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LA ESPOSA CIEGA QUE EL CEO NO QUIERE

LA ESPOSA CIEGA QUE EL CEO NO QUIERE

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio arreglado / Romance
Popularitas:17k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 7

El eco del portazo tras la salida de Julian todavía vibraba en las paredes del vestíbulo, pero era el silencio de Alexander lo que realmente pesaba. Sus manos, que aún sostenían mi rostro tras aquel beso cargado de una posesividad violenta, temblaban imperceptiblemente. No era un temblor de miedo, sino de una rabia contenida que amenazaba con desbordarse. Podía oler el rastro del alcohol que Julian había traído consigo, una mancha invisible en la atmósfera de pulcritud que Alexander siempre mantenía, y sentía cómo el pecho de mi marido subía y bajaba contra el mío, rítmico y acelerado.

—No vuelvas a hacer eso —su voz fue un siseo, una advertencia que quemaba.

—¿El qué, Alexander? ¿Defender mi lugar? ¿O recordarte que no puedes mantenerme en una caja de cristal? —mi propia voz sonó más segura de lo que me sentía. Mis dedos se hundieron en la tela de su camisa, sintiendo la firmeza de sus músculos pectorales. Era como tocar una estatua que acababa de cobrar vida, una que irradiaba un calor abrasador.

Él soltó un gruñido bajo y se apartó, dejándome repentinamente fría. Escuché el roce de sus zapatos sobre el mármol mientras caminaba de un lado a otro, como un animal enjaulado.

—Julian no es un rival de negocios corriente, Elina. Es un carroñero. Si ve que eres importante para mí, te usará para destruirme.

—Entonces admítelo —dije, dando un paso hacia el sonido de sus movimientos—. Admite que soy importante. No como un contrato, no como una carga... sino como algo que temes perder.

El silencio que siguió fue eterno. Solo se escuchaba el tictac de un reloj antiguo en alguna parte del salón y el sonido de la lluvia que empezaba a golpear los ventanales con una insistencia melancólica. Alexander se detuvo. Sentí que se acercaba de nuevo, pero esta vez no hubo brusquedad. Sus pasos eran lentos, deliberados, cargados de una intención que me hizo erizar la piel.

Se detuvo tan cerca que su aliento, con ese aroma a menta y café que siempre lo precedía, acarició mis labios. Una de sus manos subió lentamente por mi brazo, un roce de dedos largos que despertaba un rastro de fuego a su paso. Se detuvo en mi nuca, sus dedos enredándose sutilmente en mi cabello, mientras que su otra mano encontró mi cintura, atrayéndome hacia él hasta que no quedó ni un ápice de aire entre nuestros cuerpos.

—Eres mi esposa ante la ley, Elina —susurró, y su voz era una caricia peligrosa contra mi oído—. Y en esta casa, lo que es mío se protege. No busques sentimientos donde solo hay instinto de propiedad.

—Mientes —respondí, moviendo mi mano por su cuello hasta encontrar la base de su nuca—. Tu instinto de propiedad no te haría temblar así. Tu instinto de propiedad no te haría besarme como si estuvieras tratando de encontrar aire en medio de un incendio.

Sentí que su agarre en mi cintura se intensificaba, una presión que era casi dolorosa pero que yo deseaba con una intensidad que me asustaba. Alexander bajó la cabeza, su nariz rozando la mía, y por un momento, la oscuridad en la que yo vivía se llenó de su presencia absoluta. Sus labios rozaron los míos en una invitación tortuosa, una danza de sombras donde el deseo era el único lenguaje que entendíamos.

—No juegues con fuego, Elina —murmuró contra mi boca—. Podrías terminar quemada junto conmigo.

—Ya estoy en las sombras, Alexander. El fuego es lo único que puedo sentir.

Su respuesta fue un beso que no tuvo nada de la frialdad del CEO. Fue un beso hambriento, desesperado, una colisión de dos almas que intentaban negarse pero que se buscaban a través del tacto. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando por la curva de mi cadera con una urgencia que me hizo soltar un jadeo ahogado. Me levantó ligeramente, obligándome a rodear su cintura con mis piernas, y me llevó contra la pared más cercana. El frío del mármol contra mi espalda contrastaba violentamente con el calor de su cuerpo presionando el mío.

En ese momento, el mundo exterior —Julian, Vanessa, las deudas de mi padre— dejó de existir. Solo existía el roce de su lengua contra la mía, el aroma de su piel y la forma en que sus dedos se hundían en mis muslos a través de la fina tela de mi vestido. Era una sensualidad cruda, una batalla de voluntades donde el placer era el único vencedor.

