Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 7
—¿Me estás retando? —pregunté, y una sonrisa se dibujó en mis labios antes de que pudiera contenerla—. Porque soy bastante buena huyendo.
No sé de dónde había salido ese arrebato de audacia. Quizás era el cansancio. Quizás era la forma en que me miraba, como si ya me tuviera medida, como si fuera un libro abierto que él podía leer sin esfuerzo. O quizás, simplemente, estaba harta de sentir miedo.
El caso es que la sonrisa se me escapó. Y con ella, una chispa de rebeldía que había estado apagada demasiado tiempo.
Alessandro levantó la vista de los papeles con una lentitud que me hizo contener la respiración.
—¿Eres buena huyendo? —repitió, como si saboreara mis palabras antes de devolverlas.
Dejó el documento sobre el escritorio y entrelazó los dedos sobre la superficie de madera. La luz de la lámpara le marcaba el rostro con sombras que lo hacían parecer más peligroso de lo que ya era. O quizás era su expresión. Había algo en ella que no lograba descifrar.
—Si eres tan buena huyendo como lo eres mintiendo y fingiendo —dijo, y su voz era baja, casi un murmullo—, entonces te encontraría al instante.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
Sus palabras resonaron en mi cabeza como un eco que se repetía una y otra vez. Mintiendo. Fingiendo. ¿Sabía algo? ¿Había notado algo en mi comportamiento? ¿Acaso había visto más de lo que debía?
Mis dedos se apretaron contra el marco de la puerta.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, esforzándome por mantener mi voz firme.
Alessandro me observó en silencio durante un instante que se me hizo eterno. Sus ojos recorrieron mi rostro con esa intensidad que me desarmaba, que me hacía sentir como si estuviera desnuda frente a él, sin nada que ocultar.
Luego, su expresión cambió.
La tensión se disolvió en sus hombros, y una leve sonrisa —fría, calculadora— apareció en sus labios.
—Nada —dijo, volviendo a tomar los papeles como si yo ya no estuviera allí—. Puedes irte. Y cierra bien la puerta.
Fue un despido. Una orden. Un recordatorio de quién mandaba en esa casa.
Me quedé paralizada un segundo, procesando. Su tono había sido indiferente, casi aburrido. Como si mis preguntas no merecieran respuesta. Como si yo no mereciera respuesta.
Pero sus palabras seguían retumbando en mi cabeza.
Si eres tan buena huyendo como lo eres mintiendo y fingiendo…
Salí de la oficina con las piernas temblorosas y la mente hecha un nudo. Cerré la puerta detrás de mí, asegurándome de que el pestillo encajara con un clic seco, y me apoyé contra la pared del pasillo con el corazón desbocado.
¿A qué se refería?
Me quedé allí un momento, sintiendo cómo la sangre me bombeaba en las sienes.
¿Realmente sabía que estaba mintiendo?
Mi mente empezó a trabajar a toda velocidad, repasando cada interacción que había tenido con él desde la ceremonia. Los zapatos. Los pies vendados. La cicatriz en mi labio. La habitación separada. La harina. Cada pequeño detalle que podría haberle hecho sospechar.
Pero no. Era imposible. Si supiera que yo no era Ariana, si supiera que me habían colocado en su altar como un reemplazo barato, ya no estaría viva.
Mi padre me lo había dicho con todas las letras: los Moretti no perdonaban las traiciones. Y aquello no era solo una traición. Era un engaño que manchaba su honor, su pacto, su palabra. Un hombre como Alessandro no dejaría pasar algo así.
Me habría aniquilado en el altar. O después. O en cualquier momento de las últimas veinticuatro horas.
Pero no lo había hecho.
Me había vendado los pies. Me había dejado dormir en otra habitación. Había aceptado mi desafío en la cocina sin más consecuencias que unas horas de limpieza. Y ahora, en su oficina, me había ofrecido seis meses a cambio de una libertad que quizás ni siquiera estaba segura de que existiera.
No. No sabía nada.
Solo estaba jugando. Como jugaban todos ellos. Con palabras afiladas, con indirectas, con esa forma de hablar que siempre dejaba una puerta abierta a la interpretación. Era su forma de mantener el control. De recordarme que él estaba un paso adelante, aunque no supiera exactamente en qué dirección.
Me enderecé, respirando hondo para calmar los latidos.
Tranquila. No sabe nada. Y si Gerónimo es tan inteligente como aparenta, se asegurará de que así siga siendo.
Me di la vuelta y caminé hacia mi habitación con pasos más firmes de lo que realmente sentía. El pasillo estaba vacío, iluminado apenas por las luces tenues que colgaban de las paredes a intervalos regulares. Mis pasos resonaban en el mármol como un eco que me seguía.
Crucé el ala oeste de la mansión, subí las escaleras que llevaban a mi habitación, y cuando por fin llegué a la puerta, me detuve un segundo para mirar hacia atrás.
Nadie me seguía.
Pero de alguna forma, sentía su presencia en cada rincón. En cada sombra. En el silencio que me envolvía como una segunda piel.
