Voran, un ser de inmortalidad y fuerza inconmensurable, ha evitado el amor por siglos, temiendo que su inmenso poder destruya todo lo frágil y bello.
Él,un vampiro milenario forjado en la soledad y el poder, creía que su corazón estaba tan frío como las montañas que lo ocultaban. Hasta que sus ojos cayeron sobre Ginia, una joven humana cuya pureza y bondad eran un bálsamo en su oscura existencia.
Él la observa desde las sombras, temiendo que su propia naturaleza la destruya, pero incapaz de mantenerse alejado.... Una tormenta los une en un encuentro predestinado, un vínculo inquebrantable comienza a forjarse. Pero el amor entre la luz y la oscuridad tiene un precio, y la intimidad puede ser un acto tan peligroso como la guerra. El miedo a dañarla se cierne sobre cada roce,cada mirada, cada anhelo de intimidad¿Podrá Voran superar su miedo a dañar a la mujer que ha despertado su alma? Cuando lo imposible suceda, ¿podrá Ginia soportar el peso de un amor que desafía la vida y la muerte!?
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Travesía a través de la niebla.
La neblina cálida que había surgido del monolito no era como ninguna otra niebla que Ginia hubiera conocido. No era húmeda ni fría; en cambio, tenía una ligereza etérea, casi como un velo translúcido que las invitaba a pasar a través de él. A medida que Ginia y Linda cruzaban el umbral invisible del monolito, el mundo detrás de ellas pareció desdibujarse, sus sonidos amortiguarse hasta convertirse en ecos distantes. El aire dentro de la niebla vibraba con una energía sutil, y el aroma a tierra húmeda se mezclaba con una fragancia dulce y desconocida, como el néctar de flores nocturnas, una especie de promesa susurrada de secretos ancestrales que solo el corazón podía interpretar.
“Esto… esto no es normal, Ginia,” la voz de Linda sonaba tensa, apenas un susurro que se perdía en la suavidad del velo. Sus ojos, normalmente llenos de chispa y curiosidad, ahora estaban agrandados por una mezcla de asombro y aprensión. Se aferró al brazo de Ginia, su mano fría, temblorosa, como si solo el contacto con su amiga pudiera anclarla a una realidad que se le escapaba. “Mi abuela no mencionó que el camino a Itzel fuera así. ¿Estás segura de que debemos seguir? Me siento… me siento extraña, como si no pudiera pensar con claridad. Como si algo me estuviera confundiendo.”
Ginia apretó la mano de su amiga, ofreciéndole una tranquilidad que no sentía del todo, pero que debía proyectar. La suya propia era una mezcla de euforia y una profunda curiosidad que la arrastraba hacia adelante, un anhelo que resonaba con la extraña magia del lugar. “No lo sé, Linda. Pero es el camino que nos mostró el monolito. Siento… siento que es el correcto. Es como si cada paso que damos nos acerca a una verdad que hemos esperado toda la vida, algo que siempre estuvo allí, dormido, y ahora despierta.” Sus palabras se perdieron un poco en la misma neblina que las rodeaba, con un eco suave que no parecía suyo. “¿No sientes esta… energía? Es como si el bosque nos estuviera abrazando, hablándonos en un lenguaje que apenas comprendemos, pero que nos llama.”
Linda negó con la cabeza, su expresión aún más contraída. Su cabello rizado, que normalmente se movía con libertad al viento, ahora parecía aplacado por la humedad invisible de la neblina, pegándose a su frente. “Siento escalofríos, Ginia. No me gusta esto. No me gusta sentir que no puedo ver a dónde vamos, que el tiempo parece haberse ralentizado o incluso detenerse. ¿Y si nos perdemos? ¿Y si esta niebla nos lleva a otro lugar, a una trampa que no podemos ver? Esos cuentos de hadas sobre gente que se pierde en el bosque por la niebla… tienen una razón de ser, Ginia. Siempre decía mi abuela que lo que no se ve es lo más peligroso.” Se detuvo abruptamente, sus ojos escaneando el entorno borroso con una desesperación creciente, como si esperara que un monstruo surgiera de la nada. “Deberíamos volver. Al menos podríamos ver el sol allí, y pensar con la cabeza fría. Podríamos buscar un plan B.”
