Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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Lo que intento olvidar
Dereck Stein
El rugido del motor llenaba el silencio entre nosotros.
Natalie iba en el asiento del copiloto, con la mirada fija en la carretera que se extendía frente al vehículo táctico. La mandíbula tensa, las manos cruzadas sobre las piernas, los hombros rectos como si estuviera en formación.
La misma postura.
La misma armadura invisible que siempre usaba cuando quería parecer imperturbable.
No había cambiado.
Ni un poco.
Yo trataba de no mirarla… pero mi vista se escapaba cada cierto tiempo, sin permiso. Era automático, casi involuntario. Como si una parte de mí aún estuviera programada para vigilar cada uno de sus movimientos.
La luz amarillenta de las farolas se deslizaba por su rostro cada vez que pasábamos por debajo de una. Dibujaba sombras suaves en su perfil, iluminaba por segundos sus pómulos, el arco de su nariz, la línea firme de su boca.
Dios…
Seguía igual de hermosa.
Quizá más.
Había algo distinto en ella ahora. Algo más duro. Más contenido. Como si los años hubieran pulido el acero que siempre tuvo dentro.
La misma mujer que me enseñó a desconfiar de la calma.
La misma que me hizo creer —por un tiempo— que el amor podía sobrevivir en medio de las armas, las órdenes y el ruido constante de la guerra.
Tragué saliva y volví la vista a la carretera.
Concéntrate.
En la misión.
En el camino.
En cualquier otra cosa.
Pero no podía.
Habían pasado cuatro años.
Cuatro malditos años.
Y verla de nuevo era como recibir una bala vieja que nunca terminó de salir del cuerpo.
Cerré los ojos un segundo.
Error.
Porque entonces lo vi todo otra vez.
El hangar.
La lluvia cayendo sobre el asfalto como una cortina gris.
Natalie de pie frente a mí con su maleta militar en la mano.
Su cabello empapado pegado al rostro.
Sus ojos.
Brillantes.
Húmedos.
Rotos.
—¿Eso es todo? —me había preguntado aquella noche.
Yo no respondí.
No podía.
—Ni siquiera vas a explicarlo.
Silencio.
—Mírame, Dereck.
No la miré.
No porque no quisiera.
Porque sabía que si lo hacía… no podría mantener la decisión.
—Bien —dijo ella al final, con la voz quebrada—. Entonces ya entendí todo.
Se giró.
Caminó hacia la puerta del hangar.
Sus pasos resonaron sobre el concreto mojado.
Y yo me quedé ahí.
Clavado en el suelo.
Escuchando cómo se alejaba.
Ese fue el último sonido que tuve de Natalie Cardona durante cuatro años.
Abrí los ojos cuando el vehículo se desvió levemente en la carretera.
Volví al presente.
Ella seguía igual.
Recta.
Serena.
Como si nada de eso hubiera existido.
Natalie siempre había tenido esa habilidad.
Guardar el caos detrás de la mirada más fría del mundo.
El silencio entre nosotros se volvió más pesado.
Hasta que ella habló.
—Buen trabajo en la subasta.
No me miró.
Sus ojos seguían en la carretera.
Su voz fue como una piedra lanzada al agua quieta.
—Hiciste lo que debías —respondí sin emoción—. Eficiente como siempre.
—No esperaba menos.
Apreté el volante un poco más fuerte.
—No lo dudo.
Le lancé una mirada rápida.
—Aunque admito que te gusta hacerme quedar mal.
Su cabeza giró apenas hacia mí.
—Si te sentiste opacado, no es mi problema.
Esos ojos marrones me atravesaron un segundo.
El mismo brillo desafiante de siempre.
El mismo que tantas veces me había hecho perder discusiones… y otras cosas.
Solté una risa baja.
Amarga.
—Siempre con ese carácter.
—Siempre con ese ego —respondió sin dudar.
Volvió a mirar al frente.
Silencio otra vez.
Solo el motor.
La carretera.
Y las palabras que ninguno se atrevía a decir.
Pasaron unos minutos así.
Luego Natalie habló de nuevo.
—No sabía que seguías aquí.