Sin embargo, justo cuando la tensión amenazaba con romperse por completo, Alexander se detuvo. Su respiración era errática, golpeando mi cuello mientras apoyaba su frente contra mi hombro. Me bajó lentamente, dejando que mis pies tocaran el suelo de nuevo, pero no me soltó de inmediato. Me mantuvo sujeta por los hombros, como si necesitara ese contacto para no caer.

—Vete a tu habitación —dijo, y su voz volvía a tener ese tono de mando, aunque estaba rota por el esfuerzo de contenerse—. Mañana tengo un viaje de negocios a Londres. Estaré fuera tres días.

—¿Huyes de mí, Alexander? —pregunté, tratando de recuperar el aliento.

—Huyo de lo que me haces sentir —respondió él, con una honestidad que me golpeó más fuerte que cualquier insulto—. Quédate con la señora Hudson. No salgas de la propiedad. Pondré guardias adicionales en el perímetro.

Lo escuché alejarse hacia su despacho, el sonido de la puerta cerrándose con una finalidad que me dejó sola en la inmensidad del vestíbulo. Caminé hacia mi habitación, mis dedos rozando las paredes frías, sintiendo que cada paso me alejaba del calor que acababa de conocer.

Los tres días de ausencia de Alexander fueron un desierto de sensaciones. La mansión Thorne, que ya de por sí era silenciosa, se convirtió en una tumba de lujo. La señora Hudson cumplía con sus tareas con una eficiencia robótica, pero ya no se atrevía a lanzar sus dardos envenenados. Alexander había dejado claro mi estatus, y aunque él no estuviera presente, su sombra seguía gobernando cada rincón.

Me dediqué a explorar el invernadero que estaba conectado al ala este. Era un lugar donde la humedad y el aroma a tierra fértil me recordaban que la vida seguía floreciendo, incluso en cautiverio. Había orquídeas que se sentían como terciopelo bajo mis dedos y helechos que susurraban cuando los rozaba. Pasaba las horas allí, tratando de imaginar los colores que Alexander me había descrito en la gala, intentando ponerle un rostro al hombre que me besaba con odio pero me protegía con saña.

La tercera noche, el sonido de un trueno me despertó. La tormenta había regresado con una furia renovada. Me incorporé en la cama, el corazón latiendo con fuerza. Me sentía inquieta, como si el aire de la habitación estuviera cargado de electricidad estática. Me puse una bata y salí al pasillo, guiándome por el tacto de la pared.

Llegué a la planta baja, buscando un poco de agua en la cocina, cuando escuché un ruido en la entrada principal. Era el sonido de una llave girando, el chirrido de las bisagras y luego el golpe seco de la puerta al cerrarse.

Alexander había vuelto.

Me quedé inmóvil en la penumbra del pasillo. Escuché sus pasos pesados, arrastrados, como si cargara con el peso del mundo sobre sus hombros. No subió las escaleras. Se dirigió directamente al mueble bar del salón principal. Escuché el tintineo del cristal contra el cristal y el sonido del líquido vertiéndose.

—Sé que estás ahí, Elina —dijo, su voz sonando más profunda y cansada de lo habitual—. Puedo oler tu perfume a jazmín desde aquí.

Caminé hacia el salón, mis pies descalzos sin hacer ruido sobre la alfombra. Me detuve a unos metros de donde imaginaba que estaba él. El olor a whisky era fuerte, mezclándose con el aroma de la lluvia que traía en su ropa.

—¿Cómo fue el viaje? —pregunté.

—Largo. Tedioso. Lleno de gente que intenta quitarme lo que es mío —escuché cómo daba un trago largo—. Acércate.

Dudé un segundo, pero obedecí. Me acerqué hasta que sentí el frío de la lluvia que todavía humedecía su chaqueta. Alexander extendió una mano y me tomó de la muñeca, atrayéndome hacia el espacio entre sus piernas mientras él permanecía sentado en un taburete alto. Su mano estaba fría, pero su tacto era firme.

—¿Me has echado de menos? —preguntó, y sentí que su mirada recorría mi cuerpo envuelto en la bata de seda.

—He echado de menos el ruido que haces en la casa —respondí con sinceridad—. El silencio es demasiado pesado cuando no estás.

Él soltó una risa amarga y dejó el vaso sobre la barra. Me tomó de la cintura y me obligó a quedar entre sus piernas. Sus manos subieron por mi espalda, sus dedos trazando el relieve de mi columna a través de la seda. El contraste entre sus manos frías y el calor de mi cuerpo me hizo soltar un pequeño suspiro.

