1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Capítulo Extra: El Arte del Deseo y la Traición
Capítulo Extra: El Arte del Deseo y la Traición (Flashback: La noche antes de la Gala)
Nueva York, tres años y medio atrás.
La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales del ático de la Quinta Avenida. Dentro, el silencio era casi sólido, roto solo por el tictac rítmico de un reloj de pie que parecía contar los segundos que nos quedaban de una vida que ya no nos pertenecía. Yo estaba sentada frente al tocador, mirando mi reflejo. Llevaba el collar de diamantes que mi madre me había obligado a probarme para la gala del día siguiente. Las piedras eran frías, como dedos de hielo alrededor de mi garganta.
La puerta se abrió y Alistair entró. No llamó. Nunca lo hacía en esos días. Se reflejó en el espejo detrás de mí, su silueta oscura dominando la habitación. Se había quitado la chaqueta y tenía la camisa desabrochada en el cuello, dándole un aire peligrosamente humano.
—Tu madre está contenta —dijo, su voz era un susurro que me erizó la piel—. Dice que los preparativos son perfectos. Que pareces una verdadera Sterling lista para el sacrificio.
—¿Es eso lo que soy, Alistair? ¿Un sacrificio? —me giré para mirarlo. El odio que sentía por él en ese momento era una llama viva, alimentada por su supuesta traición en la isla.
Él se acercó y puso sus manos en mis hombros. Su toque me quemaba, pero me negué a apartarme. Quería que viera el daño que me estaba haciendo.
—Eres la pieza clave, Elena. Sin ti, el edificio no se sostiene.
—Me vendiste por un puesto en el consejo —escupí las palabras como si fueran veneno—. Me hiciste creer que me amabas en aquella cabaña, solo para entregarme a mi padre como si fuera un paquete. ¿Cuánto valgo, Alistair? ¿Cuántas acciones de Vane Industries costó mi libertad?
Alistair se inclinó, su rostro a milímetros del mío. Pude oler el whisky en su aliento y el aroma a tormenta que siempre lo acompañaba. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad.
—Vales más de lo que este mundo puede pagar, Elena. Pero tú no lo entiendes. Todavía no.
De repente, sus manos se deslizaron desde mis hombros hacia mi cuello, rodeando los diamantes. Por un momento, pensé que iba a apretar, que iba a terminar con mi agonía allí mismo. Pero sus dedos solo acariciaron la frialdad de las piedras.
—Si pudiera —murmuró, y su voz tembló ligeramente—, te sacaría de aquí ahora mismo. Te llevaría tan lejos que ni siquiera el nombre Sterling podría alcanzarte.
—¡Entonces hazlo! —le grité, golpeando su pecho con los puños—. ¡Deja de jugar a dos bandas! ¡Dile a mi padre que nos vamos!
Él me sujetó las muñecas, inmovilizándome. Su fuerza era abrumadora, pero sus ojos estaban llenos de una agonía que me dejó sin aliento.
—No puedo. Si nos vamos ahora, nos cazarán. Tu padre tiene ojos en todas partes. La única forma de ser libres es que ellos crean que han ganado. Tienen que creer que te he domado, que soy su aliado fiel. Solo desde el centro del poder puedo colocar los explosivos necesarios para derribar los muros.
—¿De qué estás hablando?
Él me soltó y caminó hacia la ventana, mirando las luces borrosas de Manhattan.
—Mañana, en la gala, voy a activar un protocolo que he estado preparando desde que tenía quince años. Un "interruptor de hombre muerto" que filtrará cada cuenta, cada soborno, cada muerte que nuestras familias han causado. Pero para que funcione, tengo que estar en ese estrado. Y tú tienes que estar a mi lado, pareciendo la novia perfecta.
Me quedé en silencio, mi mente intentando procesar sus palabras. ¿Era otra mentira? ¿Era parte del "arte de la mentira" para mantenerme dócil?
—¿Por qué debería creerte? —pregunté, acercándome a él—. Me has roto el corazón, Alistair. Me has hecho sentirme sola en el lugar donde nací.