Ginia se detuvo también, volviéndose para enfrentar a su amiga, aunque la neblina hacía que los contornos de Linda fueran difusos, como si estuviera hablando con un fantasma. La tenue luz dentro del velo le daba al rostro de Linda una palidez fantasmal, acentuando su preocupación y haciendo que sus ojos se vieran aún más grandes y asustados. “No podemos, Linda. No ahora. Ya hemos llegado demasiado lejos. Piensa en todo lo que pasó, en lo que vi, en lo que sentí. Los lobos, el hombre que me salvó, los sueños… no puedo simplemente dar la vuelta y pretender que nada de eso existió. Necesito respuestas, y tú misma dijiste que Itzel era la única que podría darlas. ¿No confías en la sabiduría de tu abuela? Ella creía en esto, en la magia, en la gente que vive en las sombras.”
“Confío en mi abuela,” replicó Linda, soltando el brazo de Ginia con un suspiro frustrado, aunque sin alejarse. Su voz se volvió un poco más firme, aunque aún teñida de miedo. “Pero mi abuela también me enseñó a ser precavida. Ella siempre decía que la magia era poderosa, pero también engañosa. Que no todo lo que brilla es oro, y que las promesas más bellas pueden esconder las trampas más crueles. Y este camino… es diferente a todo lo que me contó, más allá de cualquier leyenda. Esto es real, y me asusta.” Sus ojos se posaron en Ginia, llenos de una preocupación genuina, un amor incondicional que superaba el miedo. “¿Y si este ‘hombre no humano’ te está atrayendo a algo oscuro? ¿Y si lo que sientes no es amor, sino… hechizo? Nunca lo habías visto hasta el otro día, Ginia. Y ahora estás dispuesta a adentrarte en lo desconocido por él, arriesgando tu vida, la nuestra. Eso no es amor, Ginia, eso es… obsesión.”
Ginia sintió un pinchazo de irritación, pero sabía que la preocupación de Linda venía de un lugar de amor profundo, de una lealtad que no se quebraría fácilmente. Respiró hondo, intentando calmar el torbellino de emociones. “No es un hechizo, Linda. Y no lo hago solo por él. Lo hago por mí. Necesito entender lo que siento. Desde que lo vi, desde que me tocó, desde que me besó en esos sueños, mi mundo ha cambiado por completo. Es como si una pieza que me faltaba, que ni siquiera sabía que buscaba, finalmente hubiera aparecido. No puedo ignorar esto, no puedo volver a la vida que tenía antes. Y lo que siento por él… es más profundo que cualquier cosa que haya sentido antes. Es como si una parte de mí que siempre estuvo dormida, hubiera despertado y ahora exige ser escuchada.” Hizo una pausa, mirando a su amiga con una sinceridad abrumadora, con sus propios ojos ahora brillando con una luz extraña en la neblina. “Y tú también lo sientes, ¿verdad? Sabes que algo extraordinario, algo mágico, está pasando. Algo que va más allá de lo que entendemos.”
Linda suspiró, la preocupación genuina ablandando un poco su postura rígida. Se tomó un momento para mirar el rostro de Ginia, luego la neblina que las rodeaba, y finalmente asintió lentamente. “Sí, Ginia. Lo siento. Y sí, es extraordinario. Y eso es precisamente lo que me aterra hasta los huesos. Pero… si es tu decisión, si tu corazón te lo pide con tanta fuerza, sabes que estoy contigo hasta el final del camino. Solo prométeme que si esto se pone realmente feo, si mi instinto de supervivencia me grita que corramos, me harás caso. Que no te dejarás cegar.”
