Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
NovelToon tiene autorización de jerinson Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7
La oscuro de la biblioteca es testigo de un pacto de amor . Alejandro toma a Rubí por las manos, mirándola con una fijeza que roza la locura. Su respiración es entrecortada.
—No voy a dejar que te sigan acusando —dice Alejandro, colocándole un imponente anillo de diamantes en el dedo—. Nos vamos a casar. Si nos unimos, nadie podrá testificar en nuestra contra. Serás mi esposa, Rubí.
Rubí contempla el brillo de la piedra con una sonrisa gélida y calculadora, desprovista de toda calidez humana.
—Acepto, Alejandro —responde Rubí, clavándole los ojos—. Pero recuerda todos el mundo me señala haber matado mis exesposos.
Elena escucha la noticia y deja caer su copa de vino, que se estrella contra el suelo de mármol. Su rostro se deforma por el desprecio y el pánico.
—¡¿Te volviste loco, Alejandro?! —grita Elena, señalando a Rubí—. ¡Te vas a casar con esa bruja! Ella cargó con la muerte de Julián y ahora quieres meterla oficialmente en mi mesa. ¡Es ella! ¡Ella es la mujer del velo negro que nos está destruyendo!
—Te callas, mamá —le ruge Alejandro, dándole un paso al frente—. Rubí será la señora de esta casa, te guste o no. Y tú vas a sonreír en la foto de la boda.
***
El vapor inunda la habitación. Cristina se relaja bajo la ducha, ajena de los pasos. De pronto, la cortina se corre sin hacer ruido.
Una mano con guantes negra en encaje de su vestimenta la sujeta por el cabello con una fuerza brutal, sacándola de la bañera. Cristina intenta gritar, pero el cómplice de la novia de luto la golpea en el rostro, dejándola inconsciente en el suelo húmedo.
Con una sincronía escalofriante y un sadismo ritual, las dos figuras místicas proceden a ejecutar su obra más grotesca. La mujer del velo saca una aguja gruesa y un carrete de hilo negro oscuro; con frialdad, atraviesa los labios de Cristina, cosiéndolos uno a uno en un silencio de muerte.
Mientras tanto, el hombre junta las manos y los pies de la joven. Con un martillo pesado, clava un enorme clavo de hierro a través de sus palmas y sus empeines, imitando la crucifixión de Jesucristo. Colocan el cuerpo derramándose entro de la tina, dejando que el agua lave el exceso de sangre, mientras una rosa de cristal negra flota junto al cadáver desfigurado.
Las grandes puertas de roble se abren de par en par. Una anciana de postura elegante, vestida con pieles costosas y un bastón con empuñadura de oro, entra al lugar. Se trata de Altagracia. Rubí, al verla, corre a sus brazos con una emoción melancólica, rompiendo por un segundo su armadura de hielo.
—Mi niña hermosa… —dice Altagracia, abrazando a su nieta querida—. Regresé de París después de diez años solo por ti. Me enteré de las tragedias y no iba a dejarte sola en este nido de víboras. Quien se meta contigo, se mete conmigo.
Elena y Alejandro observan la llegada con profunda desconfianza.
Valeria está sentada en la primera fila frente al altar, balanceándose despacio mientras reza en un ave María. Samuel, el joven escolta de la mansión, entra al templo para custodiar el lugar. Al verla, se detiene en seco. Se queda impactado por su belleza frágil y sutil; es un flechazo inmediato en medio de tanta oscuridad. Samuel se acomoda la chaqueta y se le acerca con timidez.
—Hola… —dice Samuel con voz suave, agachándose a su altura—. Soy Samuel, el nuevo custodio de la casa. Solo quería saber si te encuentras bien.
Valeria lo mira con sus ojos perturbados, pero por primera vez, unos gélidos de calma cruza su rostro ante la presencia del joven.
***
Henrique, el elegante y reservado gerente de la empresa familiar que maneja el apellido de Rubí, cierra la puerta con llave. Elena lo espera sentada en el sofá del fondo. Henrique se acerca rápidamente y la toma por la cintura, besándola en la boca con una pasión clandestina.
—Nadie puede saber que nos vemos aquí, Elena —murmulla Henrique, acariciándole el rostro—. Si Alejandro sospecha que soy tu amante, me quitará el manejo de las acciones de la naviera.
—Alejandro está ciego con Rubí, Henrique —responde Elena, besándolo con desesperación—. Tenemos que sacar ese dinero del país antes de que la novia de negro nos encuentre a nosotros también.
***
El detective Marcano y varios peritos forenses rompen una pared de ladrillos en una sección abandonada del subterráneo del pueblo. El olor a putrefacción es insoportable, obligando a los policías a cubrirse el rostro y las nariz el olor eras fuerte.
Al fondo, oculto entre la maleza y los escombros, yace el cuerpo de René. Está podrido por el paso de los días, con la piel renegrida y los ojos consumidos por las larvas. Sin embargo, lo que paraliza a Marcano es el suelo: debajo de los pies colgantes del abogado moribundo, los asesinos pintaron con la sangre de la víctima una gigantesca X que ocupa toda la habitación y una nota muy perturbadora.
—Esto ya no es una venganza, muchachos… —dice Marcano, contemplando el cadáver en descomposición—. Esto es un matadero. Y la novia negra nos lleva tres pasos de ventaja.
***