Entré y cerré con llave.
Esta vez, me aseguré de que el pestillo estuviera bien ajustado. Corrí también el cerrojo que había visto esa mañana en la parte superior de la puerta, un mecanismo antiguo de hierro que chirrió al moverse.
Por si acaso.
Me quedé en medio de la habitación, escuchando el silencio. La cama seguía tendida, las cortinas seguían cerradas, todo seguía exactamente como lo había dejado horas atrás.
Pero yo ya no era la misma que había entrado allí por primera vez la noche anterior.
Algo había cambiado.
Y no sabía si era para bien o para mal.
Me acerqué a la ventana y corrí la cortina apenas lo suficiente para asomarme al jardín. La noche era clara, estrellada, tan distinta de la tormenta que llevaba dentro. Abajo, en la entrada de la mansión, vi la silueta de un coche negro que se alejaba lentamente, sus faros perforando la oscuridad como dos ojos que se abrían paso en la noche.
Alessandro se iba.
O quizás solo enviaba a alguien. No lo sabía. No sabía nada de él, de sus rutinas, de sus costumbres. Solo sabía que era peligroso. Que sus palabras tenían filo. Que su mirada era un arma.
Y que, de alguna forma, había aceptado quedarme seis meses a cambio de una libertad que quizás nunca llegara.
Me dejé caer en la cama con un suspiro.
Seis meses.
Podía sobrevivir seis meses. Era solo cuestión de mantener el engaño, de no cometer errores, de no darle motivos para sospechar. Si Gerónimo encontraba pronto a Ariana, quizás ni siquiera tendría que esperar tanto.
Cerré los ojos, pero el sueño no llegaba.
Las palabras de Carmina regresaron a mi mente: Con usted es diferente.
Las de Alessandro también: Si eres tan buena huyendo como lo eres mintiendo y fingiendo…
Y por último, las mías, las que había pronunciado en su oficina sin saber muy bien por qué: Soy bastante buena huyendo.
Me di la vuelta en la cama, enterrando el rostro en la almohada.
Estúpida. Estúpida. Estúpida.
¿Por qué había dicho eso? ¿Por qué no podía callarme cuando estaba frente a él? Era como si su presencia activara algo en mí, un mecanismo de defensa que me hacía hablar de más, desafiar de más, exponerme de más.
Te encontraría al instante, había dicho él.
Y yo, en lugar de sentir miedo, había sonreído.
Me incorporé de golpe, apoyándome en los codos, y miré hacia la puerta cerrada con doble llave.
No sabe nada, me repetí una vez más. Si supiera, ya estarías muerta.
Pero entonces, ¿por qué me había dicho eso? ¿Por qué usar las palabras "mentir" y "fingir" justo cuando yo estaba haciendo exactamente eso?
Porque es un hombre que juega con la gente, me dije. Porque su poder no está solo en las armas o en el dinero, sino en la cabeza de los demás. En sembrar dudas. En hacer que los otros se desestabilicen solos.
No sabe nada.
No puede saber nada.
Y sin embargo…
Me quedé mirando el techo durante lo que pareció una eternidad, con los brazos cruzados sobre el estómago y la mente dando vueltas sin parar.
Ariana había huido. Ariana se había llevado a mi novio, mis ahorros, mi única oportunidad de escapar. Ariana me había dejado en su lugar para que pagara sus deudas, para que cargara con su responsabilidad, para que enfrentara a un hombre del que todos huían.
Y ahora yo estaba allí, en su casa, con su anillo en el dedo, negociando mi libertad como si fuera una mercancía.
La risa que escapó de mis labios fue amarga.
Siempre la misma historia. Ella huía. Yo pagaba.
Pero esta vez sería diferente.
Seis meses. Solo seis meses. Luego me iría. Lejos. Muy lejos. A un lugar donde nadie conociera a los De Luca ni a los Moretti, donde nadie esperara que fuera alguien que no era, donde pudiera empezar de cero con lo poco que pudiera reconstruir.
Y esta vez, no le dejaría nada a Ariana.
Nada.
Cerré los ojos con fuerza, como si así pudiera sellar esa promesa en algún lugar profundo de mi corazón.
Cuando volviera a abrirlos, la luz del amanecer se filtraba por las rendijas de la cortina.
No recordaba haberme dormido.
Pero allí estaba, con el vestido arrugado de la noche anterior, el cabello enmarañado y la certeza de que el día que comenzaba sería tan incierto como el que acababa de terminar.
Me levanté con lentitud, estirando los músculos adormecidos.
Miré hacia la puerta.
El cerrojo seguía puesto. Todo seguía en orden.
Pero en el espejo del vestidor, vi mi reflejo con el labio partido, las ojeras marcadas, la cicatriz que mi hermano me había dejado años atrás como una marca de por vida.
Y supe que, aunque Alessandro no hubiera descubierto la verdad…
yo estaba más cerca de perder mi secreto de lo que nunca había estado.
Porque la mentira más difícil de sostener…
no era que yo era Ariana.
Era que no sentía nada al verme en sus ojos.