Después de sobrevivir a la masacre de Buena Suerte, Lía y Dikeet intentan encontrar un lugar en un mundo que las teme y las necesita al mismo tiempo. Pero cuando una nueva amenaza surge de las sombras de BioKal —más antigua, más poderosa y capaz de desafiar al cielo mismo—, las hermanas se ven obligadas a salir de las sombras.
Junto a antiguas enemigas y aliados inesperados, deberán enfrentar una fuerza que no solo quiere destruirlas, sino reescribir lo que significa ser humana… o algo más.
En una carrera contra el tiempo, entre selvas que devoran y ciudades que se apagan, descubrirán que la verdadera batalla no es contra una empresa cruel, sino contra lo que el poder hace con quienes lo persiguen… y con quienes lo rechazan.
Una historia de hermanas, traiciones, rabia y la pregunta que nunca desaparece:
¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger lo que cres que es tuyo?
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Capítulo 7: A la Caza
Las llamas crepitaban entre las paredes destrozadas de la base canadiense. Cuerpos de soldados yacían por todas partes sin rastro de sangre por el suelo o paredes. Las luces de emergencia parpadeaban, y un humo denso y agrio cubría el pasillo principal.
Dikeet y Lía entraron sin titubear, sabiendo lo que se avecinaba.
Desde la penumbra, Kambrio sonrió.
—Finalmente... una revancha justa.
En un suspiro, desapareció.
Dikeet frunció el ceño, sus sentidos al límite.
—¿Otra vez con tus trucos?
Pero antes de que pudiera moverse, una granada rodó frente a ella y estalló en una nube densa de gas. Lágrimas involuntarias brotaron de sus ojos, su olfato se descontroló y su garganta ardía. Tosió, cegada y tambaleante.
Entonces, un golpe invisible la lanzó contra el muro.
Otro impacto la levantó por el aire y la arrojó al techo con violencia. Antes de caer, una patada precisa la empujó hacia abajo, estrellándola en el suelo. La lengua larga y pegajosa de Kambrio, como la de un camaleón, se envolvió en su pierna.
—Esto es por lo del pueblo, ¡Bestia arrogante! —rugió Kambrio, invisible aún, mientras la azotaba con un látigo invisible: con su nueva cola regenerada.
Dikeet, jadeando, se levantó. Sus garras se aferraron al suelo.
—No eres... la única con truco.
Se secó los ojos llorosos con el antebrazo y, entre toses, arrojó una mesa de metal hacia el centro del humo. Un grito ahogado confirmó el impacto: el proyectil golpeó de lleno la cola de Kambrio, haciendo que esta reapareciera un segundo.
Dikeet sonrió y dio un salto ágil hacia atrás, colocándose un trozo de tela como mascarilla.
—Ahora es mi turno, serpiente...
Mientras tanto, más adelante, Lía cargaba contra Hera, la mujer lobo.
—¡No escaparás, bruja peluda!
Lanzó un puñetazo con sus garras negras. Hera lo esquivó como si viera el movimiento en cámara lenta, y con un giro veloz la golpeó en el estómago, lanzándola por el pasillo.
—No tengo tiempo para ti —dijo Hera con frialdad.
Lía se levantó, furiosa.
—¡Sí lo tienes! ¡Pelea conmigo!
Saltó con una velocidad animal, pero Hera la detuvo con una poderosa patada que la clavó al suelo.
—Dije que dejes de estorbar —gruñó, irritada.
Lía intentó moverse, pero su cuerpo no respondía. No entendía cómo, a pesar de estar transformada, su fuerza no se comparaba con la de esa loba morada.
Entonces algo se rompió dentro de ella. Sus pupilas se dilataron, su cuerpo tembló y desapareció de la vista por un instante un aura negra comenzaba a tomar forma.
Un instante después, Hera sintió una garras rozar su cuello.
—¿Qué...? —se sorprendió.
Un corte atravesó parte de su armadura. Luego otro. Y otro. Hera se puso seria, su cuerpo brilló con ese aura morada.
—Cuánta velocidad...
Lía se había desatado por acercándose al completo. Sus movimientos eran erráticos, violentos, imposibles de seguir. Golpes, mordidas, zarpazos. Hera comenzó a retroceder, bloqueando con dificultad.
Pero un error bastó.
Un puño colosal descendió como un martillo sobre la cabeza de Lía, partiéndole el suelo blindado. La joven volvió a su forma humana, inconsciente, cubierta de polvo.
Hera se limpió las heridas y caminó con paso firme hacia la salida.
En otro pasillo, Dikeet interceptó a Kambrio nuevamente. El humo se disipaba. Un movimiento del aire alertó a Dikeet, que saltó justo a tiempo para esquivar un latigazo.
—¿Eso es todo lo que tienes?
—¡NO! —rugió Kambrio, dejando de ocultarse, su aura púrpura centelleando de rabia.
Dikeet corrió hacia Lía, intentando ayudarla, pero en ese instante, un disparo de electroshock la alcanzó por la espalda. Su cuerpo se convulsionó. Kambrio no le dio tiempo a reaccionar.
Con su cola regenerada, partió el suelo y aplastó la cabeza de Dikeet contra el acero.
Luego se detuvo, observando su obra.
—¿Recuerdas? Tú me arrancaste la cola... Ahora esta es mejor —susurró, presionando con el pie, disfrutando el momento.
—Vamonos. Le dijo Hera con seriedad, Kambrio se irritó quería seguir jugando pero obedeció.
Ambas, Hera y Kambrio, salieron de la base caminando con calma. El aire frío les acariciaba los rostros. La batalla había terminado.
Hasta que el cielo rugió con potencia.
Una nave de la C.D.A. descendía en picado, disparando a quemarropa. En su interior, Rubí gritaba:
—¡AHORA! ¡ABRAN FUEGO!
Torretas y fusiles dispararon con furia. Hera retrocedió un paso... y brilló intensamente. Con una fuerza descomunal, levantó una torreta destruida del suelo y la arrojó con una precisión absurda.
BOOM.
La torreta impactó la nave, que dio vueltas en el aire, estrellándose contra la puerta principal de la base, que se derrumbó sobre Dikeet y Lía, sepultándolas entre escombros y fuego.
Hera y Kambrio subieron a un auto abandonado, sin placas ni identificación. El motor rugió.
—¿Ya tienes la llave? —preguntó Kambrio.
—Sí —dijo Hera, girándola en su mano con desprecio—. Una más.
Y sin mirar atrás, se alejaron del lugar.