Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7: El impacto de fresa y harina
La frustración de la madrugada era un peso físico que aplastaba el obrador de Ramiro. Tras descubrir que su botín de espionaje no era más que un fajo de especificaciones técnicas sobre aire acondicionado, el panadero sintió una mezcla punzante de ridículo y cansancio. Se pasó las manos por el rostro, limpiándose los restos de pegamento sintético que aún le escocían en el labio superior. Eran las cuatro de la mañana, las horas de producción se le echaban encima y el fracaso de su incursión nocturna lo había dejado con los nervios a flor de piel. Su mente, habitualmente pulcra, funcionaba a trompicones debido al sueño acumulado.
Para canalizar la rabia, Ramiro decidió hacer limpieza en la despensa. Sus ojos se clavaron en un saco de veinticinco kilos de harina de fuerza defectuosa que el distribuidor le había entregado por error la semana anterior; una partida apelmazada por la humedad que no servía para sus baguettes de concurso.
—A la basura —gruñó para sí mismo, agarrando el saco por las esquinas superiores con un desprecio mal disimulado.
El saco pesaba lo suyo, pero la rabia le proporcionaba una fuerza inusual. Lo arrastró por el suelo de baldosa, provocando un siseo áspero que resonaba en las paredes vacías de "El Trigo de Oro". Como un remanente de su absurda cabezonería, o quizás por un orgullo herido que se negaba a aceptar el fin de la operación de incógnito, Ramiro se reenganchó las gafas de sol oscuras de gasolinera en el puente de la nariz. Quería convencerse de que seguía bajo el control de la situación, un profesional que simplemente descartaba material inservible en mitad de la noche.
Al otro lado de la calle, el panorama en "LaGlase" no era más idílico. Penélope se encontraba sentada en el suelo de su cocina, rodeada por los recibos del agua de 2024 de Ramiro, que acababan de convertirse en confeti bajo sus manos enfurecidas. Tenía los ojos inyectados en sangre y las mejillas encendidas por la indignación de haber sido engañada por la burocracia más mundana de su rival.
—¡Me las vas a pagar, panadero de pacotilla! —exclamó, propinándole una patada a la pata de la mesa de acero.
La necesidad de liberar espacio y despejar su mente la empujó a deshacerse de los excedentes de producción. Encontró en el almacén un bidón industrial de diez litros de sirope de fresa ultrapegajoso, un descarte de un pedido masivo para San Valentín que ya había empezado a fermentar y a perder consistencia. El recipiente de plástico traslúcido tenía una pequeña fisura en la base, por lo que un hilo denso, de un rojo fosforito y espeso como la lava, goteaba de forma rítmica, dejando un rastro brillante en el suelo.
Penélope agarró el asa superior con ambas manos, entornando los ojos por el esfuerzo mientras sus músculos se tensaban bajo el chándal negro. Estaba decidida a arrojar ese residuo dulce al contenedor del callejón antes de que el olor a fruta artificial terminara por causarle una migraña. La madrugada avanzaba y la desesperación mutua estaba a punto de redactar su capítulo más ruidoso.
El callejón trasero era un embudo de sombras húmedas a esa hora de la madrugada. El frío de las cuatro de la mañana congelaba el aliento, y la llovizna persistente cubría el pavimento de una capa resbaladiza de agua y hollín.
Ramiro empujó la puerta metálica de su obrador con el hombro, saliendo de espaldas mientras arrastraba el pesado saco de harina defectuosa. Al girarse hacia el callejón, su visibilidad se redujo a la nada. Las gafas de sol oscuras, un accesorio ridículo para la boca del lobo que era aquella callejón desierto, transformaban los contenedores de basura en bloques negros amorfos. Ramiro tropezó de inmediato con un palé de madera suelto, soltando un juramento entre dientes mientras recuperaba el equilibrio por puro instinto, obligándose a avanzar a paso rápido para terminar con la tarea cuanto antes. El doble bigote, medio despegado por el sudor del esfuerzo, le colgaba hacia la izquierda como una bandera de rendición facial.
Al mismo tiempo, Penélope avanzaba por el callejón desde la acera opuesta. Llevaba el bidón industrial de sirope colgado de los brazos, caminando de espaldas para distribuir mejor el peso muerto de los diez litros de glucosa pegajosa. El pasamontañas de lana rosa fosforito seguía enrollado en su cuello como una bufanda mal puesta, entorpeciendo sus movimientos y limitando su capacidad para oír el exterior. Tenía la vista fija en la línea de goteo rojo que iba dejando sobre el asfalto mojado, absorta en sus propios pensamientos de venganza culinaria.
Ninguno de los dos escuchó los pasos del otro debido al ruido sordo del arrastre del saco y el traqueteo del plástico contra las baldosas. Avanzaban en trayectoria de colisión directa, impulsados por la prisa ciega de la frustración.
Ramiro dio un paso largo hacia el centro del callejón, esquivando un charco imaginario que sus gafas oscuras habían magnificado. Penélope dio un paso atrás con fuerza, impulsando el bidón para salvar el desnivel del bordillo.
¡BUM!
El impacto fue seco, violento y perfectamente simétrico. Chocaron espalda contra espalda a una velocidad que los pilló por sorpresa, rompiendo el silencio de la noche con un eco metálico y humano. La fuerza del choque hizo que a Ramiro se le saltaran las gafas de sol de la cara, mientras Penélope soltaba un grito sordo de asombro al sentir que una fuerza telúrica la empujaba hacia delante, haciéndole perder el agarre del bidón industrial.