—Alguien tiene que mantener este lugar funcionando.
—Pensé que ya serías general.
—No tengo paciencia para la política.
—Eso nunca te detuvo antes.
—Las cosas cambian.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Sí.
La palabra quedó flotando entre nosotros.
Cambian.
O se rompen.
No estaba seguro de cuál de las dos.
La miré una última vez antes de girar hacia la entrada de la base.
Su cabello estaba recogido, pero un mechón rebelde caía sobre su mejilla.
Lo recordaba perfectamente.
Ese mechón siempre escapaba cuando entrenábamos.
Siempre.
Quise apartarlo.
Mi mano incluso se movió un centímetro del volante.
Pero me detuve.
No debía.
No podía permitirme sentir eso otra vez.
No con ella.
No después de todo.
El vehículo se detuvo frente al portón metálico.
Mostré mi credencial.
El guardia nos observó un segundo más de lo normal.
Luego miró a Natalie.
—Bienvenida de vuelta, capitana.
Ella asintió con una pequeña sonrisa.
—Gracias.
La barrera se levantó.
Entramos.
El estacionamiento estaba casi vacío a esa hora.
Apagué el motor.
El silencio cayó de golpe.
Natalie abrió la puerta.
—Buenas noches, coronel.
Formal.
Distante.
Como si nunca hubiéramos compartido una vida entera entre misiones.
—Buenas noches, capitana.
Bajó del vehículo.
Ni siquiera me miró.
Caminó hacia el edificio con paso firme, el cabello moviéndose ligeramente con el viento de la noche.
La misma elegancia con la que solía marcharse después de una discusión.
Así era Natalie Cardona.
Una tormenta escondida detrás de orgullo.
Me quedé unos segundos mirándola alejarse.
Hasta que desapareció por el pasillo del ala norte.
Solté el aire lentamente.
—Maldita sea…
Me froté la nuca.
No podía seguir así.
No podía dejar que volviera a meterse en mi cabeza.
Giré sobre mis talones.
Y entonces la vi.
Tamy.
La teniente rubia estaba apoyada contra una columna, con los brazos cruzados y una sonrisa demasiado segura.
—Vaya —dijo inclinando la cabeza—. El coronel Stein vuelve a tener compañía interesante.
No respondí.
Ella se acercó con pasos tranquilos.
—Pensé que ya no te gustaban las sorpresas.
—No lo hacen.
—Entonces esa mujer debe ser especial.
La miré.
—Teniente.
—¿Sí, coronel?
—No empiece.
Tamy levantó las manos en señal de rendición.
—Solo digo que la tensión se podía cortar con un cuchillo desde aquí.
Suspiré.
—No es asunto suyo.
—Claro que no.
Se acercó un poco más.
—Pero admito que me intriga.
No tenía energía para esa conversación.
La tomé suavemente por la muñeca.
—Ven.
La conduje hacia el edificio.
—¿Tan mal día, jefe? —preguntó ella con una risa baja.
—Solo necesito silencio.
Entramos a mi oficina.
Cerré la puerta.
Me apoyé contra el escritorio.
Tamy se acercó, apoyando una mano en mi pecho con confianza.
Su perfume era dulce.
Su piel cálida.
Su sonrisa provocadora.
Todo lo que se suponía debía distraerme.
Pero no funcionaba.
Porque en el fondo de mi mente…
Seguía viendo a Natalie.
Su mirada firme.
Su voz.
Su maldita forma de retarme incluso cuando no decía una palabra.
Tamy deslizó sus manos por mis hombros.
—Estás en otro lado.
No respondí.
—¿Quién es ella?
Silencio.
—Dereck.
La miré finalmente.
—Nadie.
Ella sonrió con incredulidad.
—Claro.
Apoyó su frente contra mi pecho.
Pero cuando cerré los ojos…
No vi a Tamy.
Vi a Natalie.
Y entendí algo que dolía más que cualquier herida de combate:
Podía acostarme con cualquiera.
Podía reír.
Podía fingir que seguía siendo el mismo.
Pero ninguna mujer en este mundo iba a borrar lo que Natalie Cardona me hizo sentir.