Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 7
DISTANCIA DE SEGURIDAD -
Dos semanas.
Catorce días siguiendo cada paso, cada reunión, cada respiración calculada.
Y si algo he aprendido es esto: Meghan Whitmore odia que la cuiden.
Odia el anillo cerrado.
Odia que le informen rutas alternas.
Odia que le digan “no es seguro”.
Y sobre todo, odia que yo se lo diga.
Yo, honestamente, podría mantener esto profesional y frío. No necesito agradarle. No necesito su aprobación.
Pero su manera de mirarme cuando le marco límites…
Altanera.
Desafiante.
Como si yo fuera el problema y no las amenazas que respiran allá afuera.
Salimos de una reunión en una fundación comunitaria del centro. Evento pequeño, prensa limitada, supuestamente ambiente controlado.
Error.
Apenas cruzamos la puerta principal, el murmullo cambia de tono.
—¡Eres una falsa!
—¡Tu padre solo quiere robar el dinero del país!
—¡Hipócritas!
—¡Todo es una pantalla!
Detecto el movimiento antes de que el volumen suba.
—Anillo uno, formación cerrada —ordeno por radio.
Dos personas avanzan demasiado rápido. Uno sostiene un cartel. Otro graba con el teléfono a centímetros de su rostro.
—¡Dinos la verdad!
—¡Habla sin guion!
Meghan se detiene.
Mal movimiento.
—Señorita, seguimos —le indico en voz baja.
Pero ella da un paso hacia los manifestantes.
—Si tienen algo que decir, díganlo de frente —responde con voz firme.
El ruido crece.
—¡Tu padre nos miente!
—¡Eres igual que él!
Uno intenta acercarse más de lo debido.
Eso es suficiente.
Tomo su brazo con firmeza.
—Nos vamos. Ahora.
—Suéltame —dice entre dientes.
—No es negociable.
Intento moverla hacia el vehículo, pero ella se planta.
—No puedes sacarme así.
—Observe el entorno.
Un empujón lateral. Gritos. Un objeto vuela y golpea el suelo cerca.
—¡Formación cerrada! ¡Entramos de nuevo! —ordeno.
La giro con más fuerza de la que quisiera y la conduzco hacia la puerta de la fundación. Los agentes bloquean el paso mientras el caos se intensifica detrás.
Entramos.
Puertas cerradas.
El eco del griterío queda afuera.
Ella se suelta bruscamente.
—¡¿Qué te pasa?!
—Lo mismo podría preguntarle.
—¡Podía manejarlo!
—No, no podía.
—¡Solo estaban hablando!
—Estaban escalando.
—¡Eran ciudadanos molestos!
—Eran variables inestables en un entorno abierto.
Sus ojos grises arden.
—No soy una pieza de ajedrez que puedes mover cuando quieras.
—Es un objetivo de alto valor en un espacio sin control.
—¡Soy una persona!
—Y precisamente por eso la saco de ahí.
Da un paso hacia mí.
—No puedes agarrarme así delante de todos.
—Puedo y lo haré cada vez que el riesgo supere el protocolo.
—Eres un militar rígido e invasivo.
Sonrío sin humor.
—Y usted es caprichosa.
Silencio tenso.
—¿Perdón?
—Caprichosa. Rebelde. Altanera. Orgullosa. ¿Sigo?
Su respiración se acelera.
—No tienes derecho a hablarme así.
—Tengo la obligación de mantenerla viva, aunque eso le moleste.
—No necesito que me salves de todo.
—No es una cuestión de necesidad, es una cuestión de amenaza.
—¡No puedes aislarme del mundo porque algunos gritan!
—No puedo permitir que se convierta en símbolo accesible de frustración colectiva.
—Eso es exactamente lo que soy. Una figura pública.
—Es un blanco.
La palabra queda suspendida entre nosotros.
—No me reduzcas a eso.
—No lo hago. Pero otros sí.
Se pasa una mano por el cabello, frustrada.
—Necesito espacio, Ethan.
Primera vez que usa mi nombre así, sin formalidad.
—El espacio es un lujo cuando alguien ya cruzó el perímetro de su casa hace dos semanas.
Eso la golpea.
Pero no retrocede.
—No puedes tratarme como si fuera de cristal.
—No lo hago.
—Entonces deja de moverme como si fuera tuya.
Aprieto la mandíbula.
—Esto es mi trabajo. Me guste o no. Le guste o no.
—Pues hazlo sin asfixiarme.
—Mi trabajo no es cómodo.
—El mío tampoco.
Silencio.
Nos miramos como si el ruido exterior aún estuviera entre nosotros.
Finalmente hablo, voz más fría.
—Saldremos por la salida lateral norte. Punto ciego para prensa. Vehículos ya en posición.
—No quiero huir.
—No está huyendo. Está reubicándose.
—Siempre tienes una palabra técnica para todo.
—Y usted siempre tiene una razón emocional para discutirlo.
Sus ojos destellan.
—Eres insoportable.
—Y usted imprudente.
Respiro profundo, conteniendo el impulso de seguir.
—Cinco minutos —digo con autoridad firme—. Salimos por la ruta alternativa y regresamos a la residencia.
No es una sugerencia.
Ella me sostiene la mirada un segundo más.
Luego da media vuelta sin decir nada y comienza a caminar hacia el pasillo lateral.
Exhala con evidente molestia.
Yo me quedo un instante, pasando la mano por mi rostro.
Irritante.
Desafiante.
Impredecible.
—Anillo uno, en posición norte —informo por radio mientras la sigo—. Movimiento en treinta segundos.
La alcanzo justo antes de la puerta de servicio.
Camina erguida, digna, como si no acabáramos de discutir a centímetros de distancia.
Y mientras avanzamos hacia la salida menos visible, entiendo algo con claridad incómoda:
Protegerla no será lo difícil.
Lo difícil será no perder la paciencia cada vez que me recuerde que no quiere ser protegida.
Y aun así… hacerlo de todos modos.