Estaré subiendo capítulos diario y es una historia corta sin muchas complicaciones y personajes
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CAPITULO 2
Jardín de la mansión del Barón estaba decorado con una opulencia que Evelyn calificaría como "desesperada".
Había guirnaldas de flores en exceso y una orquesta que tocaba piezas demasiado ruidosas para una tarde de té.
En el centro de la atención estaba Rose, la hija del Barón, luciendo un vestido rosa pálido con volantes infinitos, rodeada de un séquito de jóvenes nobles que disfrutaban burlándose de la ausencia de Lady Charlotte.
—¿Creen que venga hoy? —preguntó Rose, llevándose un pañuelo a los ojos con fingida tristeza—. La última vez que la vi, estaba tan alterada... Me gritó cosas tan horribles solo porque Lord Julian me ayudó a recoger un pañuelo.
Me asusta su temperamento.
Lord Julian, un hombre de facciones atractivas pero expresión arrogante, le dio un apretón de manos reconfortante.
—No temas, Rose. Charlotte es una mujer vulgar que no sabe controlar sus impulsos. Su riqueza no puede comprar la clase que tú posees.
Si aparece hoy vestida como un pavo real moribundo, simplemente le pediré que se retire para no incomodarte.
Justo en ese momento, el lacayo anunció con voz potente:
—¡Lady Charlotte de Belmont!
Todas las cabezas giraron hacia la entrada del jardín, esperando ver el desastre de colores chillones y plumas al que estaban acostumbrados. Pero el silencio que cayó fue tan pesado que se podía escuchar el vuelo de una abeja.
Evelyn entró con el paso medido de una reina cruzando la alfombra roja.
No llevaba el vestido naranja que todos esperaban. Vestía un traje de seda de un gris perla casi plateado, de corte impecable que seguía las líneas de su figura sin ser vulgar.
No había encajes excesivos, solo un cuello alto y elegante y mangas que terminaban en puños de madreperla.
Su cabello, antes un nido de rizos artificiales, caía en una cascada de seda oscura sobre sus hombros, adornado únicamente por una pequeña peineta de diamantes de las minas de su padre.
No usaba el maquillaje pesado que solía mancharle las mejillas; su piel lucía fresca, radiante, y sus labios tenían apenas un toque de color natural. Se veía cara. Se veía inalcanzable.
Evelyn caminó directo hacia la mesa principal. Rose y Julian se quedaron con la boca abierta, incapaces de procesar que esa mujer sofisticada fuera la misma Charlotte que perseguía carruajes entre llantos.
—Buenas tardes a todos —dijo Evelyn, su voz proyectándose con la claridad de una actriz de teatro—. Rose, querida, gracias por la invitación. Espero no haber interrumpido tu... conmovedora historia.
Parecías estar a punto de llorar.
Rose parpadeó, confundida por la calma de su rival.
—Charlotte... te ves... diferente. ¿Estás enferma? Estás muy pálida, casi no tienes color en el rostro.
Evelyn soltó una risa ligera, casi musical.
—Se llama elegancia, Rose. Pero entiendo que para alguien acostumbrada a los excesos del estilo provincial, la sencillez sea difícil de digerir.
Menos es más, aunque dudo que ese concepto figure en tu vocabulario.
Julian, recuperando el habla, se puso de pie, tratando de imponer su altura.
—Charlotte, no pienses que por cambiar de ropa olvidaremos tu comportamiento del otro día. Le debes una disculpa a Rose por tus celos infundados.
Evelyn lo miró directamente a los ojos. No con odio, sino con algo mucho más hiriente: indiferencia. Lo recorrió de arriba abajo como si fuera un mueble viejo y polvoriento.
—¿Celos, Lord Julian? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. Para sentir celos, primero tendría que sentir interés. Y me temo que mi interés en usted se extinguió en el mismo momento en que recuperé el sentido de la vista.
Realmente, ahora que lo miro con atención... esa chaqueta verde no favorece en nada a su tono de piel. Lo hace ver un poco... amarillento. ¿Está bien de salud?
Los presentes soltaron risitas ahogadas.
Julian se puso rojo de furia. Nunca nadie le había hablado así, y mucho menos la mujer que solía rogarle por un baile.
—¡Cómo te atreves! —chilló Rose, recurriendo a su táctica de siempre—. Julian, ella me está atacando otra vez con sus palabras hirientes. ¡Siento que me voy a desmayar!
Rose se tambaleó dramáticamente hacia atrás, esperando que Julian la atrapara.
Evelyn, rápida como una centella, tomó una jarra de agua fría que estaba sobre la mesa y, con una precisión quirúrgica, vertió un poco sobre el suelo justo donde Rose iba a caer. Rose resbaló y terminó sentada de golpe en el césped, con el vestido rosa manchado de lodo y la dignidad por los suelos.
