios: era el corazón palpitante de la comunidad adolescente. Allí, los lazos entre los chicos no solo se forjaban en los recreos o los trabajos en grupo, sino también en las rivalidades, las bromas pesadas y las primeras emociones que se desordenaban en el pecho como papeles al viento.

Elian y Guillermo, aunque se consideraban amigos, eran el claro ejemplo de una amistad que pendía de un hilo invisible: la competencia. Siempre estaban midiendo quién corría más rápido en educación física, quién obtenía mejor calificación en matemáticas, o incluso quién decía el comentario más ingenioso en clase. A veces compartían risas sinceras; otras, ni se hablaban durante días.

—No es que lo odie —le había dicho una vez Elian a Mey, cruzado de brazos durante un receso—. Es que me saca de quicio. Siempre quiere tener la última palabra.

—Pero tú también —le respondió Mey con una sonrisa.— Parece que compiten hasta por quién respira mejor.

Él rió, aunque sabía que no era una exageración.

Mey, en cambio, siempre se sintió como una espectadora más. Aunque todos la conocían —porque en el pueblo todos se conocían—, ella prefería mantener su mundo pequeño. Su rutina era simple: del colegio a casa, de casa al colegio. Salir a la plaza o quedarse después de clases para charlar nunca estuvo en sus hábitos. Había algo que le generaba incomodidad al estar rodeada de tanta gente. Las miradas, los chismes, las risas ajenas. Prefería su rincón, su ventana, su silencio.

Era un sábado por la tarde cuando lo notó con mayor claridad. Desde su habitación, con la ventana entreabierta, podía ver la calle principal del pueblo. Un grupo de chicas del colegio pasaban caminando, riendo a carcajadas. Unas llevaban botellas de gaseosa, otras comían papas fritas envueltas en papel de colores. Iban vestidas con jeans apretados, camisetas cortas, y la mayoría se maquillaba con esmero. No estaban solas. Un par de chicos del colegio, también conocidos de Mey, iban con ellas. Uno llevaba la guitarra colgada, otro cargaba una bocina en la mochila. Se empujaban entre ellos, se hacían bromas pesadas, y se hablaban como si ya fueran adultos.

Mey observaba en silencio, como si el vidrio de la ventana fuese una pantalla de televisión. Veía cómo algunas de esas chicas se abrazaban con los chicos, cómo uno besaba a su pareja sin vergüenza en plena calle. Ella los conocía a todos por nombre, por rostro, por haber compartido clases desde primaria. Sabía incluso quién salía con quién, porque los rumores en pueblos chicos corren más rápido que el viento.

Pero lo que más le llamaba la atención no era el bullicio o el desenfado. Era la forma en que todo parecía parte de una rutina para ellos. Como si crecer tan rápido fuera una norma no escrita. Como si saltarse etapas fuera inevitable.

Recordó una conversación que escuchó entre su madre y una vecina, semanas atrás.

—La hija de Mariela está embarazada —había dicho la señora—. Y apenas tiene quince.

—Ya es la cuarta de este año en el colegio —suspiró su madre, con resignación.

Mey cerró los ojos al recordarlo. En su colegio, los embarazos adolescentes no eran novedad. A veces una chica dejaba de asistir y todos sabían por qué, aunque nadie lo dijera en voz alta. A veces volvía con el uniforme ajustado, con la panza creciendo, con una mirada distinta.

Mey no entendía cómo todo eso sucedía tan rápido. Sentía que aún no conocía nada de la vida. Ni siquiera se sentía cómoda yendo sola a la tienda del cruce, mucho menos teniendo una relación. Sus mejillas se ponían rojas con solo imaginar a alguien tomándola de la mano en público.

Volvió su vista a la ventana. La calle seguía bulliciosa. Una de las chicas se trepó a la bicicleta de un chico y se fueron riendo. Otra le gritó a un grupo que estaba en la esquina, y ellos respondieron con silbidos. Mey cerró la cortina con cuidado, como si no quisiera ser descubierta observando.

Se sentó en la cama y suspiró. A veces deseaba ser un poco más como los demás, más abierta, más libre. Pero luego recordaba el temblor en sus manos cuando tenía que leer en voz alta, el sudor en su nuca cuando alguien la miraba demasiado tiempo, y entendía que necesitaba avanzar a su propio ritmo.

Al día siguiente, en el colegio, los rumores volvían a circular. Una de las chicas que Mey había visto el sábado no se presentó en clase. Algunos cuchicheaban que podría estar embarazada. Nadie lo decía directamente, pero todos lo sabían. Guillermo lo comentó en voz baja con Elian.

—Dicen que fue en una fiesta, que ni siquiera era su novio…

Elian frunció el ceño, incómodo.

—Siempre se meten en cosas sin pensar. Pero nadie les dice nada hasta que ya es tarde.

Mey escuchaba desde su asiento, fingiendo escribir. A veces sentía que el colegio era más un escenario de vidas entrelazadas que un lugar de aprendizaje.

En el recreo, se sentó con su cuaderno en el campo, bajo la sombra de un árbol. Quería estar sola, pero no pasó mucho antes de que Guillermo se acercara con una sonrisa discreta.

—¿Te molesto si me siento?

—No, está bien.

Se sentó a su lado, dejando unos centímetros de distancia. Ambos miraron el patio en silencio. Había niños jugando fútbol, chicas charlando en grupos, y profesores que caminaban en dirección al comedor.

—A veces es raro todo esto —dijo Guillermo, sin mirarla directamente—. Como si todos quisieran vivir todo demasiado rápido.

—Lo sé —respondió Mey—. Y yo... ni siquiera sé cómo empezar a vivir.

Guillermo la miró entonces, con una expresión que no era de lástima, sino de comprensión.

—No hay apuro. Cada quien a su ritmo, ¿no?

Mey sonrió. Por fin, alguien ponía en palabras lo que ella sentía.

Esa noche, desde su ventana, volvió a mirar la calle. El grupo de siempre no estaba. Solo un par de bicicletas pasaban, y una anciana barría su vereda. Todo estaba en calma. Mey sintió que, tal vez, esa calma era también parte de su identidad. No necesitaba correr para encajar. No necesitaba gritar para que la vieran. Quizás, solo necesitaba entenderse, aceptarse y abrirse poco a poco, cuando estuviera lista.

El mundo del pueblo seguía girando, con sus historias, sus risas, sus silencios. Y Mey, desde su ventana, seguía observando, aprendiendo y creciendo… a su manera.

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