El tiempo pareció ralentizarse durante una milésima de segundo en el callejón de Villa Delicia.
El saco de veinticinco kilos de harina defectuosa, impulsado por la inercia del giro de Ramiro, voló por los aires antes de impactar de lleno contra la esquina del contenedor de reciclaje de hierro. La arpillera marrón se rasgó de arriba abajo, liberando una presión acumulada que hizo explotar la harina en una onda expansiva de polvo blanco. Una densa nube de almidón cubrió los tres metros del callejón, transformando la atmósfera en una tormenta de nieve instantánea que cegó el espacio por completo.
Casi en el mismo instante, el bidón de diez litros de sirope de fresa cayó al suelo de cabeza. El plástico rígido estalló por la presión del golpe, proyectando una columna vertical de líquido espeso, rojo y ultrapegajoso que subió como un geiser fosforito hacia el cielo de la noche, antes de llover en gotas colosales sobre el epicentro de la colisión.
Cuando el polvo blanco y el líquido dulce comenzaron a asentarse bajo el parpadeo moribundo de la farola, la escena era un cuadro expresionista abstracto de la peor especie culinaria.
Ramiro se había quedado petrificado en mitad de la calzada, con las piernas abiertas y los brazos suspendidos en el aire. Parecía una estatua de yeso o un maniquí de panadería rescatado de un incendio. La harina blanca le cubría la cabeza, las cejas, las pestañas y los hombros con una capa uniforme de dos centímetros de grosor. El único elemento discordante en su anatomía de mármol era el bigote postizo negro, que ahora goteaba un hilo denso de sirope de fresa pegajoso, estirándose hacia abajo como una liana de caramelo podrido.
A un metro de distancia, Penélope ofrecía una estampa aún más delirante. El impacto del sirope la había alcanzado de lleno en el torso y el rostro. La mezcla de la harina en suspensión con el líquido viscoso de fruta había reaccionado sobre su chándal de licra negro, creando una pasta densa, de un rosa chicle apelmazado, que la hacía lucir como un alienígena recién salido de un pantano de gominola. Tenía mechones de pelo pegados a la frente por el dulce, y su pasamontañas rosa del cuello se había convertido en un bulto informe que parecía un tumor de azúcar.
Se miraron en un silencio absoluto, un vacío sepulcral donde solo se escuchaba el goteo constante del sirope cayendo desde los canalones de las fachadas hacia el suelo cubierto de masa improvisada. Los ojos de Ramiro, libres ya de las gafas de sol, parpadearon con incredulidad, fijos en la monstruosidad rosa en la que se había convertido la elegante pastelera de enfrente. Penélope, por su parte, respiraba de forma agitada, con los puños cerrados a los lados del cuerpo, lista para lanzarse sobre el panadero de yeso y desatar la tercera guerra mundial de las aceras.
La tensión alcanzó un punto crítico, un clímax de hostilidad donde cualquier palabra habría desencadenado un asalto físico con los restos de los botes de basura. Sin embargo, el destino decidió intervenir a través del pegamento de gasolinera.
El peso de las gotas de sirope de fresa acumuladas en el vello sintético del doble bigote de Ramiro superó la resistencia del adhesivo de su labio. Con un leve sonido de desgarro rústico, el bigote postizo negro se desprendió por completo de su rostro blanco de harina y cayó al suelo húmedo, quedando atrapado en un charco de masa rosa con un chof definitivo.
Ramiro miró el bigote en el suelo. Luego miró a Penélope.
Un espasmo extraño le sacudió la boca de yeso. Penélope apretó los labios, intentando mantener la expresión de rabia asesina, pero la visión de la cara limpia de Ramiro, con su bigote real intacto debajo de un hueco blanco de harina donde solía estar la oruga sintética, fue demasiado para su resistencia emocional.
Una pequeña carcajada, un sonido ahogado que parecía el quejido de un muelle oxidado, escapó de la garganta de la pastelera.
Ese fue el detonante. Ramiro soltó una bocanada de aire que levantó una pequeña nube de harina de sus propios labios y estalló en una risa estruendosa, limpia y visceral, que resonó en las paredes de ladrillo del callejón. Penélope se dobló por la mitad, apoyando las manos pegajosas en sus rodillas de licra, riendo con una intensidad histérica que le hacía saltar las lágrimas, borrando por completo las líneas de sirope de sus mejillas.
Los dos rivales jurados de la calle principal se quedaron allí, en mitad de la noche de las cuatro de la mañana, rebozados en los excedentes de sus propias ambiciones de espionaje, compartiendo una carcajada que se escuchó en todo el vecindario de Villa Delicia. La tensión de los dónuts con luces, de los sacos de sal y de las facturas de agua de 2024 se disolvió en un segundo de puro absurdo humano. No había estrategias, no había festival, solo había un panadero blanco y una pastelera rosa descubriendo que, en el fondo, la guerra de la cocina era el chiste más divertido del pueblo. Las risas histéricas rompieron la tregua, pero la verdadera batalla por el Festival del Pastel de Oro acababa de ganar un ingrediente que ninguno de los dos esperaba encontrar en el callejón.