Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capítulo 7
Cuando subieron a cubierta, Hassan volvió a dejarla en el suelo. Ella se alejó de él e intentó arrancarse el saco con dedos temblorosos. Se hizo la luz y una suave brisa alivió el sofocante calor. Tiró la tela al suelo y se volvió para enfrentarse a sus dos raptores. Sus verdes ojos le brillaban de furia y humillación.
Hassan y Rafiq la observaban. Ambos llevaban túnicas negras bajo capas de azules, atadas a la cintura con anchas fajas blancas. Sus rostros, uno con barba, el otro impecablemente afeitado, estaban enmarcados por el típico gutrah azul, y los dos aguardaban con insolente arrogancia la explosión de Geisa.
Ella empezó a caminar hacia ellos. Por ser quienes eran, ¿creían que podían tratarla así? El pelo se le había soltado y le caía como una llamarada sobre los hombros. Se le habían caído los zapatos y el chal, y se sentía minúscula ante aquellos dos hombres indomables y orgullosos, cuyos oscuros ojos no ofrecían el menor atisbo de disculpa.
-Quiero ver a Ethan –dijo con frialdad.
Estaba claro que era lo último que esperaban oír de ella. Rafiq se puso rígido, y Hassan pareció sentirse terriblemente ofendido. Hinchó el pecho y con un movimiento de mano despidió a Rafiq, quien salió y cerró la puerta a su paso.
Los dos se quedaron solos y en silencio, inmóviles, él mirándola a los ojos y ella centrando la vista en algún punto sobre su hombro derecho. Había amado a aquel hombre durante cinco años, creyendo que su matrimonio era irrompible. Pero se había acabado, y Hassan no tenía derecho de hacerle aquello.
-Por preservar la armonía -dijo él finalmente-, te sugiero que te abstengas de pronunciar el nombre de Ethan en mi presencia -pasó junto a ella y se acercó a un mostrador que ocupaba toda una pared.
-¿Y de quién más podría hablar si he visto cómo tus hombres le daban una paliza y se lo llevaban? –le espetó.
-No le han dado una paliza -abrió un armario, lleno de todas las bebidas posibles.
-¡Cayeron sobre él como una banda de asesinos!-
-Solo le quitaron las ganas de pelear.
-¡Me estaba defendiendo!
-Eso es cosa mía.
Ella no pudo evitar una carcajada.
-¡Te aseguro que a veces tu arrogancia me sorprende hasta a mí!
-¡Y tu absurdo rechazo a los buenos consejos me sorprende a mí! -sacó una botella de agua mineral y cerró el armario con un portazo.
Se volvió y le clavó la mirada de sus ojos negros llenos de furia. Dejó la botella en lo alto del armario y avanzó hacia ella con paso amenazante.
-No sé lo que pasa contigo -estalló Geisa-. ¿Por qué me atacas de esta manera si no he hecho nada?
-¿Te atreves a preguntar eso, cuando es la primera vez que nos vemos en un año y lo único en lo que puedes pensar es en Ethan?
-Ethan no es tu enemigo.
-No -se paró a medio metro de ella-. Pero sí es el tuyo.
…