—Londres fue un infierno —susurró, apoyando la cabeza en mi pecho—. Solo podía pensar en lo que Julian dijo. En lo que tú dijiste. En la forma en que te entregaste a ese beso en la escalera.

Sentí la vulnerabilidad en su gesto, una grieta en su armadura que nunca había mostrado antes. Pasé mis manos por su cabello, sintiendo la humedad de la lluvia. Era un momento de paz frágil, una tregua en nuestra guerra de orgullo.

—Alexander... —susurré, pero él me silenció poniendo un dedo sobre mis labios.

—No hables. Solo quédate así un momento —pidió.

Nos quedamos en silencio, el sonido de la tormenta afuera siendo el único testigo de nuestra extraña intimidad. En ese momento, en la oscuridad del salón, Alexander Thorne no era el CEO implacable, era simplemente un hombre que buscaba refugio en la única persona que no podía ver sus cicatrices, pero que podía sentirlas mejor que nadie.

De repente, su mano se detuvo en mi nuca y me obligó a levantar la cara. Sus labios buscaron los míos de nuevo, pero esta vez no hubo violencia. Fue un beso lento, exploratorio, cargado de una melancolía que me rompió el corazón. Sus manos bajaron hacia el lazo de mi bata, desatándolo con una lentitud que me hizo temblar de anticipación.

—Elina —susurró contra mi piel, su aliento caliente quemándome—, no sé si esto es amor o una maldición, pero no puedo parar.

Sentí el roce de su camisa húmeda contra mi piel desnuda cuando la bata se deslizó por mis hombros. La sensualidad del momento, la lluvia afuera y el calor de su cuerpo contra el mío crearon una atmósfera donde el tiempo parecía haberse detenido. Alexander me besó con una intensidad que decía todo lo que su orgullo le prohibía pronunciar, y en la oscuridad de la mansión, por primera vez, sentí que la luz no era necesaria para ver que algo irreversible estaba naciendo entre nosotros.

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Clarita Gonzalez
estás istorias ya se están volviendo aburridoras asi
Clarita Gonzalez
😭😭😭😭😭
Clarita Gonzalez
Huy no está buena pero cuando terminara está istoria y como será el final no será esperar cuando pongan los otros capítulos q rrabia
Clarita Gonzalez
bueno escritora hasta cuándo esperamos los últimos capitulos ya muchas semanas y nada no deje las novelas a medias
Sonia Nalbandian
Holaa.. tendrías q buscar y utilizar otro término,ya q en infinidades de oportunidades repetis😭 SEXUALIDAD!!!
Clarita Gonzalez
🤭🤭😭😭😭
Clarita Gonzalez: q rrabia no termina las novelas completas y uno espere y espere semanas y nada
total 1 replies
Clarita Gonzalez
😭🤭
Melanny Guevara
no entendí, no la habían operado antes?
Clarita Gonzalez
😭😭
Clarita Gonzalez
hay q pereza lo dejan a uno en ascuas y la escritora no deja BN los capitulos ni los termina😭
Clarita Gonzalez
escritora lleva cuatro semanas q no escribe los capitulos de la novela porfavor son varias q se quedan así por falta de escritura
Clarita Gonzalez
cuando sube los otros capítulos escritora 👏
Clarita Gonzalez
hay escritora porq tan corto este capítulo porfavor no nos deje así en ascuas siga la lectura de la historia porfavor gracias eee dejado de leer varias novelas pensando q terminaban así 👏🥰
Clarita Gonzalez
faltan más capitulos escritora porfavor espero q estés BN para q termines los capitulos dios te bendiga grandemente tus manos para q sigas escribiendo 🥰
Luisana Carmona
me gusta el contraste de las palabras y la secuencia de la narración extensa que te atrapa y sigues leyendo cada palabra sin parar Hasta el final
Luisana Carmona
está novela oh es muy nueva o solo no comentan ☺️
Clarita Gonzalez
hay escritora q termine BN está istoria muy traumática para ellos pero el muy lindo como la proteje🥰
Betty Saavedra Alvarado
Elina te obligaron a casarte con Alexander tu le vas a dar guerra
Cliente anónimo
Por que en cada capítulo colocas al sensualidad ?
Clarita Gonzalez
escritora y como termina esta historia no hay final o sigue la otra parte y cuando
Clarita Gonzalez: si me gustó y mucho pero le falta para saber en qué termina esta maravillosa historieta 👏
total 1 replies
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