Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 7
Capítulo 7
La tarjeta negra
Dante nunca había dormido en un sofá cama.
El lujo de la casa no salvaba ese invento: era caro, sí, pero incómodo como castigo. A mitad de la noche se despertó con el cuello duro y la espalda quejándose.
Iba a darse vuelta cuando oyó a Valenntina.
—No... no... Váyanse... monstruos...
La luz de noche dejaba una sombra cálida sobre la cama. Valenntina estaba hecha un ovillo, los dedos clavados en la sábana, el rostro lleno de miedo.
—Mamá... mamá, salvame...
De día, esa chica podía dejar a un guardaespaldas en el piso sin despeinarse. De noche parecía una nena atrapada en un lugar del que nadie la sacaba.
Dante se acercó despacio.
—Valenntina.
Ella no despertó.
Le agarró la camisa con desesperación.
Dante se quedó quieto. Después se acostó a su lado y la abrazó con cuidado.
—Es un sueño. Estoy acá. Nadie vuelve a lastimarte.
No sabía qué había vivido. Solo entendía una cosa: para ser tan fuerte, alguien había tenido que romperse antes.
Valenntina tardó en calmarse. Cuando por fin aflojó los dedos, él quiso volver al sofá.
Ella no lo soltó.
Dante miró el techo.
—Si mañana me mata, que conste que intenté portarme bien.
Se durmió así.
Al amanecer, Valenntina despertó demasiado descansada.
Tardó unos segundos en ubicarse. Después vio el brazo alrededor de su cintura.
—¡Dante Alcorta!
La patada lo tiró al piso.
—Soy paciente —dijo él desde abajo—. Si me matás, técnicamente quedás viuda.
—¡Te metiste en mi cama, falso decente!
Valenntina se arremangó el pijama como si fuera a pelear.
—Decí qué hiciste. Rápido. Si mentís, te arranco la piel.
Dante levantó las manos.
—Tenías una pesadilla. Te abracé para calmarte. Tu ropa está intacta. Además, con usted, señora heroína, ni con cien vidas me atrevería a aprovecharme.
Valenntina se revisó. Todo en orden.
También sabía que, si hubiera pasado algo, su cuerpo lo habría notado.
El tema de las pesadillas era otra cosa. La perseguían hacía años, pero nadie debía ver esa parte.
—Bien. Te creo apenas. Pero no se lo contás a nadie.
—No me animo.
—Y si vuelve a pasar, hacés de cuenta que no viste nada. No me abrazás.
—Entendido.
Dante sonrió.
Valenntina achicó los ojos.
—¿De qué te reís?
—De nada.
—Te vi.
Dante cerró la boca.
Con ella, discutir era perder.
Bajaron a desayunar después de las nueve.
Bruno ya estaba en la empresa. Lorena, desvelada por los dos millones de la noche anterior, dormía para recuperarse del dolor. Ricardo había salido a buscar consuelo donde siempre. Patricia se fue a jugar cartas con señoras para tragarse la bronca.
Milena apareció somnolienta en la entrada del comedor. Vio a Dante sentado con Valenntina, recibió una mirada fría de su hermano y se fue sin comer.
Valenntina se rio.
—Pobre. La espantaste con los ojos.
—No se va a morir de hambre.
Después del desayuno, Valenntina se puso seria.
—Ya estás bastante estable. No hace falta que me quede pegada a vos todo el día. Yo...
Dante frunció el ceño.
—¿Te vas?
—¿Quién dijo eso? Voy a comprar cosas.
Él soltó el aire sin darse cuenta.
—¿Querés que vaya con vos?
—No. Te falta recuperarte. Y caminar un shopping cansa.
La verdad era más simple: necesitaba ropa, productos íntimos y ropa interior. Llevar a Dante a eso era ridículo.
Él sacó una tarjeta negra con borde dorado.
—Usala en Galerías del Plata.
—Qué linda. ¿Qué hace?
—Podés comprar lo que quieras sin pagar.
—¿Lo que quiera? No me digas que el shopping es tuyo.