Ginia sonrió, una sonrisa sincera y agradecida, el vínculo de su amistad fortalecido por la honestidad. “Lo prometo, Linda. ¿Pero cómo vamos a correr si no vemos nada?” Intentó aligerar el ambiente, y Linda soltó una pequeña risa nerviosa, el sonido un poco ahogado por la neblina, pero reconfortante. “Quizás nos salga una persecución digna de las leyendas de tu abuela,” añadió Ginia, con un brillo juguetón en los ojos.
Mientras tanto, Voran, un par de pasos por detrás de ellas, se movía como una exhalación en la niebla. Su sigilo era impecable, un don pulido a lo largo de siglos, pero la energía del lugar y la cercanía de Ginia ponían a prueba sus límites. La niebla, que para los humanos era solo un velo de desorientación, para él era un eco de su propia naturaleza, de su frío y su existencia entre los mundos. Cada palabra entre ellas, cada suspiro, era amplificado para sus oídos sobrenaturales, alcanzando sus sentidos más allá de lo que una criatura mortal podría percibir. Escuchó las dudas de Linda, la convicción inquebrantable de Ginia. Su corazón, que no latía, se contrajo con una mezcla de orgullo y una punzada de dolor por la ceguera de su amiga ante el peligro que él representaba.
La conversación lo atormentaba. Quería aparecer, disipar sus miedos, explicarles que no había trampa en el camino, que solo él era el verdadero peligro para Ginia, un depredador que luchaba por no reclamar su presa. Pero su experiencia le había enseñado que la revelación abrupta solo causaría terror, no comprensión. Y aún no era el momento. La presencia de la bruja Itzel era necesaria antes de su propia manifestación completa. Ella era el puente que Ginia necesitaba para comprenderlo.
La sed. La maldita sed era un fuego helado que le quemaba las entrañas, más potente que nunca. La cercanía de Ginia, tan vívida, tan palpitante en el torbellino de la niebla, hacía que cada vaso sanguíneo de su cuerpo clamara por ella, por el torrente de vida que sentía bullir en su interior. Su aroma era más potente en el aire denso, una mezcla embriagadora de tierra húmeda, flores silvestres y la dulzura inconfundible de su propia esencia. Su calor, más envolvente, lo invitaba a acercarse, a fundirse con ella. Se obligó a retroceder un paso, a poner un poco más de distancia, a concentrarse en los sonidos del bosque que intentaban atravesar la niebla, en la detección de cualquier otra presencia. La niebla no solo afectaba a Ginia y Linda; a él también lo embotaba, hacía que su percepción del entorno, más allá de Ginia, fuera menos nítida de lo habitual. Esto lo irritaba profundamente. Era un depredador, un ser de la noche que dependía de sus sentidos agudizados, y sentir sus facultades disminuidas era intolerable, un peligro en sí mismo.
De repente, una sombra se deslizó por el borde de su visión, un movimiento rápido, apenas perceptible, entre la densa niebla. No era una bestia del bosque. Tenía una forma humanoide, pero se movía con una rapidez y una fluidez antinatural, casi como un espectro. Un escalofrío que no era de frío recorrió la espalda de Voran. No lo había detectado antes, su presencia había sido hábilmente camuflada por la propia niebla y el bullicio de su sed y la cercanía de Ginia.
Se tensó, sus músculos se prepararon para el ataque. Posicionó su cuerpo, listo para interceptar cualquier amenaza que se atreviera a acercarse a Ginia y Linda. La prioridad era Ginia. Siempre Ginia. El tiempo en la niebla era engañoso. Horas podían sentirse como minutos, y minutos como una eternidad, mientras el peligro acechaba. Ginia y Linda seguían avanzando, discutiendo y riendo por la inocente broma, ajenas a la lucha de su protector invisible que se debatía en las sombras. El hilo que los unía, que Ginia sentía con una intensidad creciente y que Voran padecía como un dulce tormento, se hacía más fuerte, más exigente, arrastrándolos inexorablemente hacia un destino incierto. En el corazón de la niebla, la verdad y la magia se entrelazaban, preparando el escenario para el encuentro con la antigua bruja Itzel, un encuentro que cambiaría para siempre el destino de Ginia y el de su guardián oscuro, desvelando secretos y forjando lazos inquebrantables.