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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 9: La noche del lobo

Ricardo no esperó a que yo dijera una palabra más. Me agarró del cuello con una mano y con la otra terminó de arrancar los botones de su camisa. Sus ojos no tenían rastro de humanidad; eran los de un animal que ha pasado días sin cazar y finalmente tiene a su presa acorralada.

—Te dejé descansar dos días, Anaís —gruñó contra mi oído, mientras me lanzaba sobre la cama con una fuerza que me hizo perder el aire—. Pero el tiempo se acabó.

Lo que siguió fue una tortura que pareció no tener fin. Ricardo se lanzó sobre mí como un lobo hambriento. No había caricias, solo rabia y deseo de posesión. Me embestía con una violencia salvaje, cada movimiento suyo era un golpe seco contra mi cuerpo que ya estaba herido. Sus manos apretaban mis caderas con tanta fuerza que sentía que mis huesos iban a crujir en cualquier momento.

El calor en la habitación se volvió insoportable. El sudor de su cuerpo se mezclaba con el mío, pegándonos en una danza de dolor y asco. Yo intentaba no gritar, recordaba a Bianca durmiendo en el cuarto de al lado, pero cada vez que él me golpeaba con su cuerpo, un gemido de agonía se me escapaba de los labios partidos.

—Llora —me ordenaba él, mientras me sujetaba las manos contra el colchón hasta que dejé de sentirlas—. Quiero oírte aceptar que eres mía.

Me pegaba con la palma de la mano en los muslos y en la espalda cada vez que mi cuerpo intentaba resistirse. Sus golpes no eran al azar; sabía exactamente dónde dolía más. El sudor le caía por la frente, goteando sobre mi rostro, mientras él seguía y seguía, sin mostrar ni un poco de cansancio. Parecía que mi dolor le daba más energía.

A mitad de la noche, sentí que me iba a desmayar. Mi respiración era un silbido corto y me ardía todo por dentro. El flujo de sangre de mi labio volvió a manchar las sábanas blancas, pero a él no le importaba la suciedad; le gustaba el caos que estaba dejando en mí.

—Mírame, Anaís —me obligó, clavando sus dedos en mi mandíbula—. No te vas a dormir hasta que yo lo diga.

Fue una noche eterna. Cada vez que pensaba que ya había terminado, él volvía a empezar con más fuerza, más hambre, más odio. Yo era solo un trozo de carne bajo su peso, un objeto para descargar su furia. Cuando por fin se detuvo, ya casi amanecía. Se levantó de la cama como si nada, dejándome allí, temblando, empapada en sudor y sangre, sintiendo que cada centímetro de mi piel estaba roto.

Se vistió en silencio, se puso su reloj de oro y me miró una última vez antes de salir.

—Límpiate —dijo con voz fría—. En una hora quiero el desayuno en la mesa. Y asegúrate de que Bianca no vea que no puedes ni caminar.

Cerró la puerta y me quedé sola en la oscuridad, escuchando los latidos de mi corazón y sintiendo el vacío de una mujer a la que le han robado hasta la última gota de dignidad. La tortura física había terminado por ahora, pero el miedo apenas empezaba a echar raíces en lo más profundo de mi ser.

La habitación quedó en un silencio sepulcral, solo interrumpido por mi respiración entrecortada y el goteo del sudor que caía de las sábanas al suelo. Me quedé inmóvil, mirando al techo, sintiendo cómo el cuerpo se me enfriaba y la piel se me ponía rígida por el sudor seco y la sangre. No podía cerrar las piernas; el dolor en la entrepierna era un fuego que no se apagaba, y sentía que si intentaba moverme, mis músculos se desgarrarían como papel.

Con un esfuerzo sobrehumano, logré sentarme en la orilla de la cama. El mundo me dio vueltas. Al bajar los pies, un rastro de flujo y sangre corrió por mis muslos, manchando la alfombra impecable que tanto me había costado limpiar.

—Tengo que borrar esto... —susurré, pero mi voz ni siquiera salió.

Me arrastré hasta el baño, dejando marcas en el suelo. Cada movimiento era una agonía. Al verme en el espejo, no me reconocí. Tenía el cabello pegado a la frente por el sudor, los ojos inyectados en sangre y nuevas marcas rojas y moradas en mis hombros y pechos, donde los dientes de Ricardo se habían clavado como los de una fiera.

Abrí la ducha y dejé que el agua fría cayera sobre mí. El contacto del agua con las heridas me hizo soltar un grito que ahogué con mi propia mano. Vi cómo el agua se teñía de rosa mientras se iba por el desagüe, llevándose el rastro de la bestialidad de esa noche. Me froté la piel con rabia, queriendo arrancarme su olor, su sudor, su marca, pero lo único que logré fue que mis heridas ardieran más.

Salí del baño tambaleándome. Tenía que vestir a Bianca, tenía que hacer el desayuno, tenía que fingir que estaba viva. Me puse un vestido largo y apreté los dientes mientras subía el cierre, sintiendo cómo la tela rozaba mi piel en carne viva.

Cuando bajé a la cocina, Ricardo ya estaba sentado a la mesa, leyendo el periódico y bebiendo café como si nada hubiera pasado. Estaba impecable, con su camisa blanca perfectamente planchada y su aroma a colonia cara. Al verme entrar, ni siquiera levantó la vista, pero supe que estaba disfrutando de mi paso lento y de la forma en que me apoyaba en los muebles para no caer.

—El café está tibio —dijo con una voz gélida que me hizo temblar—. Hazlo de nuevo. Y que no se te ocurra derramar ni una gota, Anaís. Mis manos todavía están calientes de anoche, no me obligues a usarlas otra vez.

Bianca entró a la cocina corriendo y se detuvo al verme. Se quedó mirando mis manos, que no dejaban de temblar mientras sostenía la cafetera.

—¿Por qué tiemblas, Anaís? —preguntó la niña con curiosidad inocente.

Sentí la mirada de Ricardo clavada en mi nuca, como un cuchillo listo para entrar.

—Es el frío, Bianca... solo tengo un poco de frío —mentí, sintiendo cómo una lágrima de pura impotencia quemaba mi mejilla antes de que pudiera limpiarla.

La tortura no había terminado con la salida del sol. Ricardo me miraba con una sonrisa de lado, sabiendo que me tenía exactamente donde quería: rota, agotada y bajo su bota, lista para otra jornada de humillación en su jaula de oro.

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Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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