Dante asintió.
—A los trece, mi abuelo quiso probar mi olfato comercial. Me dio capital, pero me prohibió usar contactos de la familia. Compré un terreno y levanté Galerías del Plata. Al año siguiente, el valor de la zona se disparó. Después de abrir, se volvió uno de los centros comerciales más exclusivos del país. Esa tarjeta es única. Podrías vaciar el shopping.
Valenntina silbó.
—Qué generoso. Si lo vacío, ¿no te duele?
Se rio.
—Tranquilo. No soy tan codiciosa. Como mucho vacío la mitad.
Se fue tarareando.
Dante la vio alejarse y sonrió.
—Fácil de contentar.
Valenntina no pensaba vaciar nada. Durante años vivió moviéndose por misiones; tenía dinero, pero pocas cosas físicas. Comprar de más le parecía una carga.
Necesitaba ropa. Los Rojas le habían comprado prendas baratas e imposibles. Patricia le había mandado bolsas al principio, pero casi nada le gustaba y no había ropa interior.
Primero pasó por una peluquería. Le acomodaron el flequillo y le soltaron el pelo. Con un cambio mínimo dejó de parecer la prima perdida de campo y quedó como una universitaria limpia, fresca, peligrosa si uno miraba dos veces.
Después subió al tercer piso.
En la vidriera de LL vio una pieza negra de lencería. El corpiño tenía forma de mariposa y dos piedras azules en el centro, como ojos. Era exagerada, preciosa y carísima.
Entró.
Una vendedora joven, Rocío, se acercó enseguida.
—¿Querés verla?
—¿Se puede probar?
—Sí, claro.
Rocío apenas tocó el maniquí cuando apareció la encargada.
—¿Cuántas veces te dije que esa pieza no se baja así?
La chica se puso colorada.
—La clienta quiere verla.
La encargada miró a Valenntina de arriba abajo. Ropa de marca, sí, pero no de la liga de esa tienda.
—Señorita, es una edición única. Solo existe una en el mundo. No se prueba por curiosidad.
—¿Precio?
—Quinientos ochenta mil.
—La compro.
La encargada cambió de cara.
—Perfecto, pase por caja conmigo.
—No. Me cobra ella.
Señaló a Rocío.
—Está en prueba —dijo la encargada.
—Entonces que practique.
En ese momento entraron Camila Rojas y Sofía Sanmartín.
Camila llevaba días intentando colarse en el círculo de chicas ricas de Buenos Aires. Sofía era hija no reconocida de un Sanmartín; había vivido con poco hasta los dieciocho, cuando la familia la aceptó a medias. Desde entonces gastaba y mandaba como si cada compra pudiera borrar el pasado.
—¡Sofi, mirá! —Camila fue directo a la prenda—. Es la de la revista de ayer.
Se la quitó a Rocío de las manos.
Vio la etiqueta y se le murió el entusiasmo. Para los Rojas, esa plata por ropa interior era una locura.
Sofía también la quiso. Le dolía gastar casi toda su mensualidad, pero la encargada ya estaba inclinada ante ella.
—Señorita Sanmartín, esta pieza le quedaría perfecta. Las piedras son zafiros. Es elegante, exclusiva, justo para usted. ¿Quiere probársela?
Valenntina levantó la mirada.
—Qué raro. A mí me dijiste que no se podía probar.
Sofía sonrió.
—Las piezas así son para clientas VIP. A una persona cualquiera se le puede caer una piedra, o arrancarla.
Camila recién entonces reconoció a Valenntina.
—¿Sos vos? Casi no te reconozco.
—Vine a comprar. Nada extraño.
Sofía preguntó:
—¿La conocés?
Camila sonrió con veneno.
—Mi prima. La que vendieron para darle suerte a un loco.
Sofía la miró de arriba abajo.
—Ah, la de los dos millones. Con razón ahora entra a tiendas de lujo. Venderse rinde.
Valenntina extendió la mano.
—Devolvé la prenda. Y pensá bien antes de seguir hablando.