—¡Oh, cielos! —exclamó Evelyn, fingiendo preocupación pero sin moverse un milímetro—. Parece que el suelo tiene tanto equilibrio como tu moral, Rose. Deberías tener cuidado, el lodo es muy difícil de quitar de telas tan... económicas.
—¡Tú lo hiciste a propósito! —gritó Julian, ayudando a Rose a levantarse mientras ella lloriqueaba de verdad por la humillación.
—Lo que hice fue darle a este té el drama que le faltaba —respondió Evelyn con una sonrisa gélida—. Lord Julian, le hago un favor: quédese con ella. Hacen una pareja perfecta. La hipocresía y la mediocridad siempre han ido de la mano.
Ahora, si me disculpan, tengo negocios que atender. Ser la heredera de las minas de esmeraldas requiere más tiempo del que puedo perder con personas de su... categoría.
Evelyn se dio la vuelta, haciendo que su capa gris ondeara con una gracia cinematográfica. Mientras se alejaba, escuchó los susurros de las otras damas de la nobleza: "¿Viste su piel?", "¿De dónde habrá sacado esa seda?", "¿Viste cómo puso en su lugar al Marqués?".
En el carruaje de regreso, Evelyn suspiró.
La adrenalina de la actuación todavía corría por sus venas. Había ganado el primer round, pero sabía que Julian y Rose intentarían tomar represalias. Sin embargo, ella ya estaba pensando en su siguiente jugada: el azúcar.
Había notado que los postres en el té eran masas secas y pesadas. Nada que ver con la delicadeza de un mille-feuille o la intensidad de un chocolate amargo moderno.
—Si quiero poder absoluto en este reino —murmuró para sí misma—, no solo debo vestir mejor que ellas. Debo hacer que dependan de mí para sus placeres más dulces.
Llegó a la mansión de su padre y fue directa a la cocina. El chef del Duque, un hombre francés llamado Pierre que estaba harto de cocinar estofados pesados, la miró con sorpresa.
—Pierre —dijo Evelyn, arremangándose la seda con cuidado—, olvida el banquete de esta noche. Vamos a hacer algo que este reino jamás ha probado. Trae mantequilla, huevos, cacao y toda la vainilla que tengas. Vamos a construir un imperio.
Esa noche, el aroma que salía de las cocinas de los Belmont era tan embriagador que los guardias de la puerta se distraían de sus puestos.
Evelyn, con su conocimiento del mundo moderno, comenzó a dictar recetas de postres refinados, creando el primer boceto de lo que sería su tienda.
Pero el destino tenía una sorpresa más esa semana. Mientras Evelyn caminaba por el mercado de la ciudad de incógnito, buscando ingredientes especiales, un carruaje que iba a toda velocidad estuvo a punto de arrollar a un niño.
Sin pensarlo, Evelyn corrió y jaló al pequeño hacia la acera.Al levantarse, se encontró de frente con el dueño del carruaje que se había detenido en seco. Un hombre bajó de un salto. Era alto, de una complexión atlética que la ropa de montar no podía ocultar.
Su cabello era de un rojo intenso, como brasas de una hoguera, y cuando sus ojos se encontraron con los de ella, Evelyn sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el susto.
Eran unos ojos verdes, profundos como las esmeraldas que su padre extraía de las minas, pero con un brillo de inteligencia y peligro que ella reconoció de inmediato.
—¿Se encuentra bien, Milady? —la voz del hombre era profunda, vibrante.
Evelyn, por primera vez en dos vidas, sintió que su máscara de actriz flaqueaba. Pero rápidamente recuperó la compostura, enderezando su espalda.
—Estoy perfectamente, caballero. Aunque sugeriría que enseñe a su cochero que las calles de la ciudad no son una pista de carreras. Sería una lástima que alguien de su porte terminara en la cárcel por un accidente tan... descuidado.
El hombre pelirrojo arqueó una ceja, impresionado. Nadie le hablaba así al Gran Duque de la Frontera Norte. Una sonrisa intrigada apareció en sus labios.
—Tomo nota de su sugerencia, bella dama. ¿Puedo al menos saber el nombre de mi valiente crítica?
Evelyn lo miró fijamente, con esa coquetería fina que la había hecho famosa en Hollywood.
—El nombre es algo que se gana, señor. Y usted acaba de empezar con el pie izquierdo.
Se dio la vuelta y se marchó, dejando al hombre pelirrojo mirando su figura alejarse con una curiosidad que rayaba en la obsesión.
que no tiene una obsesión por humillar más de lo debido.
y que el pelirrojo va hacer su piedra de tropiezo. 😂