Un delegado de policía consumido por la venganza. Un chef que carga con una condena que no le pertenece. El mismo enemigo. Un deseo que ninguno de los dos puede controlar.
Vinícius Cruz lleva años cazando al narcotraficante que destruyó a su familia. Frío, implacable y sin espacio para el amor, su vida se reduce a una obsesión: hacer justicia con sus propias manos. Hasta que una noche, en medio del caos de una discoteca, sus ojos se cruzan con los de un desconocido que le roba el aliento.
Saullo Dantas acaba de salir de prisión después de cumplir tres años por un crimen que no cometió. Carga con cicatrices que no puede mostrar, secretos que no puede contar y un plan de venganza que podría costarle la vida. Lo último que necesita es caer rendido ante un hombre que esconde su propia identidad.
Lo que empieza como una atracción imposible de ignorar se convierte en algo que ninguno de los dos sabe nombrar. Pero cuando las mentiras se derrumban y el pasado los alcanza, Vinícius y Saullo descubrirán que comparten mucho más que una cama: comparten al mismo demonio.
Entre traiciones, secretos policiales y un enemigo que acecha en las sombras, tendrán que decidir si el amor es suficiente razón para arriesgarlo todo... incluso la vida.
Una historia de pasión sin límites, segundas oportunidades y la certeza de que el corazón no entiende de reglas.
Para mayores de 18 años. Contenido adulto explícito.
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Capítulo VII (Narrador)
"Nunca se debe perder la esperanza, siempre surge la oportunidad"
Una semana más había pasado y el equipo de Vinícius vivía en una carrera persiguiendo a unos traficantes buscados en todo el país.
El traficante llevaba algunos meses desaparecido de la mira de la policía. El equipo estaba esperando la llegada de un nuevo policía transferido desde otra ciudad para unirse al equipo.
El delegado Vinícius Cruz estaba que mordía a cualquiera.
—¡Parece que alguien aquí no anda cogiendo últimamente! —comentó Silva provocando al jefe.
—¡Pobre del que le caiga en las manos! —completó Piano caminando con una sonrisa.
Cruz solo escuchaba y ponía cara de pocos amigos. Los hombres que trabajaban con él lo conocían bien: estaba en su límite de estrés. Solo de pensar que el tipo estaba de vuelta en la ciudad y no lograba atraparlo, lo ponía furioso.
Al final de la jornada decidió salir solo a beber; no quería la compañía de nadie. Salió en su carro buscando un lugar tranquilo donde pudiera estar en paz.
Encontró un bar y decidió entrar buscando una mesa desocupada para sentarse, pero sus ojos encontraron algo mejor. Saulo estaba en una mesa con dos hombres en una plática que parecía muy divertida. Llevado por el impulso del momento, fue directo a donde estaba el cocinero.
—¡Qué pequeño es el mundo! —dijo Vinícius al acercarse a su mesa.
—¿Vinícius?
La expresión de Saulo era de total sorpresa al ver a Vinícius frente a él.
—¡Eres bien difícil de encontrar! —comentó el delegado con descaro, dejando a los otros hombres sin entender nada.
—Jefe, nosotros ya nos vamos, se está haciendo tarde.
Dijo uno de los muchachos que trabajaba con él en el restaurante.
El otro también se despidió para acompañarlo.
—¡Muchachos, es temprano!
—¡Mañana hablamos en el restaurante!
Respondió uno de los muchachos.
Saulo intentó hacer que se quedaran, pero no sirvió de nada. Se fueron, dejándolo a solas con Vinícius.
—¡Disculpa, creo que espanté a los chicos! —dijo Vinícius con una sonrisa en el rostro.
—¡Con toda seguridad! —concordó Saulo demostrando que estaba molesto.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó Vinícius con curiosidad.
—Trabajan conmigo en el restaurante.
—¿Los interrumpí? —provocó el delegado.
—No estábamos haciendo nada del otro mundo. ¿Y tú, estás aquí solo?
Saulo no dejó de picar a Vinícius.
El delegado jaló una silla y se sentó a su lado.
—Sé que me viste aquella noche. Ese tipo no es mi novio, por si eso pensaste... A veces nos acostamos, cuando necesito relajarme —confesó Vinícius mirando fijamente a Saulo.
—Qué bueno saberlo.
Comentó el cocinero con sarcasmo, intentando levantarse, pero el delegado lo sujetó del brazo haciéndolo sentarse de nuevo.
—Necesito irme, ya es mi hora —dijo Saulo muy serio.
—¡Te llevo a tu casa! —pidió Vinícius.
—Oye, no soy alguien para quitarte el estrés —provocó Saulo pasándose la lengua por los labios.
—¿Quién dijo que te quiero para eso?
—¿Qué quieres de mí, Vinícius? ¡Ni siquiera sabes mis preferencias!
Declaró el cocinero, provocándolo.
—Estoy dispuesto a descubrirlas.
Una sonrisa cínica apareció en los labios de Vinícius.
—¿Estás seguro? —preguntó acercando la boca al oído del delegado.
—¡Totalmente! —murmuró él.
Vinícius no esperó a que otra palabra saliera de la boca de Saullo. Se levantó y salió jalándolo fuera del bar, directo al carro estacionado del otro lado de la calle. Abrió la puerta del carro para que se sentara en el asiento del copiloto. Ya dentro del carro, Vinícius no se contuvo: jaló a Saullo contra su cuerpo y comenzó a besarlo. Necesitaba sentir el sabor de esa boca que tanto había deseado todos esos días, que lo hacía perder el sueño. Pensó que el otro lo empujaría, pero eso no sucedió. Entonces supo en ese momento que Saullo lo deseaba tanto como él.
Un gemido escapó de la boca de Saullo, que correspondió a los besos de Vinícius mientras sus manos lo sujetaban por el cuello para acercarlo más. Se separaron y se acomodaron bien en el carro, saliendo directo al departamento del cocinero, que quedaba más cerca.
Manos inquietas recorrían los muslos de ambos hombres, que parecían no poder contenerse. Saullo le dio la dirección a Vinícius.