Él se giró bruscamente y me agarró por la cintura, atrayéndome hacia él con una violencia desesperada. Me besó con una furia que sabía a desesperación y a un deseo contenido durante años. No fue un beso de amor romántico; fue un beso de guerra, una colisión de dos almas heridas que intentaban encontrarse en medio de un campo de minas.
Me separé de él, jadeando. Mi corazón latía tan rápido que sentía que iba a estallar.
—Si me estás mintiendo —le dije, mi voz temblando—, juro que te mataré yo misma antes de que el FBI llegue.
Alistair sonrió, una sonrisa triste y hermosa que me rompió el alma.
—Si te estoy mintiendo, Elena, ya estaré muerto por dentro.
Se arrodilló ante mí, un gesto de sumisión que nunca esperé del orgulloso Alistair Vane. Tomó mi mano, la que llevaba el zafiro, y la besó con una reverencia casi religiosa.
—Mañana por la noche, este mundo arderá —dijo—. Y yo estaré allí para sostenerte mientras vemos las llamas. Solo te pido una cosa: no me mires con amor frente a ellos. Mírame con el mismo odio que sentiste hoy. Es lo único que los convencerá.
—No será difícil —respondí, aunque una parte de mí ya estaba empezando a perdonarlo—. Pero después... después de que todo arda... ¿qué quedará de nosotros?
Alistair se levantó y me tomó la cara entre las manos. Su pulgar acarició mi labio inferior, donde todavía sentía el calor de su beso.
—No lo sé, Elena. Quizás no quede nada. Quizás solo seamos dos extraños en una ciudad extraña. Pero seremos extraños libres. ¿No es eso lo que querías?
—Lo que quería era a ti. Sin el tablero, sin las piezas, sin el veneno.
—Mañana me tendrás. Todo lo que quede de mí será tuyo.
Esa noche, Alistair no se fue de mi habitación. Nos quedamos despiertos, sentados en el suelo contra la cama, hablando en susurros sobre un futuro que parecía una fantasía imposible. Hablamos de lugares donde nadie conocía los nombres Sterling o Vane. Hablamos de una vida sencilla, de despertarnos sin miedo, de ser dueños de nuestro tiempo.
Fue una noche de confesiones mudas y caricias robadas. El deseo, que durante tanto tiempo habíamos usado como arma el uno contra el otro, se transformó en algo diferente. Ya no era un arte de la traición, sino un lenguaje de redención.
Cuando el primer rayo de sol iluminó la habitación, Alistair se levantó y se puso la camisa. Volvió a ser el hombre de hielo, el heredero perfecto, el traidor necesario.
—Es hora de prepararse para el baile, Elena —dijo, su voz recuperando la frialdad corporativa—. Ponte tu mejor vestido. Hoy vamos a hacer historia.
Lo miré desde la cama, sintiendo una mezcla de terror y una extraña euforia.
—Te odio, Alistair Vane —le dije, siguiendo el guion que él mismo había escrito.
Él se detuvo en la puerta y me miró por última vez antes de que las máscaras se sellaran definitivamente.
—Lo sé, Elena. Y yo te amo por ello.
Salió de la habitación, dejándome sola con mis diamantes y mi plan de destrucción. El tablero estaba listo para el último movimiento, y aunque el miedo me atenazaba las entrañas, supe que Alistair tenía razón. Para salvar lo que amábamos, teníamos que estar dispuestos a prenderle fuego a todo.
Aquella noche, antes de la gala, aprendí que el mayor acto de amor no es un beso bajo la luna, sino estar dispuesto a ser el villano en la historia de la persona que amas, solo para asegurar que ella tenga un final feliz.
El arte del deseo se había convertido en el arte del sacrificio. Y mientras me ponía el vestido plateado que pesaba como el plomo, me preparé para el vals más peligroso de mi vida. El vals que nos llevaría, finalmente, a la libertad o a la muerte.
Pero sobre todo, a nosotros mismos.